Fragmentos de un Anarquista

Coloquio que pasó entre la tortuga de patas amarillas y la rata parda

Portento dado en el callejón de la Tortuga, dentro del perímetro silvestre hogareño del ciudadano que se lo conoce como el Anarquista de Villa Juárez.

Tortuga.- Adelante Rata Parda, hazme el favor de servirte de lo que me trajeron tras mi larga siesta o hibernación como diría el señor A. Échale diente a estas frutas coronadas con la dulce papaya de mis sueños gastronómicos. Espero no huyas con el botín en tus garras y te quedes conmigo, es el momento de hagas a un lado a la rata vulgar porque no lo eres más desde que comprendes lo que te estoy diciendo. Mira que estamos siendo sujetos de un portento, hemos sido dotados con la palabra del señor A, te estoy hablando y tú me estás escuchando atenta y con faz llena de asombro, tal cual mi rostro te debe reflejar perplejidad porque mi voz me maravilla y no se diga la tuya cuando me hagas el honor de contestar. En este punto terrenal llamado Villa Juárez, estamos siendo beneficiarias del lenguaje y conocimiento del humano que conectó su mente con las nuestras, el cual además de oírme nos observa discretamente tras la barrera del aloe feroz, así podremos desarrollar nuestra individualidad sin que nos perturbe la avasallante personalidad que brota por los ojos del ser que está aquí para cargar de energía su imaginación puesto que su propósito apenas nos pilló el uno frente al otro gracias a la intermediación de las frutas que provee, es dejar asentando nuestro coloquio para la posteridad de lo fabuloso tortuguil y ratonil. ¿Qué me dices, doña Rata Parda? Aprovechemos de esta conexión mental entre tres entes representantes de tres especies diferentes. En mi calidad de reptil yo soy la más extraña de los tres empatados aquí, ya que tu peluda familiaridad con el mamífero Homo sapiens es evidente, tienes un genoma próximo al del señor A, no en vano conviven a nivel mundial. Te imploro domines tu instinto de huir por lo sano, que el humano no está aquí en función de acechar y atacar sino para cuidar que nuestro diálogo se lleve a cabo a salvo y en paz. Entonces habla, habla, que soy toda oídos.
Rata.- ¡Oh, hermosa, venerable y millonaria filósofa, gran tortuga amazónica de patas y cabeza amarillas! De repente tengo muchos datos sobre tu especie que me ha transferido tu cuidador, el señor A que mi olfato ha detectado de pies a cabeza tras el aloe feroz. Si no es por la contundencia de tu discurso y del hecho de que estamos conectadas con la mente del bípedo depredador, no habría dulce papaya que detenga mi huida. Parece una fantasía que mi genoma sea tan cercano al del Homo sapiens, puesto que éste me viene espantoso y espantable en mi código existencial. Los humanos son los endriagos y vestiglos de mi especie, no obstante que medramos gracias a su civilización del desperdicio, por ello mi raza predomina en los vertederos de basura y se hacina en las alcantarillas, donde se congrega en masas equivalentes o superiores a las humanas residentes en la superficie de las megalópolis. Yo, allende de mi destino de perseguida, soy de las ratas que no sufren la alcantarilla o los centros de acumulación de basura, podría decir que soy una especie de Rattus familiaris, puesto que en parte me he acostumbrado como el Canis familiaris a que el señor A me eche a las fauces sus desperdicios comestibles fresquitos o no. Has de saber que la mayoría de humanos no tienen conciencia de que son el factor principal de nuestra superpoblación; lo que sí nos botan a conciencia es veneno que no discrimina a la hora de matar a otras especies. Lo cierto es que ratas y humanos coincidimos en algo fundamental: somos una suerte de virus global. Me encantaría quedarme charlando contigo la mañana entera, y que el señor A nos prepare para el mediodía un menú reservado para los grandes acontecimientos, mas mi vida en los espacios abiertos peligra de corrido al máximo. Voy a aprovechar cada segundo de esta coyuntura libertaria con la tortuga filósofa, pues, no creo que en lo que me resta de vida se vuelva a repetir este portento. Sí, entreguémonos a las delicias del diálogo, mientras degustamos las frutas que lo propició y tomamos baños de sol… bien merecidos luego de una entresemana invernal que a ti te aletarga mientras que a mí me activa más debido a que la niebla me hace sentir cierta seguridad, funge de muleta psicológica, para ser yo la cazadora de especies que pertenecen a un escalafón menor al mío en la pirámide alimenticia y no la presa de las aves de rapiña. A mí me convienen las estaciones húmedas y lluviosas otoñales por la espesa selva que se mantiene alrededor de mi madriguera; en tanto que las temporadas secas y cálidas prolongadas, los veranillos criminales que reducen la maleza al mínimo, aumentan mi exposición ante depredadores especializados en cazar roedores. Más adelante te contaré el trauma que tengo con el halcón.
