De montañas, hombres y canes


Kantoborgy se anima por la escapada de engorde a la montaña, junto a su familia perruna e incorporándose luego a la tropa mamífera el señor Lovochancho y don Lester González (éste último viene haciendo méritos para ganarse el “don” de los caballeros andantes). Hoy madrugó más que el monje que practica el chan wu yi en un monasterio al tope de una montaña de granito; tratándose de este tipo de excursiones rápidas a la cordillera, suele calcular bien para que el sol se levante cuando ya esté con su comitiva adentrándose en las estribaciones menores del objetivo. Visitar al Ogro, el monte Quilindaña, es el objetivo que lo tiene moviéndose a través de la noche. No durmió profundamente pero sí dormitó como un bendito hasta casi la medianoche, levantándose a preparar horchata y de paso encendió la radio para sintonizar con el dial de Olegario Castro. Madrugar así nunca es vano cuando se da unos minutos para conectarse con radio-libre Marañón.

“Arriba muchachos, es hora de partir”, musitó el montañero sorbiendo del termo un trago caliente de horchata. Los canes saltan al balde de Rocinante para ocupar sus respectivas cajuelas sin atropellarse, irán rumbo a la guarida de Lovochancho donde ha pernoctado para la ocasión Lester González. Le entusiasma hacerlos madrugar a esos dos, se habrán desvelado aguardando que Rocinante se estacione entre los lamentos sublunares de los pavos reales de la mansión lovochanchesca, arropada bajo las faldas occidentales del manso Ilaló. Ya sabe Lovochancho que él no da telefonazos ni envía mensajes cuando se moviliza hacía la montaña; no está para eso de estoy saliendo, estoy acercándome, ya mismo arribo, ¡llegué! El invitado debe estar listo y empacado, con la mirada fija en el Ogro, y no dejarse llamar la atención con bocinazos traducidos como despierta perezoso y salta a la intemperie que estamos aburridos de aguardarte. A la fecha, es bastante con el aviso aullante de la jauría y, segundos después de que Rocinante se para en la morada del matemático, la puerta se abre automáticamente. En esto de no hacer esperar a otro ni que lo dejen esperando a él, Lovochancho, es temático, no permite que lo sorprendan; poco falta para estacionarse en el portal de su domicilio, montando vivaque bajo las luces mortecinas del barrio amurallado, y así adelantarse al llamado de la manada. En su lar, Lovochancho, es el que pasma de la cola a la nariz a su amigo Pincho, haciendo que crea lo detectó a una legua de distancia como de verdad sí lo hace el can con su humanidad.
    
Kantoborgy tenía una visita pendiente a las místicas lagunas del Quilindaña, y, en honor al salto mítico de Pincho en la llanura de las Cajetonas, decidió premiarlo con un banquete de tierras altas: agua lacustre, almohadillas de páramo, nubes, roca oscura y cielo mañanero en lo posible azur. Aprovechó la ocasión para invitar al matemático de Guangopolo, que dio rotundo sí al reencuentro con el Ogro y al disfrute que le brinda la visión de la jauría desatada. Por el pálpito de que se está suscitando real acercamiento con Lester González, le envío un correo llamándolo a que se una a la excursión. Que el triple-ingeniero manifieste su deseo de abandonar sus ocupaciones positivas a mitad de semana, es una novedad que lo alienta a seguir invitándolo a disfrutar de lo agreste, después de haberlo llevado al Guagua y a los Illinizas, donde realizó dos memorables caminatas descendentes que lo han tonificado de pies a cabeza, el hombre parece estar fermentando cambios ineludibles.

