Las ruinas de Galadriel


Embebido en la lengua del glaciar que parte de la escoria volcánica del fangoso arenal, relaciona otra vez que no, que definitivamente no se enfrió abruptamente y que su temperatura a flor de piel es estable, como la que rige en los longevos de Vilcabamba. Mejor aún, como dice el verso: …si quieres prolongarte en cien años hábiles vive como el gótico del domo del Panecillo. Mientras reflexiona en la doble y única piel, hace la gimnasia china que le recetó Olegario Castro para bajar la tensión de su cita sublunar con las murallas del Annapurna. Lo anima verse en este punto, arriba de las ruinas, haciendo una disciplina milenaria y relajante, que a su entender es una variante ralentizada de Danza Triunfal del Aqueronte, alargándola de puro gusto hasta convencerse que han transcurrido unos tres mil años en su corazón, mientras diez minutos marque el reloj de la cascada de hielo del Cíclope.
Todo él cubierto por lo que encarna ya su deseo de una doble y única piel; presumiendo de la adherencia de geko de sus manos y pies, se adentra a zancadas en una rampa liza de fino hielo transparente, conformando un tobogán a ras del piso rojizo que refulge con los último rayos del sol en retirada. Ha sido un tramo lo suficientemente vertical para que ello implique riesgo de su integridad, sin la ayuda de crampones, martillo, piolet... Luego ascendió un serac con la seguridad de un geko que no deja huellas en una torre de vidrio, y así mismo se bajó de él. Su piel vive una primavera dentro del temporal. Afuera, el violonchelo del Cíclope, ensaya una marcha de invierno; mientras la cellisca danza en solitario. Desciende moroso, a paso de perezoso agradecido con su cálida desnudez en el glaciar. El traje subcero no es la ropa artificial que lo cobija, tampoco está calzando el preámbulo de la piel térmica, está ya embutido en el portento al que lo condujo Ente Racional. La impermeable piel que lo abrazó en un santiamén, “como a la vida, las Parcas”, es una realidad irrefutable.
No hubo transición para comprenderse, ni mutua resistencia, entre la vieja y la nueva piel: bastó una carrera juntas y se fundieron entre sí. Al principio, creyó estar envuelto en una lana tan suave, fina y cálida, como la de un bebé de vicuña. Al cabo de minutos ese algo indefiniblemente extraño que, para residir en su cuerpo, hubiese requerido un tiempo de adaptación, lucha o exterminio de lo débil por lo fuerte, acabó armonizando con lo antiguo tan callando. La encarnación de la doble y única piel, hizo que su idea del traje térmico sea una reliquia del museo de la biociencia. Su cuerpo, su mente, todo él, celebra estar a la intemperie, bajo cero grados centígrados, completamente desatendido del frío criminal.
Si el profesor Duvolosky lo estuviese espiando en su privilegiada desnudez, lo confundiría con un espacial saponáceo. Estuvo reptando en el serac cual Nosferatu descendiendo de cabeza por su torre del Borgo; aquí está danzando sobre el arenal, en traje de Adán, como cuando éste disfrutaba de su época edénica junto a su Eva de los trópicos, antes de la maldición de ganarse el pan de cada día con el… Si nos viera, Duvolosky, no se andaría con la máxima de los ufólogos, esa que impide que los guarden en los panópticos: No lo niegue ni lo apruebe, investíguelo. ¡Jesús!, cómo negarlo si lo pillamos adherido, cual geko de los glaciares, en una torre de hielo. Aquí nada de ¡investíguelo!, señor Kantoborgy, lo pillamos danzando en la gélida aridez que reina sobre la cota de los cinco mil metros de altitud del Cíclope; usted no escondía su verdadera identidad tras un grueso ropaje azul de astronauta ni calzaba doble bota y crampones, usted estaba expuesto a la hipotermia como lo está este rato, en el Tíbet, un leopardo de las nieves. Lo trincamos libre y salvaje, trotando cuesta arriba en un terreno abrupto, y nada nos dice que no esconde garras para usarlas acorde a la propuesta de la diversidad de pisos -en mayor o menor grado verticales- de las montañas de la locura.