Tortuga.- Ubico bien la montañita que te acoge en su seno hoy frondoso y florido, la tupida jungla invernal que se forma bajo el paraguas de los arupos y que se sostiene merced a los días lluviosos, donde tu madriguera queda naturalmente camuflada. A mí me fascina la caótica meteorología de este punto planetario en el que reside el señor A; la compulsiva irrupción de otoños y primaveras, alternándose en una misma semana. Prácticamente he renacido en la intemperie de Villa Juárez, sin que corra peligro de ser devorada por una bestia hambrienta en los sitios abiertos que a ti te aterran…
Rata.- Empiezo a comprender tu ingenuidad, doña Tortuga Amarilla, ya veo imágenes de tu pasado cautiverio. Te dije que lo de la jungla invernal de mi entorno es más una muleta psicológica, en realidad no bajo la guardia cuando salgo de mi agujero junto al cedrón a husmear en las sobras vegetales que arroja día a día nuestro humano al pie de sus plantas predilectas, las que se hallan bajo el orden de la lucha de las especies sin que le meta mano el jardinero de la zona de las palmeras –esta clase de humano todo lo que está al alcance de sus máquinas podadoras lo quiere uniforme, alineado con la belleza artificial que fomenta la humanidad-. Nada puede hacer que yo baje la guardia al nivel de tu normal relajamiento, estoy inmersa en un mundo caníbal. Lo del señor A fue curioso, nos descubrió abiertamente -a mí y mis parientes- desde que tú llegaste, puesto que al vigilar si tú comías los manjares que te provee, se enteró que lo que tú desperdicias nos ceba a nosotros, es por eso que se ha acostumbrado a comprobar que te estés nutriendo bien, si no comes después de un tiempo prudencial, di tú cinco  o diez minutos, retira las viandas y las tira en la selvita de los arupos. Es decir, a conciencia, nos echa alimentos a nosotros, nos consiente, he ahí la paradoja, se supone que nuestra presencia debería ser repugnante para él. Figúrate, si en esa isla de paz ratonil que me vio nacer subsisto en alerta constante, ahora imagina cómo me pongo cuando estoy sin camuflaje en los sitios abiertos a la voracidad del halcón que nos aniquila. ¿Qué me dices?
Tortuga.- No hay motivo alguno para que nuestro humano sienta repugnancia por ti; él es un amante de la belleza original, y tú eres una roedora integralmente hermosa. Irradias belleza vital, eres puro nervio, existes para el peligro como ninguno de los grandes mamíferos a tu alrededor lo hace.
Rata.- Y no es que sufra de complejo de persecución, bueno fuera entregarme de lleno a la estulticia y huir a cuenta de endriagos y vestiglos imaginarios… Tú, aquí, vives en vacaciones perennes, y subrayo lo de “vives” porque, taxativamente hablando, tú sí vives. Por instinto de conservación escondes la cabeza y patas cuando tu visión caleidoscópica detecta a un ente en aproximación indiscreta que viola la distancia mínima de seguridad tortuguil, mas no hay nada que en estos pagos te aceche para devorarte por hambre o neutralizarte por repugnancia atávica. Tú sí que puedes gozar de un perfecto delirio de persecución, y gritar cuando te venga en gana: ¡Auxilio, auxilio, me persigue el bípedo depredador para darme los frutos del paraíso! A propósito, venerable Tortuga Amarilla, gracias por compartir conmigo la excites de la papaya fresca, aunque por mi naturaleza preferiría un pedazo de queso a punto de putrefacción.