—Ayudarlo a que se sacuda de su ensimismamiento material a nuestro Lester González, alias  Chico Silencio, es un triunfo sonado de tu terquedad, Kantoborgy —habló alto Lovochancho, en son de chanza, ya rodando raudo Rocinante en la autopista panamericana.
—Vendría a ser un batatazo de LG, aunque sea para que el susodicho salga apenas a oler la montaña y sestee en el páramo, pegado a los neumáticos de Rocinante para no olvidarse de que es racional a donde fuere —replicó con viveza Kantoborgy, observando por el retrovisor la sonrisa amplia que devolvía LG.
—Menos mal que no está Aqueronte para hacerme palidecer de terror con sus ojos de demonio, vociferando ¡te toca a ti LG, es hora de darte una paliza! —atinó a decir Lester González a punto de carcajada, en aras de recrear la soberbia adolescencia que compartieron en la secundaria del Bernardo Valdivieso, siendo ellos tres parte de la gallada que formó Aqueronte y que él mismo la desbandó tras la expedición a las lagunas del Compadre.
—Sentí, ni bien te apeaste de Rocinante en el Guagua Pichincha, que has tocado techo en tus ambiciones positivas; no te queda más que bajarte de la cúpula del maquinismo y ascender, partiendo de sus estribaciones menores, el monte Purgatorio —añadió Kantoborgy.
—Descender del Purgatorio diría yo que es lo que estoy haciendo, porque como lo han constatado arriba no he perdido nada. Sólo quiero caminar por los senderos que conducen a horizontes livianos, a cañadas y valles del altiplano, en eso consiste mi reto montañero —repuso Lester González.
—Curioso, LG, estás hablando como Olegario Castro cuando colgó las botas de escalar para convertirse en lobo de páramo… ¿Y a propósito del radiodifusor, éste habrá subido el monte Purgatorio lleno de piedras en el macuto veintemil o sólo cargando cien gramos de galletitas “Amor”? —interrogó divertido Lovochancho.
—Mejor dicho, la cuestión ascensionista, vendría a ser la siguiente: ¿Subir al estilo solitario (ultra-alpino) del filósofo Olegario Castro o al estilo montonero (mula-de-carga) de los de al filo de lo imposible? De las ascensiones al Purgatorio, tenemos antecedentes desde la Edad Media: el Dante fue el primero en coronar esa cima veintemil, la subió en solitario y con lo puesto, ligero como un cavernícola —aclaró Kantoborgy.
—Eso mismo, el Dante ya hizo el pico Purgatorio por todos nosotros, liberándome de hollar sus estribaciones menores no se diga la cumbre, por eso he decidido bajar, bajar y bajar… —recalcó Lester.   
—Renacer, renacer y renacer, montado en un nuevo tiempo, ¡pachakutik! —aulló Lovochancho.
—¡Suena lindo, pero nadie le puede hacer a otro su pachakutik!... LG, alias triple-ingeniero, solo con su alma tiene que implementar la empresa más dura de su tiempo: desprenderse de las capas de piel muerta que asfixian al ser más propio otro, al original Chico Silencio —exclamó Kantoborgy con aires aquerontianos.
—A ti mismo, y a tu maestro Olegario Castro, les oigo decir que lo más difícil no es subir a la cumbre sino bajarse de ella, ¿no sé si me hago entender? —adujo Lester González.
—Bastante, y con ello asumo que en algo nos has sintonizando…, no habíamos estado tan desconectados como pensábamos —manifestó halagado Kantoborgy.     
—Saben, jóvenes, he venido elucubrando en mi propio monte Purgatorio, ese que está a la vista de todos los que ruedan por la vía panamericana y nunca lo ven propiamente, atravesando cual bólidos el nudo de Tiopullo… —dijo pensativo Lovochancho; y continúa alzando la voz—: Sí, sí, este rato lo estamos rebasando al animal andino que será mi Purgatorio, allí está confundiéndose con la noche oscura.
—¿Te atormenta el reclamo del Corazón? ¡Tantos años sin acampar en su encantadora testa! —observó Kantoborgy con la seriedad que amerita el reto de Lovochancho, pues, cada montañero, tiene a su medida una variante de la monstruosa vertiente Rupal.
—Sí, lo digo desde aquí al mundo entero, quiero hacer el retorno al Corazón. Parecido a lo que podría decir el vate de los faiques de mi tierra rojiza, J. M. Riofrío: …allá iré en soledad, cargando mis dudas, como el rucio que soporta el peso de las cañas y sin saberlo alimenta el futuro fasto de la molienda de San Agustín —recitó Lovochancho.

