Remoto

El despertar de monos aulladores se estrenó en los oídos adormilados de los visitantes, cuales advirtieron ese espantable llamado sobrecogidos. La selva es génesis, viene a la primera luz con el rostro terso, humectado; alzando a ver hacia arriba con anhelo, desde sus endebles raíces, por la porción de vitaminas que dará colores, claroscuros, a sus pálidas intimidades. Conforme levanta la mañana, el rugido de los primates, va cediendo a  la  conjunción de aves mudándose de sus nidos, yendo a por su consuetudinario menú, sea el néctar del cáliz, semillas, frutos, insectos, carne palpitante o la carroña de los caídos. La procesión de visitantes confluye en el comedor pasadas las siete horas. María Robinson, desviándose a la cocina, halaga al distendido jefecito con un fresco mohín familiar, llegando a él para atender su invitación a desayunarse entre peroles, peripatética, con la confianza de una residente de Pelancocha, y así ir fraguando una bonita página del ambientalismo que se practica en el corazón gastronómico de la hostería.

Tomás instruye al novato administrador para que haga frente a los extranjeros, con sorna lo invitó a que ponga en práctica la teórica hospitalidad del licenciado que estuvo a tiro de doctorarse en la Universidad Pontificia. Teófilo Samaniego, encaró a los visitantes con la mueca de su sangre aventurera posesionándose de su reto de reemplazar al señor belga; siendo que está llamado a tomar la posta en su proyecto, cuando éste se ausente de la operación de la hostería, y debe hacerlo ya si es que tiene ambiciones sobre este frágil ensayo del edén terrenal. “Para ser parte de los residentes de Pelancocha, es imprescindible regenerarse uno mismo primero…”, le dijo Tomás en los días que lo mandó a observar y nada más. A partir de la llegada de los visitantes se ve ya diferente a ellos, parece que les llevará años de ventaja en lo de retornar a los valores ancestrales de los sentidos, aquellos que iban camino a petrificarse junto al hombre urbano. ¿Dónde está ese ser extraviado en sus sueños trepadores? Hace tan pocos días reinaba sobre su tiempo, y, asimismo, hace contados días que ha ganado décadas hacía la búsqueda de lo esencial. Andaba por la zona equivocada, igual después de veinte años de infeliz matrimonio con Teresita, hubiese tenido que abandonarlo todo (casa, familia y propiedades) para seguir su instinto navegatorio. En una megalópolis se puede morir de viejo sin oler barrios enteros, de los que anidan al hombre-número; acá tomó el pulso del bosque —de esos cinco mil kilómetros adentro de la amazonía— de un golpe de vista desde lo alto del Pajarero mirador. Así, de repente, como está siendo la norma de Remoto, pudo llevarse a los labios la miel edificante de la estulticia infantil. La lección arbórea que encajó sobre ese atalaya de bosque húmedo y lluvioso, fueron más que mil discursos que pudiere lanzar el flamenco que manifestó reluctante, ante los oídos de sus socios capitalistas: ¡Quiero ser indígena! De hecho podría ser el anunció que receptaron sus padres y Teresita en ciudad de Loja. A otros les da por gritar, bajo un cursillo de “Sugestión para atraer la dicha con la fuerza de tu deseo”, ¡quiero ser rico! Ya entrando a la cocina a husmear por reflejó del futuro administrador de las operaciones de la hostería, se quedó con el axioma que colgó Pompilio: “Las cosas van saliendo conforme entran”.  Aprender a llevar las riendas de este negocio existencialista es la tarea más grande que emprende su instante corpóreo; merced a la sangre exploradora —que surgió irreductible de la cloaca a donde había sido confinada por el pusilánime inspector/estudiante— compareció al día como un veterano de selva, tañendo las campanas por una jornada ornitológica. 

El jefecito, liberado de chapucear en lengua extranjera, manejó aliviado la chaira por no hacer el esfuerzo de hilvanar frases expresivas con el prosaico inglés que maneja. Aunque, apenas vio ingresar a la cocina al sefardí Nahúm, quien anda suelto a su albedrío por los predios de la hostería, a la espera de su turno noctívago, le infirió el recalcitrante y nasal: —¿Do you want a cup of coffee?—. También tenemos aguas aromáticas en caso de sufrir desordenes químicos que te impidan ingerirlo —añadió percatándose al acto que se había valido, por distracción, de la extraña limitación cafetera que le reveló el bisoño administrador.

—Café negro, sí gracias —replicó Nahúm entreteniéndose con los anuncios entre peroles humeantes. 

