Virus del Sentimentalismo


Olegario Castro, ex coleccionista de paredes en las vertientes andinas, viene emitiendo la señal nocturna de radio Marañón; él está viajando en la madrugada del libre radiodifusor, teniendo como invitado al genio del flamenco ecuatorial José Miguel, quien se apersonó en las tablas del domo del Panecillo para remitir al espacio noctívago, aproximándose a la aurora, sus novedades musicales. Ambos aguardan el arribo de la danesa Gitte, la herpetóloga que dio la primicia en el dial de Marañón sobre el  fenómeno alienígena denominado Espaciales Saponáceos; por sus siglas en español, ES. La feminidad hiperbórea de Gitte, cautivó a los dos amigos desde su primera visita al domo, apenas hizo público inusitado testimonio sobre la presencia de espaciales en la cuenca media del río Napo. Ambos tienen simpatía por la noción de lo extraterrestre que trajo Gitte, aunque cuidándose de mezclarse con ufólogos embriagados por luces de bohemia.
Olegario Castro, ni cuando fue contumaz escalador de la altitud y después caminante en la altiplanicie, no ha probado ni de lejos lo que es atestiguar un fenómeno extraterrestre como el de ES. Siendo un apático sobre lo alienígena, se conmovió con el relato de abducción de batracios en la amazonía, gravitando para que todo ello se torne interesante la graciosa presencia de Gitte. Quién sabe si sólo es cosa de abrir los ojos a ese fenómeno para que se haga realidad, pero ni en el tiempo y espacio de los picos andinos, donde el escalador extremo hizo su  rompecabezas vertical, ni caminando sobre el páramo que hoy lo hace disfrutar de lo horizontal, ha experimentado ese tipo de encuentros extraordinarios que en Gitte ya van para ordinarios. Será que él mismo ha entrado en estados de conciencia donde se ve como un extraterrestre que descubre este planeta para sí. Tras años de implacables itinerarios atacando pirámides andinas, que tuvieron a su instinto de conservación al filo de lo gótico mortal, descendió a fungir de ambientalista, transmigrando a un ligero caminante que percibe la feminidad de Gea como si nunca antes hubiese evolucionado sus sentidos en ella. ¿Para qué extraterrestres si él ha explorado y explora como un recién llegado los últimos rincones indomables de este animal esférico? Avanzando en su reciente edad de lobo de páramo ha podido husmear con detenimiento en el bosque nublado del Podocarpus, libre ya de la tensión de caer a una grieta helada, y por eso mismo agradecido de poder gozar de la biodiversidad que aloja el parque de las coníferas de exuberante vida epifita. El riesgo de muerte fulminante, entre diedros que lo enfrentaban al séptimo grado de dificultad vertical, al cabo le hizo recuperar el encanto de los anfibios de su infancia en la vega de Amable María, cuando el cancionero de los sapos lo arrullaba en los momentos de temprano descreimiento, atendiendo las celdas de la escuelita a orillas del río Zamora.
Gitte, “¡God bless danish woman!”, hizo que tenga simpatía por el fenómeno ES. La personalidad de la científica coadyuvó a reanimar la fascinación que el montañero tuvo desde crío por el musical de los batracios. Cuando su canto le revelaba la iniquidad de estar encerrado entre los muros del repetidor de frases hechas, entumecido en una edificación que lo atiborraba de materiales sin sustancia, ajenos a la auténtica razón de vivir: la aventura. Puede afirmar que fue inmediata la ósmosis que experimentó con la joven herpetóloga, fascinó con eso de que el cancionero sublunar, de los sapos de la cuenca media del río Napo, empató con adelantados del espacio sideral, los cuales cargan una forma anfibia tan refinada como debe ser su poder mental. Esas visitas provenientes de lo finito desconocido, seres vistiendo solamente piel liza y adornados con sabiduría desarrollada en el futuro, colma sus expectativas de lo que debe ser un contacto fructuoso entre especies interplanetarias, y que por añadidura éstas vengan a ser parientes lejanos. Entiende que al haber percibido muy temprano la energía de las ranas y sapos que le cantaron desde que buceaba en el vientre materno en Amable María, hace que no oponga resistencia para imaginar a la especie anfibia que tal como señaló Gitte en su informe, aterrizan para admirar a su eslabón perdido y no en función de contactar al Homo sapiens, especie que por su eficiencia para el progreso de la destrucción o entropía máxima, no cuenta en el concierto galáctico inteligente. Gitte denomina jocosamente al Homo sapiens como lo haría el genial Stanislaw Lem, en sus obras de ciencia ficción filosófica: bichomonstruo repugnante cadaverófilo furioso.