Tortuga.- Desahógate Rata Parda, ves lo que rindes cuando estás iluminada: ¡qué discreta y por añadidura divertida es tu conversación! Huyes del relajamiento como nuestro humano relator de la socialización que obligue a resignar su individualidad. Recuerdo patente los primeros días después de mi aterrizaje en la selvita que aloja toda tu existencia desde el vamos que te impuso la evolución, más allá de lo sorprendida que estaba por yacer en una exuberancia de vegetales silvestres que empata con lo que guardo en el subconsciente del hábitat primordial de mi cuna en la amazonía ecuatorial, no me agradaba la compañía de los tuyos, siempre atentos a saltar en los comestibles que desdeñaba porque entré en una forma de aclimatación soporífera. No podía reconocer al extraño bípedo que de la noche a la mañana asomó como mi cuidador, de una se esfumó la familia de mi niñez y pubertad en los dominios del hormigón armado, del cemento y la baldosa. No es que extrañaba esa vida gris de mudable e higiénico tortugario con calor y lluvia creando un remedo ínfimo de pluviselva -de más o menos diez metros cuadrados dependiendo del tamaño de la vivienda humana-, sino que en cierto modo me había acostumbrado al cariño cargado de buenas intenciones de mis salvadores, y en el plano psicológico me sentía abandonada en este trocito de Edén. Me llené de interrogantes, pues, fue un giro inesperado hacia la libertad contenida en el cautiverio, contenida en un encierro que incluía libre movimiento a la intemperie en el espacio silvestre que, comparado con la estrechez de mis antiguos dormitorios, venía gigantesco. Apenas aterrizado en Villa Juárez, mi organismo empezó a recuperar su millonaria memoria salvaje, se sintió a gusto raspando en la tierra y haciendo túneles entre los bejucos, estaba por primer vez haciendo uso de las garras que aún tengo para enterrarme en la maleza. Estaba por primer vez con mi cuerpo por delante haciendo cosas propias de su especie de manera automática, mientras mi memoria existencial se hallaba sumida en la perplejidad, desde que tengo uso de razón mis horizontes artificiales han sido limitados artificialmente, y los horizontes silvestres nulos al punto que me olvidé cómo era estar consciente en un ambiente prístino. Sueños selváticos no me faltaban pero la realidad humana, que sólo me había hecho palpar de su modernidad aérea emparedada, devolvía a las profundidades del inconsciente tales imágenes primordiales.
Rata.- Tremendo hubiese sido si tu cuerpo no reaccionaba por su cuenta en cuanto aterrizó en Villa Juárez, hubieras caído en una parálisis completa, habrías entrado en hibernación sin retorno. En ti, dormir, es una opción a la que te acoges para atenuar el paso del tiempo. Ya me quisiera yo dormir tres días seguidos y entregarme a las delicias del paraíso del dios Rattus Sapiens a cualquier hora, pero como es de tu conocimiento la cortedad y peligrosidad de mi existencia me exige acción física permanente en los tres “aquí” que me ha otorgado el hado enVilla Juárez. Aquí nací, aquí existo, aquí desapareceré. Tú sí has aterrizado en distintas torres y departamentos ocupados por tus ex cuidadores, ya que desprecias la palabra “dueño”, y estoy de acuerdo contigo, lo de tener dueño está bien en los perros que, por ejemplo, divierten de lo lindo al señor A, pero más allá del juego están rigurosamente adiestrados para cumplir sus órdenes sin chistar, mientras que tú eres un ser diseñado para la autarquía.
Tortuga.- He aterrizado en distintos sitios pero nunca he sabido dónde estoy, ni lo sabré en tanto mi destino en cautiverio se cumpla. Si sólo hubiese sido residente del territorio salvaje de horizontes infinitos sin que te topes con las paredes y alambradas Homo sapiens, estoy segura que jamás me preguntaría ¿dónde estoy?, pues, mi unidad de carbono, estaría en el lugar que le corresponde a su especie dentro de la evolución terrenal. Y no es un lamento, no reivindico me devuelvan al nicho biológico natal, ni yo ni nadie podría ubicar con exactitud el punto geográfico de mi eclosión en la amazonía, y una vez que eres extraña a ese hábitat original siempre lo serás… Entonces, qué sacaría con mortificarme con deseos de retorno a la pluviselva que perdí desde que fui raptada para en principio ser animal de engorde del máximo depredador planetario, luego mascota de una variante atenuada, gentil, de humano nómada en el tiempo-espacio vertical urbano. Yo fui una urbanícola al cuadrado, no salía de mi tortugario de baldosa a los otros cuartos del piso, hasta que aterricé en los predios silvestres que su merced, Rata Parda, también habita.  Aclarando que llamo silvestre a este lugar que tengo en Villa Juárez porque lo es considerando que he pasado la mayor parte de mis días en una estrechez alejada del reino vegetal.
Rata.- Tuviste suerte, Tortuga Amarilla, al cabo aterrizaste en los predios de un tipo raro de humano, un disidente de la alienación Homo sapiens XXI. Ya me convencí que es una joyita tu cuidador, que no solo está interconectado con nosotras por obra de nuestras mentes generando un lenguaje uniforme, sino que estamos articulando palabras que inspirarán la realización del coloquio que tú y yo no leeremos. Mejor que no lo hagamos, que el relator se dé gusto inventando lo que a bien tenga que inventar para que el coloquio quede a punto de la comprensión humana, aunque aún así únicamente se beneficiarán los sujetos que están dotados de los genes para filosofar por sí mismos. ¿No te parece?