Y cómo refutarle al profesor Duvolosky lo que en él sería evidente, habría que soltarle el resumen de las sensaciones, percepciones y recuerdos de nuestra evolución psicobiológica, en una suerte de teoría de lo posible cuando mente y materia se ponen de acuerdo para mudarse a la doble y única piel donada por el… Imposible explicarle este fenómeno, las experiencias existenciales no se razonan, se viven en situ, en borrador. Eso, los griegos de la Antigüedad, lo sabían; y ahora Lovochancho lo supo -por él mismo-, y por fin puede equilibrar su nirvana matemático con los rigores de su cuerpo sufriente, paladeando -por él mismo- la sentencia sabatiana, La razón no sirve para la existencia.  
Cómo hacerle vislumbrar su existencia en los límites que impone la naturaleza, a un sujeto que ni bien entra al parque metropolitano se pierde gratuitamente. Duvolosky lo pondría en el mismo saco del testimonio de avistamiento y contacto alienígena, Espaciales Saponáceos (ES), que ha desembuchando en radio Marañón la herpetóloga Gitte, God bless danish woman. No quita que él, Kantoborgy, se divierte a zapatear con las especulaciones que provoca su estilo de vida en el ufólogo. ¿Qué estamos, desnudos o vestidos? Digo que ambas cosas, desnudos ante la inmensidad de la Tierra y como ésta ante el concierto galáctico; y revestidos para enfrentar a la edad de hielo como una morsa de la Antártida, aunque inermes ante el apetito de un oso polar.    
Si se tendiese una emboscada y se tomaría fotos y se vería retratado como uno de ellos -como describe a los ES la científica danesa residente en un punto de la cuenca media del río Napo-, y, traicionando su condición extraordinaria, le enviaría toda la información gráfica al profesor Duvolosky, naturalmente que éste tendría la obligación de colegir que ahí está posando un bípedo de otro orden planetario, y le daría la razón por ello, porque probando esta doble y única piel para capear adversidades meteorológicas es de rigor cuestionarse. ¿Se trata de un fruto de la genialidad de un terrícola extraviado siglos adelante a su época o es el resultado de una civilización espacial que ya carga de ordinario la piel cuántica? ¿Convivir con la cruda naturaleza, mimetizarse en ella, es lo que a él le permitió dar este salto cuántico?
Relaciona que el Homo sapiens se entretiene en minucias artificiales, afirmándose en la vía a la alienación maquinista, alejándose de la evolución psicobiológica como si eso lo hiciera más inteligente que el romano del año uno después de Cristo. Han transcurrido más de dos mil años y en las plazas y calles del Homo sapiens medra la basura del futuro. Los mismos bípedos depredadores del año uno después de Cristo hoy se presentan con la estampa de ejecutivos siglo XXI. Nuestro tecnócrata se realiza en el ideal de hormiga agenciosa. Los líderes autómatas del progreso siglo XXI, inyectan estupidización a las nuevas generaciones, a los jóvenes universitarios ávidos de incorporarse a la Producción aplicada a la sobrepoblación.
Los líderes autómatas siglo XXI, en elocuente ejercicio de lengua y torsión labial, aleccionan juiciosamente.
¡Productivos todos!