José Miguel, hombre de lustrosa barba piramidal azabache “donde reside mi duende egoísta”, está presente para llevar a cabo una aurora de estrenos con la guitarra flamenca, presto a desatar su arte frente a la mujer que sintonizó con él desde su primer contacto visual y rítmico. José Miguel participa del ambiente festivo que reina en los cuartos de Marañón, Gitte dará testimonio de lo último del fenómeno ES, y él pondrá a disposición sus creaciones para enviarlas a los adelantados espaciales que estén dispuestos a escucharlo allá fuera, pues, su arte, no tiene fronteras, es universal. Dona al exterior sus composiciones en retribución al alijo musical que están remitiendo a este globo otros planetas azules, y que no percibe el atrofiado oído de la decadente masa de explotadores terrestres. El guitarrista ya aclaró que hubo días en el que fue enemigo acérrimo de los cantores anfibios, una profunda aversión a la vida herpetológica lo hacía disecar cuanto bicho capturaba, siendo una suerte de ofrenda a sus miedos infantiles. Merced al riguroso tráfago con la guitarra, los repudiados batracios de ayer, fueron transformándose en compañeros planetarios, y, este instante mismo, son animadores de la música que despachará a los radioescuchas locales y, sobre todo, a los oyentes de afuera.
La danza de los contramaestres, salta jovial en los oídos del músico que presiente el intenso azul que vendrá tras un amanecer frío y mojado en tierras altas. Augura que la mañana crecerá hasta los veintisiete grados centígrados en el contundente sol del mediodía ecuatorial, acometiendo contra las testas de los hombres apiñados dentro de La Medusa Multicolor. Este rato la escarcha se posa en la curtida piel del níveo domo, hogar del individuo que no se aburre de contemplar el sueño volcánico de la milla histórica de una metrópoli cenicienta. El termómetro exterior marca nueve grados centígrados; José Miguel, sin prisas, afina cobijado por la tibieza de valle subtropical seco en la que se mantiene el recinto del montañero. El debido calentamiento de sus dedos, sus herramientas de precisión sensitiva, sobre las cuerdas del instrumento que genera arte, es un ritual ineludible del músico.          
Olegario Castro no mete prisa a la intervención del maestro, respeta el  tiempo de relajamiento de los músculos digitales que el otro se concede sin apurarse; sabe que a su momento se dará la señal para transmitir al aire el ritmo gitano. Esta madrugada viene emotiva para los dos amigos, es el próximo arribo de Gitte al domo, trayendo consigo la exuberancia de la pluviselva que rodea a la comuna Pilche, donde reside para levantar sus aportes científicos a la ciencia herpetológica.
—Vamos bien, no falta mucho –musitó José Miguel encendiendo los colores de la gracia, alzando a ver al montañero, alivianándose tras el terror inicial de sólo imaginar que sus dedos se van a agarrotar en pleno concierto—. No tolera el cuadro de una presentación con dedos desatentos, negándose a volar sobre las cuerdas; sus herramientas fundamentales deben estar al máximo para poder “improvisar”. Los músculos digitales han ido desprendiéndose de la tumefacción parcial, ese fantasma que lo atormenta previamente a entrar en acción. Como es su deseo, antes de transmitir sentimientos allá fuera, las manos del artista fluyen en lo que él viene denominando Popurrí anfibio, siendo una suerte de estancia en el vestíbulo de la mansión del éxtasis.
—Es hora de que te animes a hacer público el ya nombrado Popurrí anfibio —manifestó, Castro, ante la madurez musical que palpó en el preámbulo que el mismo autor le puso título, y añade—: ¿Será que está a punto para ser lanzado al aire con todos los honores de una composición independiente?