Tortuga.- No puede ser de otra manera, nuestro diálogo es nuestro, nos pertenece en exclusividad. El coloquio que el relator presente a la humanidad será su invento, fruto maduro de su propio asombro.
Rata.- Y pasaría cosa igual si tú y yo por separado, después de un tiempo prudencial (veinte horas para mí, dos meses para ti), nos entregaríamos a levantar por escrito este coloquio. Tendríamos que recrear el diálogo, cada quien imponiendo su estilo manipularía el contexto original. De mi parte crearía un coloquio nada sobrio tomándome diez horas a lo sumo, surrealista a tope. Pondría el automático a toda marcha, a doscientas palabras por hora, sin regresar a ver atrás. No corregiría nada de nada. A mí no me sobra el tiempo como a ti, si te da la gana podrías tomarte diez años, y hacer las tres “C” del escritor despierto, minucioso: corregir, corregir, corregir…
Tortuga.- No lo dudes, mantendría el tipo pero avanzando a paso sostenido. A razón de cien palabras corregidas tomando una hora y media de cada día, descontando los lapsos de hibernación, tendría más o menos doscientas jornadas hábiles al año. Sumando los diez años que tú propones conseguiría una novelita de doscientas mil palabras.
Rata.- Reunir doscientas mil palabras ya sería una obsesión… Te convertirías en una fanática del juntamiento de palabras que harían párrafos que por sí solos serían un reto para el lector atento. Esto tomando de la experiencia lectora de nuestro humano, ya que nosotras no hemos leído ni un libro tal como éste conoce al libro; sin embargo, comprendemos lo que piensa a través de la conexión mental que nos beneficia a los tres actores de este portento. Suponte dieras en lo que te resta de vida, cincuenta o más años –que, recalco, para mí es una eternidad-, continuidad a tú fijación por reunir fajos de párrafos en novelas y cuentos, mira vos: sumarías por lo bajo un millón de palabras, corregidas con tu sangre.
Tortuga.- Prefiero este diálogo tal como está, ¿no es acaso en borrador que rueda nuestra residencia en la Tierra? Dejemos a nuestro domador de palabras que resuelva los problemas que le deparará realizar el coloquio escrito, que haga las tres “C” y también lo que podríamos llamar las tres “R” (recrear, recrear, recrear). En todo caso, el señor A, saldrá fortalecido del trabajito, aireando a sus demonios alivianará su carga existencial. Te decía que el ser un una tortuga bajo el cuidado del Homo sapiens, por más indomable que  yo sea, la domesticación conlleva un estado de dependencia irreversible que presiento me ha hecho inútil para sobrevivir en la verídica lucha de las especies que me correspondía. He perdido a la tortuga amazónica, la que sí sobrevive en estado de autosuficiencia salvaje. Di un salto cuántico sin proponérmelo, un brinco fenomenal ajeno al código evolutivo -tú también lo has hecho-, hemos sido dotados del lenguaje artístico que algún instante, de la noche a la mañana hace aproximadamente cincuenta mil años, la mente universal le concedió a un individuo Homo sapiens, el que inauguró el monólogo pensante, la infelicidad metafísica, la incertidumbre de no saber qué demonios hace en el planeta Tierra. Me petrificó caer de repente en este trocito de Edén; no obstante, fue en apariencia, ya que como nunca la palabra interior se hizo efervescente, tenía ante mí la selvita prometida en sueños, y por primer vez podía contrastar mi pasado gris girando en un tortugario emparedado con la explosión de vida bajo el paraguas de los arupos, a ratos me vi alternando el desenfreno verbal con la claridad divina. Mi pasada existencia se limitó espacio soso, el tiempo se hizo muy pesado, con la explosión vital recién contemplé en el poder de mi salto cuántico. De no darse mi aterrizaje en Villa Juárez, no hubiese habido la expansión filosófica de la tortuga que tienes frente a ti. En mi cautiverio anterior prefería que mi vida sea un sueño, y soñaba con vivir como lo hago ahora, mientras que aquí mis pesadillas son volver al tortugario aéreo que se convirtió en el súmmum de lo claustrofóbico artificial comparado con este nicho biológico que remite la música de cuerdas de la Vía Láctea. No quepo en mi caparazón de gozo cuando abro los sentidos a una mañana cálida, soleada, y me fundo con la frescura exfoliante de hierbas rastreras cargadas de rocío.
