La soledad del murciélago


¿Cuál era la superioridad en este mundo si no había manera real de estar sobre los hombres siendo todavía hombre? A la verdad se estancó su personalidad humana, no daba más en la aparente igualdad de condiciones de finitud ante la normalidad. Salvador Pineda Pinzano, se limitó a tomar lo que podía dentro de lo corruptible humano, siendo él inoxidable. Veinte años es una minucia  para lo que le podría restar de vida al pescador-recolector del segundo anillo de Pelancocha, y el murciélago no sabrá lo que es el fin de su unidad de carbono, y ceda a la inmortalidad de la mente, sino cuando falle su instinto de conservación frente al peligro de la lucha de las especies. Mientras esté sufriendo la forma del murciélago y construyendo el planeta del pensante pescador-recolector, no se sujetará a la idea de la inmortalidad del alma, pues, la inmortalidad será ajena al tiempo-espacio de su cuerpo, y él será vividor enérgico en tanto respire. Veinte años es un parpadeo dentro del espectro geológico empero, bajo la figura del marqués, fue concebir que lo mágico de uno empata con la sangre primordial del universo; veinte años también resumieron siglos de sensaciones que, entrando por los poros abiertos de los dos metros cuadrados de piel fresca, dieron luz al caminante. 
El placer táctil del hombre jamás se expandió tanto como durante los siete días y seis noches que amó a la mujer que nació para introducirse en él con el fermento irrepetible del amor. Diana de Bergantiños, y Salvador Pineda Pinzano, se desfloraron al unísono para abrazar la muerte que sellaría su amor en los acantilados de Malpica. La meiga celtíbera se sacrificó para que surja íntegro el murciélago. El animal aéreo brotó del virginal marqués, el que se mantuvo así hasta días antes de cumplir la treintena, aguardando la hora de morir por una mujer. A partir de ese fallido intento de suicidio por amor a Diana, empezó la transición de la cáscara humana a la edad del murciélago. Tras el desencanto del platónico, algunos meses probó a ser macho demoniaco, revelándose como  máquina sexual inagotable regó sin pisca de amor su simiente, no por doquier sino escogiendo matrices de alcurnia, con el ánimo de que el noble altruista tenga una larga descendencia a semejanza de Salomón. Quería vástagos con la mayor diversidad de mujeres que hagan honor al don de provenir de Venus. Esos frutos de su máquina sexual humana nunca arribaron, de ahí la bendita incompatibilidad que marcó el murciélago con el deseo fecundador del Homo sapiens.   
Salvador Pineda Pinzano, pronto instaló su propia fábrica de dolores sublimes. Maltón, cursando la pubertad, los producía a su medida de adelantado; fue precoz en alimentar la figura de cometer suicidio cuando uno mejor se encuentre consigo mismo, y hacerlo en el clímax de la alegría y no bajo los efectos vergonzantes de una tristeza extrema por no conseguir lo que se oferta en este mundo. Así el muchacho se refocilaba con las imagines del instante de su salto al vacío, por algún motivo que desconocía no podía ser de otro modo sino lanzándose de un precipicio que albergue extraordinaria belleza bucólica, acorde con el amor de la mujer deseada a muerte. Temprano había conocido el legendario peñón del Chiriculapo, y ya lo cautivó la ilusión de que era cosa de un suspiro aliviarse con la Parca.
Siendo posgraduado aventajado en la facultad de Ciencias Ancestrales, en Salamanca, desarrollaba estudios para aplicar el conocimiento infuso en la restauración de las montañas y jardines de Gaia, socavados por el desastre racionalista. Su periplo académico en la Europa de fantasía que entretiene a los pasantes con dinero, tenía que cerrarse teorizando un plan de acción para rescatar a la “Pachamama ecuatoriana” de las transnacionales ecocidas, ejes de la pauperización de la vida salvaje, y criadoras del hombre cosa. Mas el empeño que puso en esa maestría no le quitó la vieja idea de amar y morir apenas llegando al vértice de la dicha. Mientras hacía lo posible para alejarse de esa fijación pubescente, ésta se catapultaba a otros estadios y crecía abarcando cada vez más terreno en su conciencia como si fuese un reverente árbol de Tule, y con renovada fuerza avistaba el momento del fin lanzándose en distintos precipicios propicios para ello, como el puente medieval que halló sobre el alto Danubio, sitio ideal por lo refundido en la Selva Negra.