Aquí, sentados en los hombros del suplicante mundo, a fe nuestra les decimos que el temperamento de los chinos es más positivo que la perezosa idiosincrasia del hombre ecuatorial, que no es a conciencia ni capitalista ni socialista. Allá, en el sol naciente, un sujeto emprendedor, llámese Tien Cuan Chak, -o como ustedes a bien tengan denominarle-, silba para convocar al pueblo amarillo a domar a la naturaleza, ejemplo, a librarse de una  selva megadiversa en aras del excremento fósil que mantiene el apetito de energía sucia, o a mochar una odiosa montaña para dar paso a la presa hidroeléctrica no sé cuál, y noventa mil pares de ojos rasgados se botan a hacer cola para ser contratados a razón de una paga de risa por su sudor aplanador. Y así, para todo lo que se proponga fabricar el coloso oriental -en franco proceso de enajenación occidental-, desde percheros a sofisticaciones electrónicas, no faltará un masivo y barato contingente para producir a lo hombre pujante versus naturaleza menguante. ¿Cómo vivirán los tales? ¿No se nos rebelarán y querrán de sopetón el proyecto de vida estadounidense? Es un asunto que la superpoblación lo resuelve eficientemente, fabríquese lo que se fabricara, en reserva se tiene ejércitos de excampesinos (metódicamente repartidos entre los apellidos Chang y Wong), en lista de espera para sustentar el engranaje de la máxima entropía o progreso XXI. Cuerpos y engranajes a la vez, ése es nuestro sueño para un Ecuador pujante. Acá tenemos que lidiar para que la maquinaría del progreso no se pare; es decir, para que ande a una pachorra desesperante; mientras los ocho o veinte grandes naciones  industrializadas se tragan el humeante mundo a mordiscos de barracuda, nosotros preocupados porque nuestras riquezas naturales se agotan y sufriendo por eso de no dejarles nada prístino a las muchedumbres del mañana. ¡Chovinismos apócrifos!, cuando lo que tenemos que hacer es acoplarnos a la mentalidad devoradora de aquellos, y adelantarnos a su propuesta de reventarnos, integrándonos plenamente a lo útil y practicar sin remordimientos la norma que hace grande al imperio de la adicción a los entes que nos entretienen mañana, tarde y noche. Comamos y bebamos que mañana moriremos...   
La velación de las armas del gótico, recuperará el acto quijotesco que encanta al caballero de la altitud. Frisando los cinco mil metros de altitud, a una temperatura ambiente de rápida congelación, sabrá cumplir con el ritual que llegó al cenit del desprendimiento en lo concerniente a ropa de invierno. Qué clase de mutación es la que está sufriendo en la intemperie del Cíclope. La doble y única piel que porta tan campante en la cota de los hielos temporales de los Andes, no es para nada un disfraz como el del hombre araña, o de cualquier miembro de la liga de los justicieros planetarios. Tampoco resultó un  disfraz para emular a legendarios luchadores como Santo, Huracán Ramírez, Blue Demon, etcétera. No se diga un traje del tipo que usan perioverborreos e imagólogos del calibre de Guanchaco Librero, Boca de Sapo, Culincho Sutil, Boa Delos Vientos Atómicos, etcétera.
O sea, su traje térmico se esfumó, no tiene a la vista y tacto nada más que la doble y única piel de un abominable hominino saponáceo de las nieves, ha palpado meticulosamente su cuerpo y no ha detectado cosa que indique es un androide. No carga calefactor, ventilador ni reciclador de aire, tampoco desempañador, o un recóndito botón que active la adherencia molecular de manos y pies a las paredes de hielo. Los seguidores de perioverborreos e imagólogos sí van vestidos con la tecnología textil de una factoría de fantasías: simples trapos que, dependiendo del alcance del bolsillo de la demanda, son un disfraz en mayor o menor medida espectacular. 
En tanto reine el crepúsculo beberé de un relajamiento que no será sueño sino predisposición a escuchar las notas primordiales del violonchelo de una tierra prometida. Reacciona, ¡mi hermano… mi hermano!, estás embutido en la expansión aerodinámica, ensayando el arte marcial de la biomimética, dando el salto cuántico de los elegidos para la soledad radical.