Rata.- Por el dios Rattus Sapiens, no había tomado plena conciencia de la mutación que sufrí. Recuerdo que fue verte en tu trance solipsista por primer vez y empezó el monólogo del que hablas, un cuestionarse expansivo que me preparó para este encuentro. En lo que va de la conversación ya siento que te conozco la vida entera, de hecho te enfoco a menudo desde los dos meses de edad, que para ti es un lapso de vida mínimo pero yo ya estaba en plena madurez sexual. En precocidad animal sí que te llevo mucha ventaja. Un plácido sueño y no una pesadilla, es tu vida de ojos abiertos, pues, no estás escapando a la realidad del dormitorio de tus ex cuidadores, tus sueños se concretaron en este trocito de Edén, como bien lo llamas para ti y tus circunstancias porque ahora en tu mente el purgatorio es el tortugario que dejaste atrás. Si tú no aterrizas en Villa Juárez, no tendrías noción de lo que es el purgatorio para ti. En mi caso es diferente, este trocito de Edén carga en sí su porción de infierno. Tú vivirás decenas de años más que el promedio de vida de los de mi especie; digamos que yo con suerte estaría hoy frisando la mitad de mis días, eso corresponde en gran parte a la temporada que estás residiendo en estos pagos. Dime, ya que estamos sujetas a expresarnos bajo los cánones del lenguaje temporal de nuestro humano: ¿hace cuántos meses aterrizaste en Villa Juárez?
Tortuga.- Calculo que ocho meses y pico… Y, créeme, es toda una época dichosa en lo concreto celestial frente a los años incontables de cautiverio de tortugario nihilista.
Rata.-Estamos de acuerdo, ocho meses y algo más. Has de saber que para la Rattus norvegicus que tienes al frente tal lapso de tiempo es haber completado la mitad de su estancia terrena, si es que alcanzo a existir veinte meses. Si es que al cabo fenezco en la calidez de mi agujero junto al cedrón, podría decir que he tenido una larga y fructífera existencia. Siendo optimista me quedan diez meses largos de vida. Más allá de la relatividad del tiempo de cada quien en cuanto individuos de nuestras distintas especies -que hace imposible calcular quien vivió más al término de sus días, si yo con mi máquina animal de revoluciones a tope o tú con tu máquina animal de revoluciones bajas-, creo que tú estás diseñada para hacer una existencia placentera con lo mínimo, ahora que si ese mínimo te es negado sería otra cosa, sería una no-vida, una no-vida es que el hecho de que vas a morir no certifica que has vivido, una no-vida es que apenas has existido para morir en la hedionda oscuridad de un cubo que progresa con los desperdicios de una civilización enferma, cual rata de alcantarilla… Pero aquí, bajo la protección del señor A, tus necesidades existenciales se plasman, revientas a cada jornada con las herramientas para realizar tus sueños, eres la dueña de tu tiempo real, una hibernación tuya de cuatro días es para mí el reflejo de la eternidad.
Tortuga.- No creía que yo era el único animal puro que filosofaba, y hete aquí: eres una consumada poeta cantora de la vida, una pensadora de quilates…
Rata.- ¡Por el dios Rattus Sapiens!, tu refinado sentido del humor contrasta con el rostro antediluviano de reptil circunspecto y el cuerpo blindado de tortuga. Soy yo la que no acaba de sorprenderse con tu gracia sumando a la sabiduría de filósofa del famoso callejón de la Tortuga Amarilla. Sabes, no tenía noción de los quelonios y, cuando estirabas a toda su extensión el pescuezo, creía que eras una culebra venenosa traga ratas de alcantarilla, o algo así. ¡Qué miedo metías!
Tortuga.- Aterrizar en el planeta Villa Juárez ha sido cosa seria, tardé tres meses para desprenderme del hechizo del paraguas de los arupos que espero ver su florecimiento anual. Las imágenes de estambres blancos arracimados que me remite el señor A, hacen que me relama del gusto apenas con presentir esa estación dionisiaca. ¿No es así Rata Parda?
Rata.- Te va a encantar la estación de los arupos floridos, yo ya viví una y, si el hado me es favorable, tal vez viva otra antes de desaparecer. A mí me agrada mucho los perfumes que despiden los estambres blancos, el ambiente se llena de un aire festivo, la voluptuosidad cunde… Pero te hago acuerdo que la sequedad que hace que los arupos den todo de sí en su florecimiento a mí no me conviene como depredador y como presa me hace más vulnerable puesto que estoy más a la vista al mermar sustancialmente el espesor de las yerbas rastreras. A veces casi desaparece mi camuflaje natural, cuando los días veraniegos se alargan en demasía el manto verde se reduce a un amasijo amarillento, cadavérico. El señor A no las riega porque las yerbas rastreras de casta, si se precian de serlo, deben resistir a las temporadas de sequedad perniciosa; y es verdad, apenas vuelve la lluvia recuperan todo el terreno que copaban y más allá aún.