Lovochancho se abruma escuchando de Kantoborgy la lección de valor canino que, en días pasados, protagonizó Pincho. Se recrimina por no haber estado presente en esa acción extrema; no obstante, será él quien haga de ese salto verídico “El Salto” literario, es decir, un relato a golpe de imaginación de lo que fue ese portento. Disfrutará asentando en el ciberespacio, para la posteridad del Lovochancho relator, palabras de este calibre: “…Pincho, impelido por su ego pastoril, casi nos abandona en los bajos de las colinas enhiestas que el ilustre Olegario Castro ha denominado como  Cajetonas”. Lástima, coincidió que ese día estaba copado por las delicias que brinda Adelaida Matute. Amar temporalmente a esa mujer es remitirse a su devoción semanal por lo  femenino;  a sabiendas que ella encarna sólo una parte de Venus, siendo el reflejo terrenal del nacimiento de la belleza. No podía posponer los abrazos con Adelaida Matute por su amor, su Eros latente, a la naturaleza silvestre; si ello ocurriría ambas veneraciones se autodestruirían. Ante esa potente excusa, Kantoborgy, se limitó a replicarle algo jocoso pero no exento de cinismo, “cada día amaneces más mañoso con lo de tu religiosidad venusina”.
     
Acorde con la saga que transmite el radiodifusor Olegario Castro, las líneas de las Cajetonas despiden una sensualidad equiparable a la que se respira en las cochas del Ogro. Salvando claras diferencias, donde las Cajetonas no hay consecuencias neurálgicas en caso de que las musas del sibaritismo se nieguen a hacerse presentes. En los predios del Ogro, las náyades, si es que el visitante tiene el privilegio de que se muestren a él, lo obsequian con el aroma de sus dulzuras, dan de beber del elixir de sus pechos indeclinables. Por el contrario, si el Ogro está de mal talante e impide el relajamiento del intruso, puede darse un tiempo tenebroso, similar al que provocó “la ira de Dios” de Aqueronte en las lagunas del Compadre. “¿Será cierto, Lovochancho, qué opinas, vos que eres experto en contemplaciones mutables?”, había inquirido sardónicamente Lester González. Lovochancho respondió que eso es posible mientras esté encarnado; cada vez que acude a la montaña, se acerca más a la contemplación mudable del sátiro que a la contemplación inmutable del matemático.

Lovochancho estima la alternativa que tiene de mudarse, y alternando viene con las extensiones de su personalidad que lo eximen de ser un ente geométrico. Estos cambios de tercio impensados han hecho que el matemático saque la cabeza de lo general y se anime a adentrarse en lo desconocido complejo de su ser propio. Ya habrá oportunidad de agarrar el filo de las Cajetonas en otra ocasión. Primero tiene que empezar, “pata al suelo”, lo de su proyecto de devolverse a la montaña en soledad, sin la égida de Kantoborgy. Y planea comenzar con el Sincholagua a manera de abre boca, el imán de sus agujas es propicio para inaugurarse explorando por sí mismo. Lo hala el Sincholagua como lo hacían de niño los atajitos de caña de Malacatos, cuando no soportaba ir acompañado del prójimo sino con el rumor del río. Debe asumir el momento de sus propias limitaciones ascensionistas y no las que le impone la figura mítica de Kantoborgy; esa libertad, la que levanta la voluntad del himalayista en la zona de la muerte, no es la suya, la suya está dentro de lo posible entre la media montaña tropical y los tres cuartos de montaña tropical. Buen trabajo han hecho los góticos en su salud lovochanchesca, “semejante a un proselitismo invisible de jesuitas”. Por algo se han hecho las vías de la creación elemental, para que el ser pensante las descubra de adentro hacia fuera. Y aun LG parece haber despertado a esa capacidad de renovar el alma.