Abismos llenos de atracción primitiva no le faltaban para imaginar su caída, pero el día de hacer realidad esa vocación tardaba en llegar porque primero tenía que enamorarse a muerte de la núbil elegida, y llegar al clímax del amor para descender prendido a ella. Y no hacía nada por probar a enamorarse experimentando con las hermosas mujeres concretas que se le insinuaban impúdicas, pues su libido se desparramaba en esferas platónicas que si bien no lo desgastaban, y fortalecían su idea fija, le impedían trabar conocimiento carnal con éstas, cayendo en la contradicción porque así cómo iba a dar con la elegida si no se hundía en lo palpable. Se amparaba en la certeza de que su corazón le iba a avisar sin equívocos cuando la propia esté frente a él, nomás se crucen en el camino que ambos habían hecho para encontrarse se reconocerían, entretanto no hacía mención de responder al llamado a holgar de las representantes de la feminidad humana. Esto no lo inquietaba ni lo hacía padecer, en todo caso hasta le divertía la actitud indiferente que asumía ante las invitaciones a desahogarse animalmente, en ello no había represión ni sadomasoquismo, su reacción era natural y, abrigar la sospecha de que podía estar desarrollándose un ser hermafrodita dentro de él, era motivo de asombro pero no de pena.   
 Pasando los años, esta fascinación por entregarse a la Parca, buscando el amor de mujer de este mundo pero con las características de una semidiosa, y hacer el ritual único e irrepetible de dos amantes suicidas, lo condujo a creer que ahí radicaba su secreto y auténtica soledad, cosas que nunca reveló a su círculo humano, donde se le veía como un genio inconquistable que a hurtadillas saciaba la libido con meretrices de alto precio adquisitivo. La estratagema que tenía para no cargar la imagen de frígido sino de heteróclito sexual, era infalible; él se preservaba en aras de un amor grande e incomprensible a los demás, que sólo se hizo carne y alma en la costa de la muerte gallega. “Así se me ha dado el asunto con las chicas de la luz roja, corazón aparte las uso y me usan, no me deben ni les debo nada”, fingía confesar, entre jocoso y culpable a sus cofrades de Salamanca, pidiéndoles que guarden la confidencia en nombre de la amistad, sabiendo que era la mejor forma de que se disperse la novedad y poner lumbre al cotilleo de los transportes de sus partes pudendas.
Frisando la treintena se mostraba ya como pichón de filántropo, era el joven que se costeaba, dentro del campus universitario de Salamanca, el proyecto “Aplicación de las ciencias ancestrales al rescate de la Pachamama ecuatoriana”, y concedía becas a estudiantes revolucionarios (sin recursos económicos) para que se empapen de su utopía. Hasta ahí su doble vida estaba fuera de su cabal entendimiento, aún le estaba vedada su condición de animal mudable. El porqué lo atrapó la voluntad de morir amando a una Dulcinea que no tenía rostro ni identidad con la normalidad femenina, lo hacía presentir que su destino se hallaba agazapado para manifestarse de una sola vez.
Cómo no reivindicar al hombre concreto que fue para encarnar sus sueños mortales bajo el crepúsculo celta de Malpica. Con Diana adolescente, con Diana mujer, con Diana semidiosa, se fundieron en la brisa marina del estío que dio forma y calor a verdes acantilados. Después de ese amor desaforado, concluidos los siete días de acoplamiento silvestre de sus cuerpos virginales, sobrevino la inflorescencia del alma buscando la perpetuidad del instante. Había que sacrificar sus cuerpos dado el súmmum del amor carnal, precipitarse a la inigualable belleza de la costa de la muerte del país celtíbero. Los debutantes se habían comprometido a hundirse en el seno de la muerte con el crepúsculo del séptimo día, y adelantarse así, radiantes por el goce de un amor imprescriptible, sin padecer la corrupción del después, a la suerte última que pende sobre las unidades de carbono. Una vez que bebieron del elixir del amor no adquirieron pasaje a la náusea del hartazgo carnal.
Al cabo del acto supremo con la meiga de su afán suicida, no le fue concedido irse de este mundo amándola. El desenlace de su salto al vacío fue la develación del secreto de sus visiones infantiles, la figura del zorro volador se hizo tangible. Bajando a por su sagrada inmolación, prendido de la desnudez magnética de Diana, en un tris de alcanzar su mortalidad al choque con el lecho rocoso del acantilado, salió volando, mofándose del romanticismo del marqués, el murciélago. La fantasía del murciélago se hizo cruda realidad. Así como su búsqueda del suicidio se plasmó con el hallazgo de Diana, de igual manera se hizo carne y hueso el monstruito que atemorizó su infancia. Siete días bastaron para perfilar un destino que este rato no sabe cuánto durará; lo que sí asumió apenas batió las alas separándose de la mujer de su vida es que, por esa incapacidad de morir amando, cargaba el deseo enfermizo de acabar pronto en los brazos de una desconocida que la iba a identificar nomás la tenga frente a él. No pudo colocar el punto final que había dispuesto con su Pasionaria, ese adiós no fue sellado con la sangre de los dos.  