Tortuga.- Te decía que temía que se pierda la sensación de estar recobrando el tiempo perdido de mi infancia si salía del paraguas de los arupos. Mientras me hundía en los túneles que hice entre las raíces de la vegetación del suelo oval de mi aterrizaje, donde ya no hay huellas de mi estadía por la renovación de la maleza que todo lo recubre, ahuyentaba el temor de que si me pillaban fuera de su perímetro me iban a trasladar de nuevo al pálido mundo de las moradas aéreas, y no es que sea desagradecida con mis salvadores sino que una vez que vives la diferencia de ambientes es imposible no discriminar lo que es habitar en Villa Juárez y lo que fue pasar de habitáculo en habitáculo con mis queridos nómadas urbanos. Estar aquí es habitar poéticamente el mundo, lo otro fue sobrevivir a años de insania, no es lo mismo estar encerrada en un piso de baldosas higienizadas con químicos detergentes que estar atrapada en un piso ecológico donde la higiene personal es un derecho adquirido. ¿Me entiendes?… No quería salir del nicho de los arupos por pánico a ser levantada por los aires y ser devuelta al cautiverio al que ya sufriría tal cual es a conciencia, o sea, sabiendo que es mi purgatorio. Volver al encierro emparedado me conduciría al suicidio, no son las palabras de una tortuga patética sino de una tortuga realista. Tienes idea de lo que es que las especializadas manos de los humanos te sometan a claustrofóbica oscuridad en una funda o caja para que después de un tiempo inmedible te hagan aterrizar en el tortugario que yace en la cueva donde nunca has puesto un ojo ni una garra encima. Te cambian de sitio, sí, pero para ti todo sigue igual en el mismo tortugario de ayer, ni siquiera das una vuelta de reconocimiento en el nuevo hogar del nómada urbano. Si bien tu devenir, Rata Parda, es trepidante por tus enemigos letales el peligro, lo de encarar el fin que se cierne por tierra y aire, no es patrimonio de la especie Rattus norvegicus
Rata.- No vamos a entrar en un concurso de si tus miedos o los míos son más poderosos tanto en lo concreto como en lo metafísico. Pero sí tengo noción de lo que podría ser que a una la levanten por los aires, y no para cambiarte de sitio el tortugario, te estoy hablando de una de las fobias atávicas de nuestra especie: ser cazado vía aérea. Apenas hace una semana, pasadas las siete horas, presencié un acto de depredación escalofriante, atroz. El pánico te domina cuando la víctima es uno de los tuyos porque bien pudiste haber sido tú la presa. Vos roncabas dichosa en una de las tantas guaridas que has diseñado para mandarte a mudar cual si fuese un divertimento. Aclarando que hablar de guaridas en tu caso es un decir ya que cargas contigo caparazón infranqueable para las aves de rapiña, eres pesada como una roca, puedes asolearte al descubierto cuando y cuanto gustes; tu cuidador te proveyó de este magnífico hogar silvestre, te mima dándote de su mano golosinas imperiales. De perros familiares y gatos ajenos no temes, pues, te tratan con encantadora indiferencia, no eres para nada su presa, ni siquiera a manera de juego… En fin, llevas una envidiable vida de filósofa, eso te diría el finadito que fue sorprendido en este mismísimo callejón por el cernícalo que nos diezma. Observé la escena entera desde mi escondite en los troncos, ¡faltó un pelo para que yo sea la víctima!, ambos estábamos deseos de atacar el aguacate que tú nos dejaste sin probarlo siquiera. Lo que pasó es parte del destino de una rata recolectora, nos aprovechamos de la sobreabundancia en que te hallas ya que viene a ser nuestra propia abundancia, y, por obra de la lucha de las especies, también puede ser nuestra perdición. El finadito atacó primero al aguacate, su ansia me salvó, era más voraz que yo. Mírame, parezco cuy de lo bien alimentada que estoy, y no se diga el finadito que andaba contoneándose, pagado de su bella estampa roedora, y ¡zas!, el halcón urbano clavando garras y pico en carne suculenta.