—Has amanecido despejado de mollera, te sienta estupendo andar en manada lobuna. El salto que dio Pincho, te ha removido fibras muertas que estaban entorpeciendo tu cambio de piel, ¿o debo decir tu traspaso a la doble piel? —manifestó ameno Lovochancho, mientras Rocinante galopaba en el camino rural.
—Puede que sí; tal vez de estas salidas de engorde se esté fraguando algo que, mágicamente hablando, me calzará la doble y única piel que es el pasaporte a andar desnudo por la cumbres borrascosas sin ser presa de la hipotermia —replicó Kantoborgy.
—¿Doble y única piel?... ¡Qué extraño se oye! Eso me huele al mundo del ufólogo Duvolosky; si é te escuchara no dudaría en sacarte de la lista de sospechosos de tener contacto con espaciales y colocarte en la lista honorífica de los colaboradores del fenómeno extraterrestre —intervino Lester González.
—Yo diría que lo de cargar una “doble y única piel” es parte de la ficción dura de Kantoborgy —dijo Lovochancho.
—A ratos pienso que este hombre va a terminar siendo un ser feérico, el dragón que lo ha obsesionado desde crío —añadió Lester González.
—No te equivocas, ha persistido esa fijación desde entonces. Kantoborgy está convencido que es un dragón cuántico eónico y que de alguna manera se transformará para no ser el hombre que vemos ahora sino el ente que no volveremos a ver nunca más —corroboró Lovochancho
—Sea lo que fuere es una ambición fascinante la mía. Al buen profesor Duvolosky habría que mantenerlo desinformado de esto, el hombre es demasiado sensible, se nos puede desquiciar con esto de la doble y única piel —concluyó enseriándose Kantoborgy.

La algarabía de los canes vino pareja apenas abandonaron sus jaulas con el amanecer helado que tiene como fondo la masa pétrea del Ogro; cual, plantado en su personalidad andina, viene desplegando el perfil adusto, cargado de ferocidad deslumbrante. Lenguas de fuego lanza el dragón de oriente, arrebolando la pirámide de la cara norte del Quilindaña, mientras el pajonal aguarda impaciente la luz que lo anime y diluya la escarcha. “Soberbio espectáculo el de Gaia”, musitó Lovochancho ante LG que se arropó como para una expedición a la Antártida. Los perros procedieron a desperezarse sacudiéndose de la cabeza a la cola, provocando ese risueño aleteo de orejas que embelesa a los observadores humanos; éstos quisieran hacer lo mismo, nada más tocar tierra y moverse a lo bestia, pero los primeros pasos que dan son sinónimos de la abulia. Pincho y su harem, antes de lanzarse a campo traviesa, husmean en rededor sin alejarse del superalfa aguardando que éste les imparta su plan de acción. Para los bípedos es diferente, el cuerpo les pesa, la gravedad los aplasta contra el suelo, se desprenden morosamente del relajamiento que trajo la amena conversación sostenida durante el acercamiento motorizado al objetivo. Rodando en medio de la oscuridad, la charla se tornó sabrosa y no es asunto fácil —incluso para el supremo escalador Kantoborgy—, bajarse de la placidez de lo simbólico a la cruda belleza del superpáramo, que para entregarse al caminante le exige un esfuerzo físico considerable.

Doloroso entumecimiento ataca a Lovochancho cuando parte de menos cero grados centígrados, en pos de rebasar la aurora de altitud y fundirse con el sol ecuatorial de la mañana. Ha entrado en lo que llama “crisis completa, de cuerpo y alma”, que lo hace suspirar por su morada tibia, tan bien abastecida de manjares (aunque en esta hora fría y primitiva le daría asco la mejor vianda; por efecto del aire enrarecido que se ensaña con sus tripas, la ilusión de alimentarse no es bienvenida. Kantoborgy, el dragón, sí sería capaz de apretarse una bandeja de mote con longaniza en caso algún cristiano se lo ofreciera, así en cuestión de minutos se vea en la necesidad imperiosa de abonar con sus detritos este jardín de flores diminutas). La belleza del amanecer la grabó para rumiarla a plenitud en el futuro, pero los primeros pasos cuesta arriba dan grima, son los dolores de parto del montañero, y no puede dejar de añorar las dulzuras de su despertar en la mansión al pie del cerro Ilaló, allá viene a la luz en medio del manso mundo vegetal de sus árboles, a los que abraza largamente abriendo los ojos, y, rato después, cuando el sol lleva ya horas levantado y les ha proporcionado a éstos las vitaminas de cada día, va a su encuentro con las manos y los siente radiantes, y aspira el perfume de la higuera, del chereco… ¿Qué estaría haciendo este rato el animal de costumbres epicúreas, el señor matemático? Estaría preparándose con la divina calma de todos los días para el ritual domestico despabilador, ese pausado ejercicio corporal que lo saca del ensimismamiento y así enfrentar al mundo de carne y hueso, y devorar suculento desayuno libre de traumas emocionales. En todo caso, Lovochancho, tiene un plan de acción para contrarrestar la molicie de su alter-ego, el único posible de cara al Ogro: agachar el lomo y andar como condenado hasta que, de repente, constate se ha desvanecido la náusea y se figure él es un recio residente de estos pagos. En cosa de minutos se habrá separado, poniendo creciente pajonal y colinas de por medio, con Kantoborgy arriba de él y Lester González abajo de él.

