16/9/19

La Mica en B&N

A propósito para inaugurar la cámara Nikon D7500, que me arribó recién para reemplazar a la memorable y ausente Nikon D80, me fui a caminar en la Micacocha. Tanto me he enseñado a visitar los parques y reservas naturales con una cámara de fotos en ristre que, si no tengo a mano una que sirva para lograr instantáneas capturando un mínimo del alma del instante de lo salvaje, me niego a hacer “salidas de engorde”, como llaman los avezados andinistas al senderismo. Sí, la fotografía de engorde, esa de andar y ver sin peajes onerosos que la interrumpan, se ha convertido en amuleto y muletilla cuando voy por el condumio y/o aroma del tiempo en lo agreste. En la mochila de asalto (a la conquista de lo inútil) cargo la cámara y el lente versátil que la completa, junto al líquido hidratante y la golosina del caso que sabe a gloria antes de la siesta obligada en la hueca de rigor que no falta a donde fuere en el superpáramo: un piso mullido, una sombra vegetal amable. Es obvio que fotos y siesta se van al carajo si cae una tormenta, pero eso no resta a la ambición de que el tiempo experimentado dure casa adentro, o sea que se expanda a futuro en recuerdos plomizos de una naturaleza inclemente azotando mi testa en la huida, tales instantes mojados no se van al garete sino que por el contrario son abono para saborear intensamente las pequeñas felicidades que proporcionan las horas de paisaje despejado. Cómo no reír a panza rugiente cuando cierto paraje que ayer te expulsó de sí con granizo y gélido viento, hoy te invita a sestear de lo lindo en tibio pajonal y en lo alto de una loma gorda con vista panorámica de ensueño al superpáramo. Aquí cuelgo cuatro fotografías monocromáticas y una a color con “efecto pincel”, sendereando a orillas de la Micacocha, esto aprovechando las modalidades de disparo que la máquina de marras me ofrece.