Tortuga.- Si tú no sacas a colación este episodio mortal acaecido en el callejón de mis vuelos filosóficos, no me entero. Qué ajeno a mi cotidianidad puede estar un suceso sangriento dado en mis narices…
Rata.- Tu cuidador también fue atónito testigo, oí como se abría la chirriante puerta de su mansión y, desde su posición privilegiada de bípedo erecto, siguió atento la acción depredadora hasta el final. Cuando el temible rapaz se disponía a destripar a su víctima, se percató de la presencia del señor A,  entonces alzó vuelo aunque más bien vino a ser un aleteo para posarse desafiante en la rama horizontal de la conífera que justo atraviesa el ancho de este callejón. Me refiero a la misma rama que pende cinco metros arriba de nuestras cabezas y nos ofrece parte de su sombra. Estoy segura ya la habrás enfocado antes con tu visor caleidoscópico. Hasta hace poco era un palo decorativo, dejó de serlo para transformarse en una rama siniestra. Sé que este instante, contigo aquí y la cercanía del humano, no vendrá a por esta suculenta rata, pero apenas me vea desprotegida no dudará un segundo en caer como un rayo sobre mí.
Tortuga.- Entonces es un hecho que nuestro humano tiene imágenes del halcón trepado en la rama que facilitó su retirada. No se diga de nosotras que estamos a la mano, te apuesto que tiene un montón de retratos míos y tuyos.
Rata.- Retratos nítidos tuyos le sobrarán, se habrá explayado capturando instantáneas de ti, contigo no hay apuros para enfocarte. Lo he visto pillándome con la cabeza fuera del agujero, pero no sé si esos segundos de descuido que le di hayan sido suficientes para que obtenga unas buenas imágenes de mí. Supongo que sí; no obstante, prefiero bloquear cualquier imagen mía que haya capturado, y más aún del hecho macabro que aconteció en este callejón. Tú, por supuesto, estás en derecho de que él te remita las imágenes que a ti te apetezcan.
Tortuga.- Fuera retratos acaba de hacerlo, me ha remitido imágenes bellísimas de la cacería a pesar de su crudeza, y no es la primera vez que pilla cazando a un cernícalo… No voy a describirte nada puesto que hemos de respetar lo que queremos percibir cada quien del otro, de lo contrario sería una intromisión en la individualidad ajena. Lo formidable es que tenemos la capacidad de bloquear la información que no estamos dispuestos a rumiar. Sería absurdo que el señor A, por ejemplo, nos obligue a vivir en su dimensión mental. No, ni muerta ni embalsamada. Que cada quien reine en su galaxia, basta con el lenguaje e imágenes que estamos compartiendo. Te confieso que en estos últimos meses he aprendido a valorar, y a amar, a mi soledad radical; con meridiana claridad he comprendido que si no fuese por mi solipsismo, por mi capacidad de imaginar, no hubiese sobrevivido al encierro en el termitero Homo sapiens. Creo que si hubiese un infierno tortuguil sería habitar en un hormiguero de tortugas a imagen de los hacinamientos humanos que no he visto ni palpado metro a metro pero presiento. No seré nunca una mascota de paseo, no me viene natural ser sociable como los perros falderos de mis antiguos cuidadores, los que chillaban cual energúmenos cuando sus amos los sacaban a husmear con traílla corta en las calles y parques urbanos que desconozco.
Rata.- No sé bien qué es un perro faldero, sólo te puedo hablar de los mastines del humano de Villa Juárez. Aunque domesticados y adiestrados son canes de miedo, no piden calle ni parque urbano sino espesuras, páramos y sabanas donde explayar sus instintos lobunos; apenas oyen el silbido que los invita a trepar en la camioneta del amo y aúllan como demonios en pos del placer a campo traviesa. Cada vez que se van de paseo supongo que recorrerán, ¿qué sé yo?, veinte o más de kilómetros. Distancias que para nosotras vienen a ser inconmensurables, nuestro radio de acción es mínimo comparado con el potencial de esas bestias feroces y letales. Ellos medran la mayor parte del tiempo en la zona frontal occidental de la mansión, tienen para sí la amplia cancha de césped rodeada de palmeras y conjuntos de plantas de flores vistosas, allá se luce el jardinero que apenas se asoma por nuestro lado para nivelar el pasto de este callejón que es el espacio donde por turno, tú y el humano, gozan de su tiempo peripatético al par que toman baños de sol, ventura de los dioses que como ya expliqué tengo negado por mi condición de presa aunque igual fungo de cazador cuando es propicio. Gracias a ti los perros tienen prohibido usar nuestra zona como letrina o punto de encuentro para sus juegos. Eso no quita que la estridencia de sus juegos brutales al otro lado, en los que ocasionalmente suele incluirse tu cuidador con su propio repertorio de alaridos horripilantes, me crispan los nervios aun estando a salvo en lo más hondo de mi agujero.
Tortuga.- A los mastines del señor A los afronto con la misma indiferencia que a los perros falderos de mis ex cuidadores, y ellos me corresponden de igual manera. No hay para qué ponerse a comparar mis defensas frente a la fuerza brutal de sus mandíbulas.