“¡A trotar!”, aúlla Lester González parándose para tomar aire y de paso solazarse repitiendo esa orden que el espartano Kantoborgy no le dio a él sino a la jauría que la receptó como una liberación, en eso consiste el plan de acción perruno: trotar, saltar, oler, oír... La vitalidad de Kantoborgy y su familia lobuna desapareciendo cuesta arriba en el páramo, le provoca placer antes que desazón o envidia. Tampoco el parsimonioso pero constante alejamiento de Lovochancho hasta perderlo de vista, trae ningún resquemor, le place saber que a cual ha tomado el rumbo que quiere y le conviene dentro de los jardines o las alturas pétreas del Ogro. Ateniéndose al sabio consejo de sus amigos, se ha limitado a seguir el curso del canal de riego que lo conducirá con el menor declive a la fuente, a la laguna que el pide del Quilindaña, la primera y más visible, no está para las que se hallan escondidas, esas que las encuentre el expedicionario exigente. Entiende que la manada no va a lidiar con ungulados, y Kantoborgy dispensó a los canes de estar constantemente a su costado, pero sí alrededor de él, es decir que no pierdan el enlace olfativo/auditivo entre ellos y con el superalfa. El rumbo de la manada lo marca la línea que los conducirá a la magia del Ogro, la que atendiendo la saga que ha escuchado de radio-libre Marañón, puede desatarse de repente, surgiendo de sus fauces náyades y montículos venusianos que regalarán sus dones a quien tenga la capacidad de percibirlos. Si eso se diera en las recónditas lagunas de arriba, por reflejo también se daría en la cocha de abajo, y él podría disfrutar de la ninfa a la que tiene acceso, la Nefertiti que rescató de la meditación zen del Salón Amarillo de Rabibuchi.

Lovochancho se adentró en el lomerío que a distancia puede aparentar ser una extensión inclinada de la llanura; sin embargo, andar ascendentemente sobre el acolchado pajonal y los erizados matorrales que ahí se engendran, toma su tiempo y es menester agarrar el paso sostenido, coger ritmo de monólogo, distraer al esfuerzo. Conforme sus tripas se vayan relajando le vendrá la ilusión de más adelante ser honrado con efluvios de náyades que se regocijan acariciando las barbas del Ogro. “Allá que se arregle el novato Lester González con su respectivo soliloquio”, le susurró a Eolo que silba tenue y acompasado el son de las musas de primavera. Se mantiene a prudencial distancia del ligero Kantoborgy, a la distancia que lo tiene ajeno a sus expansiones físicas. El himalayista cualquier rato hará piques cargando el peso considerable del inseparable macuto de fatiga, portando los útiles de montar campamento a discreción, ahora le provocó traer con él a la legendaria tienda de altitud Grizzli I, de ella ha hecho un amuleto, y la tiene consigo para que se oree, igual que sus canes, en los predios del Ogro. Le exaspera ser testigo de esas cabriolas porque si él, Lovochancho, las cometiera se haría pedazos, se descompondría en un santiamén porque no es chivo montuno, tiene claro que la disparidad física entre ellos dos es tajante. Es congruente estar cerca pero bien lejos de Kantoborgy, así ambos confluyan en una misma meta en el horizonte andino, hay tácito acuerdo de ir a ello por separado.

(Fragmento de la novela De montañas, hombres y canes)