Ya adopta poses de combate que pondría en evidencia las debilidades contorsionistas de Culincho Sutil y compañía mediática del cachascán de la lengua. ¡Qué tipos!, gente mentalmente limitada a sucumbir en una sola piel de manteca, frágil para la vida allende el cuadrilátero de los artificios que prolongan el estado cataléptico de la pobreza de espíritu que pena por el paraíso donde residen sus inmejorables letanías... Mejor dejemos asentando algo decente en el muro de los grafiteros de Guatería Manaba. Musa glacial: alimento de un corazón espinado.   
Con el crepúsculo arribó el aullido pre-lunar de la manada de Galadriel. El espíritu del fastuoso castillo renace en la rojiza luz que lo cobija, trayendo esos esplendores previos a la tragicómica acción del Cíclope intentando exterminar al escurridizo Krizofilax Equinoccial. Con el advenimiento del horizonte sanguinolento, el entorno gris que anunciaba tormenta eléctrica, y el acoso de una marea de polvo blanco, dio paso a un exquisito paisaje crepuscular: cadencioso mar de nubes ha borrado los valles, inundando la altiplanicie. Arrebolado mar de nubes choca mansamente con los cimientos de las murallas del castillo. El huésped barrunta si no estará inmerso ya en la conjunción de elementos primordiales para que se efectúe la convención de dragones comandados por Aleph Dark; a partir de la invisibilidad del fragor humano, yaciendo su civilización bajo un océano beige, éstos tienen albedrío para moverse en la bóveda estrellada.
En el fondo del mar de nubes reside el inframundo, medra la masificación del alquitrán; las tristes muchedumbres guardándose en su penumbra, dormitorio, prestas a perderse en sus cubos nocturnos, después de una jornada de esclavitud solar. Allá, en el inframundo, yacen los líderes siglo XXI en sus panorámicas cuevas de mármol, reposan tras su aporte al yo-produzco en las instalaciones del intercambio de datos de cómo llenar su despensa mejor y más rápidamente que el vecino.
Si no estuviera ocupado con el ritual de la velación de las armas que apenas levante el campamente dará inicio, se lanzaría a hacer la nocturnal de la vía Galadriel al cráter del Cíclope, y sería testigo de la convención de dragones, y vería si Dark se lo zampa o no a su hijo mutante. El llameante crepúsculo lo invita a la gimnasia de los ojos en lontananza, la transición de una tarde opaca a una noche de verano glacial se está dando con magnificencia. ¿Sus ojos ven más que antes, o qué mismo acontece? La ruta hacia el cráter del volcán se presenta radiante, nítida, en un primer plano que lo invita a subir como a un enamorado a beber de la leche de la mujer amada.
Disponiéndose a retornar a la playa en que se convirtió el sitio que escogió para su vigilia, no puede evitar un estremecimiento de pavor recorriendo su cuerpo, apenas se le cruzó la sensación de andar inerme en este espacio helado, sufriendo una especie de reminiscencia de sus células adictas al dolor mortal del frío que en mayor o menor grado ataca a un ascensionista por más arropado que venga. Y qué pasaría si se me desgarra la… Pero aquí no hay capas de ropa de abrigo convencional, sólo un escudo psicobiológico suficiente para enfrentar la congelación en un témpano del Ártico y capaz de no sucumbir en una tormenta de polvo blanco en la zona de las Parcas. Aleluya, mi hermano… mi hermano. ¡Apenas esto mi querido profesor Duvolosky! Es como estar en cueros, a temperatura de valle subtropical andino, visitando el museo fotográfico de retazos de paredes -del sexto al séptimo grado de dificultad vertical- del domo del Panecillo. Una vez que uno se calza la doble y única piel y se olvida para qué es necesaria la indumentaria del común mortal en el polo sur… No, profesor Duvolosky, no se trata de llevar puesto una prenda extraordinaria, porque una vez que se la coloca deja de ser una prenda extraordinaria porque ya se funde con nuestro propio ser… ¿Cómo me hago entender? Hagamos lo siguiente, usted mismo, regálese una rotunda explicación cuando estrene su doble y única piel.    
(Fragmento de la novela Las ruinas de Galadriel)