Rata.- Tu ingenuidad te salvó de entrar en pánico con los mastines. Eso demuestra que nuestro campo de acción es el mismo pero con un ritmo de vida muy diferente, tú con todo el tiempo del mundo eres la pausa filosófica en cuatro patas, yo soy la compulsión atávica de mis congéneres de alcantarilla. Tú eres la imagen de la individualidad reinando en la existencia, yo soy la imagen de la sobrepoblación como instrumento de una evolución con rumbo a la nada…
Tortuga.- Aparte de figuras verbales, tú eres una rata subversiva, has concretado un salto cuántico al superar a la rata de alcantarilla como yo a la tortuga amazónica y el señor A al Homo sapiens XXI.
Rata.- Sí, ha cundido nuestro diálogo, y me conviene creer que estoy a salvo contigo. Pero insisto que nuestro humano te cuida a ti, yo soy rata de paso, ya colaboré con el mandato de la evolución paranoica e irracional de los perseguidos: procrear para prolongar una especie, como ya dije, con rumbo a la nada. Cerré la fábrica de ratas, y no habrá poder ratonil que me obligue a parir una segunda camada. Tuve ocho críos, sólo sobrevivieron dos, la hembra quiso quedarse cerca pero en un agujero aparte del mío; su rastro está al alcance de mi olfato, aunque nos evitamos mutuamente. Mientras que el macho sin necesidad de expulsarlo se marchó a diseminar su semilla fuera de mi zona, no sé cuán lejos, podría haberse afincado en el frente de las palmeras.
Tortuga.- No tengo argumentos para pronunciarme sobre mi especie, desde que tengo uso de imaginación he existido lejos de mis congéneres, no he habitado ni siquiera en una básica sociedad de tortugas a partir mi rapto. No extraño la compañía de un macho con el fin de procrear en cautiverio, sería una aberración pretender prolongar la especie en este espacio que es como si hubiese sido diseñado para la soledad perfecta de una tortuga, no más. Ahora responde: ¿detectaste un cambio fundamental en tus dos críos sobrevivientes?
Rata.- Sé a lo que te refieres. Sospecho que sí, que esos dos heredaron mi mutación cuántica. La única certeza es que no sabré si mi sospecha es una realidad. La que tiene probabilidades de comprobar que mi intuición es correcta eres tú, pues, sólo tú podrías encontrarte con ellos en el futuro y protagonizar otros coloquios interespecies. A la fecha tenía noción de que había sufrido una transformación radical frente a mis congéneres de alcantarilla -y por extensión frente al género Rattus-, pero no es sino hasta esta mañana que lo del salto cuántico es un hecho ineludible, tú eres la confirmación de ello.
Tortuga.- Será un honor darle continuidad en el tiempo a este coloquio con diferentes individuos de tu especie. Si el hado me depara una larga vida, seré testigo de la explosión del lenguaje en el género Rattus, que así como en el caso del Homo sapiens se propagara hasta en los últimos rincones habitables del planeta Tierra. Esa chispa que prendió en ti será el principio del fin de tu especie tal como la conoces, y el fin vendrá con el segundo salto cuántico, ese que tendrá a la mente como creadora de los instrumentos materiales para la vida. Figúrate un nuevo tiempo para ti, donde vivirías lo que te plazca en la Tierra, dentro de una civilización eónica, así podrías prolongarte doscientos o más de mil años en un organismo que se desintegre voluntariamente. La muerte, tal como la sufres, no existiría…
Rata.- ¡Por el dios Rattus Sapiens!, tú vuelas en paralelo con la mente del señor A. Para mí cien años de vida sería tener una existencia eónica. No puedo imaginar vivir mil años, no puedo abarcar la dimensión donde la desintegración de mi organismo sea voluntaria. No habrá para mí un segundo salto cuántico. Tal vez el Anarquista de Villa Juárez esté listo para el segundo salto cuántico del que hablas. Doy por sentado que tú sí lo estás.
Tortuga.- Todo radica en que inventes el mundo que quieres mi estimada rata precavida… Veo que ya te dispones a huir por lo sano.
Rata.- Oh, venerable filósofa, es hora de partir. En todo caso, quedamos conectadas.


(La rata, apenas pronunció sus postreras palabras, en un santiamén desapareció a brincos por el follaje de los arbolillos de jade, consigo se llevó el sobrante de papaya que guardará en la despensa de su agujero. Pepa se puso en marcha con festivas zancadas dirigiéndose a la guarida perfumada por la higuera repleta de frutos madurando, allá rumiará a placer el coloquio que pasó entre la tortuga de patas amarillas y la rata parda).