29/5/19

2001: Una odisea espacial


Es de justicia señalar que la idea original de la película 2001: Una odisea espacial, no fue inspirada en la novela homónima.  Cuando el rodaje de 2001: Una odisea espacial, era un embrión en la mente inquieta del cineasta Kubrick -allá por 1964-, se dirigió a A. C. Clarke para que lo instruya en Ciencia Ficción y los posibles escenarios para montar su largometraje en ciernes,  además le pidió que colabore con él como coautor del guión. La idea original de Kubrick no solo se hizo realidad cinematográfica en 1968, para instalarse en la memoria mágica del cinéfilo que visionó y visiona esta obra señera del genial irlandés, sino que vino a ser el disparador que impulsó a la nave interestelar, la mente  de Clarke, a conseguir otras variantes literarias de un mismo tema. Tras terminar la novela -fruto maduro que brotó del guión de la película de Kubrick -, se lanzó a por la saga de Odisea espacial,  y vinieron en el lapso temporal de aproximadamente 29 años, tres tomos más, a saber: 2010, 2061, y cerrando con 3001.

Leyendo 2001, se puede percibir mejor las imágenes de la película (y de paso reconozco que me encantó no prescindir de ellas a la hora de leer la novela que vino después), en particular de las escenas del simio humanoide imbuyéndose del conocimiento que le transmite el monolito azabache para que active el salto genético por sí mismo, (o no lo haga en caso de no tener mente para ello), hace tres millones de años, salto que culminó en el Homo sapiens, bípedo depredador por antonomasia del planeta Tierra. El monolito viene a ser un potenciador de saltos cuánticos acorde a la mente del iniciado, así, para el escuálido individuo al borde de la inanición en una época interminable de sequía hace tres millones, el simio erecto-humanoide que fue llamado a descubrir que sus manos eran herramientas de poder letal, fue como convertirse en un semidios, valiéndose de palancas para asestar golpes mortales a especies mejor dotados que él para la lucha por la supervivencia zoológica. Entendiéndose que hasta antes del monolito era prácticamente un hecho el exterminio del simio humanoide, por la nula evolución mental que proyectaba a futuro, sin instrumentos aún para el dominio del entorno salvaje.

Si la mente del simio humanoide fue capaz de tal prodigio evolutivo, lo que el monolito potenció en el astronauta Homo sapiens de 2001, transcurridos tres millones años desde los albores de la humanidad, es portentoso salto cuántico al dominio de la materia por parte de una mente que no prescribe ante el tiempo.