—Más bien no es lo que a vos o a uno le parece. Me explico, es una mezcla  esencial para el calentamiento de dedos, no es una composición en sí, varía mucho cada vez, aunque en apariencia suene igual —replicó el maestro que tiene a Popurrí anfibio como el despertador del duende egoísta, ese genio que lo libra de las tensiones que sufre antes de lanzarse a las tablas—. La tarea de Popurrí anfibio es básica, despabilar mis manos y así poder desencadenar la fuerza que activa al guitarrista, apartándose del estado contemplativo al que lo somete la ilusión de lo perfecto… El artista alcanza su nivel guerrero tras superar las tensiones del animal cósmico en peligro de caer en la total inacción —añadió jocoso—. La fuerza mana vigorosa en él cada vez que puede ingresar a plenitud en la guitarra, las uñas largas están a gusto para rasgar el instrumento de su revelación trascendental, los arpegios estallarán en una madrugada de gloria para el maestro. Alejándose del destripador de batracios de la niñez, ya se inspira en el recuerdo de los cantores que se extinguieron en su lar; la hectárea que heredó del antiguo fasto de la hacienda de sus antepasados de noble alcurnia, La Merced, no los alberga más. Los sapos y ranas ya no cantan en su cabaña al pie del regordete cerro Ilaló, ni sobre el dilatado valle interandino de Chillos, hace rato que se esfumaron. —Cuando llega nítido a mis oídos el croar sinfónico que amé con sadismo, mis dedos están listos para recorrer la piel de la mujer irrepetible. 
Profunda voz femenina se mete en la línea abierta a los radioescuchas de la señal de Marañón. Cierta joven habla reposada para que alguien invente su rostro, y vea en ella un espejo de agua entre los glaciares retrocediendo del monte Chimborazo. Esa voz esculpida en las aristas de los estratovolcanes de un país de contrastes, entrega el panorama de una madrugada estrellada, ascendiendo por escarpada ladera del Chimborazo, bamboleándose bajo el peso de su tarea, mientras estremecedor silencio lunático alumbra el redondo ápice del gigante. Ella participa, retrospectivamente, como su sombra ganaba altitud en la rampa de nieve crujiente, y abriendo huella en la fría luz sublunar clavó sus crampones sobre la cumbre del amanecer que la sorprendió con el dolor de llegar “sola, a mi estilo de hacer montaña, como usted me enseñó mi querido profesor, sin ver ni oír a nadie más que no sea a mi propio observador…”. La guitarra emite arpegios que rebotan en las torneadas paredes acústicas del domo, el artista armoniza con la voz profunda de la joven ascensionista que desciende, quien se va alejando en la gradiente nívea que infirió a los oyentes de Marañón. Ella no tiene prisa por agotar su experiencia en las cumbres andinas, el dial de los noctívagos le da espacio sin previa cita para dejar su gusto por la aventura modelada a su capacidad de ir a donde debe ir.
Olegario se aleja de la línea abierta del intercomunicador que recibe a otra voz habiéndose difuminado ya la voz de la montañera, y, alcanzando la botella de Reposado Aguardiente Agustino, que provee la cofradía de Los Alverjeros haciendo honor a la costumbre implantada por el ausente Teodoro Morris, la destapa para regalarse el aroma de la quinta que visita año tras año por expresa voluntad del nórdico. —¡Hable, maestro!... ¡Manifiéstese! —exclamó acercándose al guitarrista para brindarle una copa con el fruto de las verdes matas de Malacatos—. José Miguel recibe distendido el añejado licor, ya puede desprenderse de la guitarra sin el resquemor de petrificarse a la hora del concierto, y tomar un recreo en los aromas del valle subtropical que desconoce. Los dedos del artista, cargados de vitalidad, acarician el copetín que encierra el espíritu de la caña dulce, mientras su olfato y el paladar inventan la molienda del enviado de Dioniso. —Este reposado sí que te alienta a bucear en lo ignoto. ¡Salud, Olegario! –replicó el artista de La Merced, rezumando energía de su compacta barba piramidal. 
—¿Están listos para escuchar allá afuera? —interrogó Castro alzando a ver a la bóveda celeste desde los amplios ventanales del domo, haciéndose cómplice del maestro que recalca en la cuestión fundamental—: ¿Alguien nos va a responder con sus silencios?