Salvador Pineda Pinzano, codiciado por la elite de muchachas núbiles, y envidiado por sus decadentes contemporáneos, quiso quitarse la vida porque consideró que ya había llegado a la cumbre de la alegría humana y sólo muerto iba a descender de ese ápice inigualable. Lo cierto es que ese intento de autoeliminación del joven marqués devino en renacimiento, siendo la mutación que lo quitó del hombre romántico que era antes de Diana. Sus ambiciones puras, platónicas, lo hacían verse como un ente demasiado distante del sufridor humano, y el remedio para equilibrar de raíz esa distancia había sido amar y morir de una sola vez. Después de pasar por la meiga de Malpica, no volvió a ser el señorito tímido de Salamanca. Él sí va a materializar su utopía anarquista, pues ésta vino a ser la realidad del mañana presente aquí de cabeza, es la transfiguración que parte de esta madrugada. Colgado de su viga favorita del palacio de Guápulo, está a punto de elevarse, elevarse, elevarse…
Así habló el marqués en ameno panel al que fue invitado a participar por Antropólogos de la imaginación simbólica, a propósito del tema de la convocatoria, Utopías e insurgencias para vivir:
“Utopía ha sido una acepción mágica menoscabada por la debacle racionalista, cualquier moción trascendental de no remover en los jardines de Gea, o de empezar a vivir -dígase incorporarse a la vida natural de otra manera que no sea estar uncido al fétido fulgor de las ciudades chatarra-, es rechazada por incumplir con el requisito mercantilista de producir y explotar hasta la medula de la estupidez positivista, donde todo lo que crece sobre la tierra es posible convertirlo en un bien material que envejece a velocidad abyecta para ser arrojado al basurero de la modernidad. A toda evolución que huela a mito y magia hay que humillarla ante la modernización para hacerla fiambre descartable. Los buenos demócratas, de tanto racionalizar, se han tornado irracionalmente medrosos de la utopía, tiemblan con sólo imaginar que los tilden de utopistas y ser rechazados de plano por el Gran-Hermano-Empresario. No, cómo va creer usted, Señor, que a estas alturas de la humanidad le vamos a venir con propuestas irrazonables, ¡somos enemigos de Utopía!, se apuran a esclarecer los buenos demócratas, estirando las manos a lo tintineante, y, tocando madera, presentan proyectos de factibilidad de sus concretas intenciones, las que brindarían bienestar a todos los creyentes del desarrollo a ultranza, el que ofrece la realidad fantástica a bolsillo de transeúnte. He ahí al ilusorio de cepa, el positivista irracional, el que se avergüenza de la utopía que anida en su corazón escudándose en que la inteligencia no la aprecia y la niega aduciendo su intangibilidad a corto plazo. Sí, cómo negarlo, la utopía no vende entre los emprendedores que pretenden desarrollar aun lo más recóndito de la naturaleza salvaje, lo que denominan con astucia y mayúsculas, Últimos Lugares Magníficos, para incluirlos dentro del inventario de los parques musicales del planeta, y que sean tan absurdamente lógicos como las calles y edificios pujantes de La Medusa Multicolor. Los cándidos negadores de Utopía se han acostumbrado a pedir migajas para que no les den nada, ellos aúllan extendiendo la mano al dador: ¡insistimos, Señor, que lo que solicitamos no es utópico! Lo trágico de los hombres que pretenden ser ambientalistas pero ansiosos de poner distancia con Utopía, es que acaban bogando por el mismo orden desalmado del Gran-Hermano-Empresario con una mano de barniz ecológico encima. El Gran-Hermano-Empresario, los despide con la diplomacia real que brinda un amor imposible a otro amor imposible, los manda de regreso a que sigan revolviéndose dentro de su resignada cotidianidad, chantándoles en la frente -usando pegamento de rémoras para resistir aferradas a la nave del progreso la embestida de corrientes turbulentas- el letrero ominoso y en negrillas de colaboradores secretos de Utopía. Mientras, nosotros, sí vivimos nuestra utopía anarquista de hoy porque somos ya el mañana…”.