Arribando la musa de los rizos del sol de medianoche boreal, los arpegios surgirán briosos de la guitarra Chiliquinga. La joven dinamarquesa narrará su nueva sobre el avistamiento de espaciales en un punto del bosque amazónico, dentro del territorio mítico donde anidan las fuentes que inspiran la magia de los chamanes de las comunas Puca y Pilche. José Miguel paladea el reposado aguardiente, sus ojos se posan en la fotografía aérea de la laguna Pelancocha y la densa selva que la rodea, donde surgen los individuos para el museo herpetológico que fundó Gitte. Festeja, con el desparpajo que aúpa la ausencia de tensiones musculares, el epígrafe que Castro introdujo en la esquina inferior izquierda del cuadro selvático que ella le obsequió, el cual reza: Dios bendiga a la mujer danesa. Mientras el otro torna a dar, otra vez, explicaciones de cómo estampó esa frase sacándola de la axiomática pared del restaurante Guatería Manaba, en Malacatos, donde dice sin traducir del inglés, ¡God bless danish woman!
El domo del Panecillo es una caja de resonancia de la que el músico se aprovechará para el lanzamiento de su furia flamenca. Castro está al mando de la nave que hace posible tal encomienda, retrepado en la butaca del comandante se relame por la ventura de tener a Gitte como vocera del portento que se repite en la cuenca media del Napo. Ella le dio la exclusividad, de su informe ES, a radio-libre Marañón; aunque es inevitable la vulgarización que sufrirá este fenómeno en el futuro, está condenado a la decadencia por boca de los sacerdotes de los misterios extraterrestres. Lo grato es que aun Gitte, evitando entramparse bajo la histeria de los fanáticos de la vida inteligente allende la Tierra, no se hunde en ciego fervor hacia esos lustrosos seres recogiendo muestras de lo que vendría a ser un eslabón recuperado de su evolución. 
Llega el aviso del dispositivo fotomagnético que regala la figura de Gitte anunciándose en el embozado portal del domo. Se muestra entero el rostro en la  pantalla que atiende Castro desde el tercer nivel, cual abre las puertas de su mansión y comedido la invita a que ingrese por el ascendente corredor libre de gradas, lleno de música acuática. Ella camina diligente, ya familiarizada con la sensualidad de la edificación azucena, subiendo acompañada del murmullo de agua de manantial andino que corre a desembocar en el riachuelo que a su vez viajará a confluir con los surtidores de la cuenca amazónica.
José Miguel observa el efusivo abrazo que Gitte entrega al ser que abriga verídico poder de comunicación; entretanto él no abandona su atención a la tarea que tiene por delante y, tras extenderle caballerosa venia a la ilustre invitada, se dispone para el preludio de su concierto rumbo al amanecer. Los presentes en el domo de El Panecillo se unen al mutis del guitarrista; asimismo, por reflejo, harán lo suyo los oyentes de la señal de radio Marañón, convergiendo con el gran silencio que cederá a lánguidos dedos abanicando la guitarra Chiliquinga. El rubicundo artista se embarca en su nave de hacer música; echando a volar los arpegios se remonta a la órbita gitana que estremece el dial.
La mirada gris de Gitte se humecta, refulgiendo como el sol de medianoche. Olegario Castro hace memoria para reconocer la obertura, aguzando el oído que se ha educado con los sonidos de lo agreste, y, para su íntimo regocijo, no la reconoce, sintiendo el rubor en su rostro por estar catando una pieza de estreno. Aprendió a disfrutar del arte flamenco desde que descubrió la furia gitana brotando de la guitarra del genio de La Merced, antes no hallaba esa gracia porque la confundía con el cante ratonero que se instala en las fiestas de fundación española de La Medusa Multicolor. A partir del hallazgo del flamenco real puso la distancia debida entre la producción del duende egoísta de José Miguel y el guitarreo intrascendente, andaluzado, de las celebraciones masificadas. Ya corrigió su visión distorsionada de la guitarra andaluza, ese sentimiento adverso fue dinamitado al asistir, fuera de temporada taurina, a una presentación de José Miguel en las tablas del café Madrilón. De ahí nació su vocación para empatar con el genio del Ilaló. Partiendo del genuino arte que paladeó en las tablas del Madrilón, quitó las despectivas comillas que sus oídos tenían para ese sentimiento andaluz.