A la verdad se había estado preparando para arribar a la treintena y sentir, ¡sentir!, ese amor devorador, flamígero. Para él fue el instante de desembarcar en la tierra prometida, y calmar esa sed de entrar en la mujer que presintió desde la pubescencia. Más allá de su obnubilación platónica dio con la ansiada corriente que lo depositó en las playas verdes de Diana, antes no podía ser y después tampoco se materializaría lo de languidecer así de fuerte, en ese lapso de dicha residía el principio y el fin de su máxima estatura de hombre enamorado. Cuando se percató que volaba dejando atrás el cuerpo inerte de Diana sobre las rocas del acantilado, y que había sido más fuerte el instinto de prolongación del murciélago que brotó para derrotar al suicida, no se resistió al impulso de regresar a la villa campestre que alquiló en las afueras de Malpica para vacacionar imbuido del paisaje agreste de la Costa de la Muerte y lo intemporal celtíbero. Su corazón humano había desfallecido para renacer en el corazón del murciélago. Desde afuera se veía aleteando sin la torpeza de una máquina animal principiante, el piloto automático que dirigía a ese zorro volador lo hacía con la pericia que dan millones de años de evolución, iba en línea recta a dar con el cálido refugio campechano que tenía abierta la ventana de la buhardilla  que  nunca cerró. Entró al dormitorio aterrizando en el lecho del amor volcánico que todavía humeaba después de su erupción. El hombre yacía como fulminado en la cama que aún despedía los aromas salvajes de Diana, por primera vez se disponía a dormir en paz con esos efluvios virginales que habían desatado al macho endemoniado. Reposó ininterrumpidamente tres noches y dos días, descontando con esa cortesía onírica los siete días y seis noches que amó como un poseso insomne.  
No devino en desastre su tragedia de Malpica, del sacrificio de Diana despertó abrazando remozada soledad. A partir de ese amanecer se incorporó al hombre el ser alado que alumbró el amor de Diana. La catástrofe del joven kafkiano, Gregorio Samsa, esa metamorfosis atroz, el martirio indeseado y la muerte ignominiosa que le infirieron sus “seres queridos”, era la antípoda de su tragedia en los acantilados de Bergantiños. Para poder ser lo que es primero tuvo que amar a la mujer de su vida hasta abandonarla exánime sobre las rocas que después lamieron algas marinas para no dejar rastro de ella. Al abrir los ojos a la realidad de doble-animal-bípedo-pensante, terrestre y aéreo, no le sobrevino resaca moral por la ausencia del cuerpo de Diana porque en vez de despertarse vacío de ella se despertó lleno de ella. A lamentarse los que aman cual efímeras, aquellos son los que perecen intentando una satisfacción perenne en lo fatuo.
Soñado advenimiento el del murciélago, a costa del hombre que se bebió de una sola vez el amor de mujer, satisfecho para el resto de sus días. Emergiendo del reposo del guerrero, se fue a hacer reconocimiento aéreo, estrenando los sentidos del quiróptero, de la zona agreste donde el hombre amó a todas las mujeres de este mundo mediante la meiga. No supo distinguir el lugar preciso del salto mortal, los abismos se habían mimetizado, los acantilados constituían una sola belleza terrible, aniquiladora, y no se avistaba traza alguna de los restos de la amada. La Costa de la Muerte se presentaba bonancible, siendo que el horizonte marino emergía como una pradera inconmensurable de algas verdes. Cómo no irse de aquella magia celta agradecido, cómo no despedirse de aquel suelo bendito con la gratitud del que sabe que no regresará. Se llevó una joya que sólo le calzaba a él.

Glorioso despertar el del murciélago…
Vine a luz cargado de mujer silvestre,
la noche del mar salobre nos preñó
de los perfumes de la gran salud,
nos  llenó con el vino que mana
dulce de los surtidores del rapaz.
Amaneciendo a los grises del cielo celta,
el verdor que repta hasta las simas
había alumbrado fanerógamas azules,
y las aguas se tragaron a la meiga
dejando una sabana de sargazos.   
¡Qué tragedia la de Diana de Bergantiños!,
ella amó conociendo de qué iba a morir.
¡Qué tragedia la de Salvador Pineda Pinzano!,
él amó ignorante de qué iba a renacer.
Sólo sé que el zorro volador era pesadilla antes de ti,
sólo sé que volaré la vida entera después de ti,
entre el pozo proteico del noctívago pescador
y el paraguas vitamínico del higuerón solar. 