Castro devuelve, condescendiente, la mirada lacrimosa de Gitte, evitando comunicar su certeza de estar fuera del fácil entendimiento que la joven tiene del arte que proyecta el guitarrista, pues, él ha deglutido ese sentimiento gitano más allá del suspiro y el laudatorio ¡bravo! de la admiración pasajera. Conoce la feroz depuración que ha sufrido el artista desde que tomó la decisión de ser intolerante con la mediocridad; éste, durante años, viene volcado a un ejercicio riguroso sobre la guitarra Chiliquinga, una práctica diaria de horas es lo que está derramando en las tablas de Marañón, aunque remite su música a los oídos del noctívago como si nada le hubiese costado llegar a ese estadio de lo exquisito. ¡Improvisar así es divino!, podría espetarle al maestro cuando concluya. ¿Qué título tendrá esta composición?, seguro habrá más de un radioescucha que no sólo estará ansioso por conocer el nombre sino el génesis de la pieza. Alguien se apresurará con la cuestiones de rigor dirigiéndose al guitarrista a través del intercomunicador, y le quitará el peso de alardear frente a Gitte que le sonríe hasta inyectarle pudor. Tiene claro que el sendero para llegar a la rosada piel de la nórdica es la mutua simpatía que tienen por los batracios, excluyendo la opción de atacar esa cumbre por la vertiente de la ostentación.
José Miguel, concentrado en la sincronización de los dedos entregados al tacto de la guitarra Chiliquinga, esporádicamente levanta su noble calavera como atisbando por lo alto del domo, pero su mirada furibunda se posa sobre el ápice de la torre a la que ascendió, ya mismo hace cumbre, y ahí es donde empatará con el montañero. Una vez en la cima sólo le resta retornar escaleras abajo, hacer el ineluctable descenso sin herirse, devolverse a las tablas de Marañón esquivando el abismo de la euforia. Apeándose del vértigo se entrega a los ojos de Gitte quien, ovacionándole, no reprime su gana de entrelazar las manos llenas de gracia del artista, el cual la acogerá como la señal de un feliz aterrizaje.
 —¿Qué me dices, estoy abriendo una nueva ruta en mi vertiente Rupal? –inquirió aliviado el guitarrista. 
—¡Improvisar así es divino! –aulló el montañero. 
La voz de barítono, la que con antelación se identificó en el control electrónico de recepción de llamadas mediante su registro fonético, personalizado e intransferible, siendo el único requisito para acceder al intercomunicador de Marañón, se adelanta con la cuestiones de rigor: —Magnífico, amigo José Miguel... ¿acaso el preludio que terminó de concretar es una creación recién salida del emporio de La Merced, o me equivoco y es algo que sacó del olvido para lanzarlo con renovada furia?—. La respuesta del guitarrista confirmó la precognición del montañero de haber acusado recibo de una composición de estreno, quitándole de cualquier duda al respecto, coincidiendo con el oyente, que ya identificó para sí. José Miguel, correspondiendo a la sapiencia del radioescucha, le reveló el nombre de su creación para guitarra: Chorreras del Pita. Tal denominación corresponde a su deseo de llegar con la energía del agua que fluye de los volcanes a vista de su residencia en La Merced, polarizando el sonido del agua que bendice a los valles andinos.
—¿Qué otro sonido puede interpretar mejor la vida planetaria? —inquirió, a su vez, el guitarrista y filósofo, a la científica residente en una parcela amazónica megadiversa.  
Revienta la voz de Gitte en las ondas noctámbulas mientras el maestro regala mansos molinetes a manera de fondo musical. Corre la  palabra diáfana de la nórdica, modulando el castizo español que adquirió desde la escuela básica como su segunda lengua camino a primera. Ella se zambulle en el portento alienígena dado donde yace la mayor diversidad herpetológica del planeta, y ahí radica la clave para comprender el por qué los espaciales saponáceos escogieron aterrizar en la cuenca media del río Napo, concretamente alrededor de las lagunas espirituales asentadas entre las comunidades indígenas Pilche y Puca. Gitte ha venido dedicando su tiempo y energía a la colección de innominados miembros de la gran familia de los batracios, se afirmó en esta húmeda actividad sublunar gracias a la ayuda económica que le provee la Universidad de Aarhus, apoyándola para que  monte su museo herpetológico. “A mi entender —y puedo coincidir con los testimonios de los residentes de la fundación Remoto que han experimentado este fenómeno—, está biosfera que es imposible describirla a cabalidad, pues, ustedes mismos tienen que  imaginarla de acuerdo a su propia experiencia, viene siendo utilizada para un objetivo espiritual de esos adelantados galácticos, no hay duda de que su compenetración con la pluviselva es pasmante”, recalcó la científica que se mandó a mudar a la comuna Pilche dejando los hábitos citadinos, entregándose a la dicha de patentar individuos nunca antes clasificados por la ciencia.

(Fragmento de la novela Virus del Sentimentalismo)