Regresando a sus labores de mentor de lo trascendental estético, en Salamanca, fue presa del inocuo afán de remedar las cualidades eróticas del tercer conde de Sade. Tenía curiosidad por conocer sus límites de macho endemoniado, y acabó descubriendo que no había humanidad alguna en él sino la producción de una máquina sexual. La carnalidad que practicó pasado el éxtasis que le trajo Diana, ni siquiera llegó a simulacro de amor, fue el relajo de un autómata, fue la activación de una fuerza bruta que duró lo que tenía que durar, nada. Él nunca hizo alusión al amor insobornable de Diana, por lo mismo se solazaba participándoles a sus atónitos cofrades de la incipiente utopía anarquista -quienes venían siendo testigos de la transformación de su críptica sexualidad-, que tras los ejercicios espirituales que realizó en Malpica, por arte plutónico dejó de ser romántico en los transportes de su apéndice dador. “No sé qué me ocurrió allá, husmeando en los jardines de los dioses celtas, pero aquí me tienen cual trapiche inoxidable que exprime caña de azúcar, sacando guarapo que da un contento de día y de noche, y no le damos mantenimiento alguno a la fábrica de condenados a muerte… ¡El que quiera entender que entienda!”. Su trapiche podía seguir funcionando, al infinito… y más allá aún, sin consecuencias reproductivas terrenales merced a su genoma incompatible con la fecundación humana; pero él voluntariamente apagó la máquina de multiplicar diminutos estériles ante la absoluta incapacidad de ésta para hacerle oler, aunque sea un instante, de lo que aprehendió con Diana.
Quiso ser romántico mortal entre los hombres, siendo adoptada esa fijación desde el vientre de madre, quien fue la última matriz de la semilla Olivares y Yaguarzongo, alumbrando al ser que pondría el punto final a la estirpe que un día fue llamada a depositar en el mundo tanta descendencia como la de los patriarcas bíblicos. El albur se cerró para la antigua casa de caballeros blasonados, los Olivares y Yaguarzongo fueron menguando hasta su total desaparición del mapa humano, sacrificándose en provecho del mutante de largo aliento. A esa conclusión llegó, convencido que sus padres se fueron de este mundo con la verdad que los alumbró en sus instantes definitivos. Sus progenitores se ausentaron sin especular en lo que podría convertirse su vástago, ni preguntándose qué iba a surgir de ese don de renacer. Él mismo no sospechó a dónde lo conduciría su fallido intento de morir con Diana. Cuán ingenuo fue el joven de la salida romántica. Superada la edad platónica de Salvador Pineda Pinzano, viajará sin identidad al futuro del murciélago, a ese retorno a la época presocrática.  
Regia ficción montó de cara a la sociedad que lo cobijó, es su manera de decir a los amigos que deja por acá: “Adiós muchachos, los quiero mucho pero no aguanto ni un día más en La Medusa Multicolor, me voy ligero de alas y les lego todo el Homo sapiens que fui para que lo aprovechen como a bien tengan”. Esta sí fue la defunción humana consumada al milímetro, en un teatro dentro de gigantesco escenario kafkiano, La Medusa Multicolor. No se dio la tragedia que protagonizó en Malpica, allá vivió el acto supremo con la naturalidad y fuerza que fue capaz el enamorado suicida de ayer. El deceso de hoy es divertimento en serio, un acto teatral con el toque de misterio que reclaman los que se quedan en La Medusa Multicolor, por eso cumplió incluyendo lo enigmático al menú de los consumidores de necrológicas. En breve su fallecimiento se hará público, intuye que Olegario Castro dispersará la primicia apenas concluya el preámbulo sinfónico con el que inusitadamente arrancó el dial lechucero, que ha soltado a Beethoven con su Pastoral (Recuerdos de la vida campestre), en póstumo homenaje al marqués. Lo siente así, entiende de antemano que es así. Está conectado a radio-libre Marañón, lo que brote de ahí sabrá disfrutarlo al infinito… y más allá aún.
Diana le abrió el mundo de la ecolocación del murciélago. Es justo que le rinda tributo postrero en esta hora de adioses, enarbolando la Pastoral que le sienta a aquella excelsa desnudez yerta sobre las piedras de su consumado amor. Olegario Castro lo está despidiendo a Salvador Pineda Pinzano, pero no ha podido escoger una mejor pieza para el réquiem de la meiga de Malpica que sí pudo atrapar a su mortalidad. Nuevamente es él quien alzará el vuelo, pero ya no habrá esa verdad agazapada, la de que ansiaba poseer a la muerte misma, la de que estaba prendado de la Parca como sólo un trágico sabe hacerlo.

(Fragmento de la novela La soledad del murciélago)