Pompilio, extendiéndole un jarro de café Zaruma al sefardí, asume la suerte que lo eximió de intercambiar pensamientos decorosos, en un inglés ínfimo, con la señora María Robinson. Y también puede entregarse a una amena charla con Nahúm, quien lo transporta al compromiso que tienen esta noche con la extraña belleza de los batracios. —Te recomiendo mucho reposo; es decir —insistió el jefecito—, tómate la jornada de sol como si fuese una de guardar, agitándote lo menos porque la excursión de los sapos sale a las veintitrés horas y, es justo decírtelo, el relente te afloja la carne y esponja el hueso. Yo voy a darle bastante carga a la hamaca, hemos sido precavidos y el menú está para casi servirlo, los muchachos de cocina apenas tendrán que disponer de tiempo para ello, además se manejan muy bien si se da el caso de una ausencia más larga de mi parte—. “¡Algo tiene que pasar!”, retumbó para sus adentros, creciendo en su aserto de que el circuito de los anfibios puede esconder un prodigio, merced a la presencia del enviado del la Baja Galilea. —¿Más café negro, señor Nahúm? —ofreció al tiempo de rellenar el recipiente vacío del otro; luego, apostándose ambos, junto al portal que divide la cocina del comedor, les desearon una dulce jornada solar en el bosque a los aficionados a los pájaros que se dirigieron al camino elevado, mientras ellos dos se sujetarán al programa del mínimo esfuerzo diurno.

Amparito viene abanderando el discurso de hacer de la selva amazónica el parque recreacional de los amigos de los pájaros, coincidiendo en lo fundamental con los criterios ambientalistas del señor Rudy Robinson que hasta ayer, a su vez, empataba con la idea musical de su consorte María de un místico mundo vegetariano, libre de carnívoros acechando en la hermosura del bosque. Sí, aun ayer, la tragicómica relación marital de los Robinson iba incólume; mas, como las cosas sentimentales pueden cambiar de un día para otro, no le causa sorpresa a ella, Amparito, de que así como ella con Tomás están a punto de rompimiento, aquellos dos igual pueden estar trabajando callados en su derecho a separarse. Ella se percató que María Robinson está bajo un punto de ebullición próximo al suyo; eso sí, marcando las diferencias, la una está de regreso de la cumbre del bienestar económico y la otra está dando todo de sí para coronar esa misma cúspide. “¿A lo mejor debilitado, el señor Rudy Robinson, por el franco desdén de la señora María Robinson, busque un refugio en el bosque de frescos placeres que puedo ser yo mañana... o, quien sabe, ahora mismo?”, así tradujo el instante Amparito, ya incrustada en la hilera de los individuos que avanzan por la senda del Pajarero mirador. “Es hora de mover las fichas con vigor”, insiste ante sí la mujer dispuesta a salir avante, encajando con valor su derrota, consciente ya de que una victoria redonda sobre el señor Tomás Vanbeberen es una ficción. “El predicho quiere ser indígena y se acabó”, rumió adelantándose en la fila india y colocándose apenas a un paso arriba del señor Robinsón.  Ayer, en el yunque de los abrazos venusinos, moldeó a su antojo al fogoso ácrata, creyó —por última vez— que tenía listo el pasaje a Europa. “No más sentimentalismos, Amparito, si peleas otra vez hazlo con los resultados a favor por los ojos, leyendo con atención lo que firmas, mejor ataca al que esté débil, ¿no hacen eso los animales puros?, al que esté propenso a ser desplumado con tu pasión erógena, y que, ¡ojo!, papeles en mano, esté presto a sujetarse a tu reinado”, se escuchó arengándose por la ejecutiva que por el bosque húmedo está materializando su próximo objetivo. La misma selva que le robó al hombre de su sueño europeo le está proporcionando la sabia solución a sus desvelos. Basta de insistir más en derrotar bajo sábanas al anarquista que con el alba recupera su fuerza manteniendo intacto su amor por el caos de las especies; olvidándose, tan pronto se desprende de sus campos venusinos, que le debe un despertar maravilloso en el viejo continente.

Temprano, el estruendo de los primates aulladores, la trasladó al cuadrilátero donde pierde la pelea con la selva que cautivó el corazón de Tomás Vanbeberen. Ella disfruta de la suave marcha boscosa,  entusiasmándose con los vívidos comentarios naturalistas que hace Carmela a los extranjeros; en las paradas de rigor para tirar fotografías, también se une con su propia cámara digital como si fuese parte del grupo que atrapa la espesura. La enternece saber que está despidiéndose de los asuntos del señor belga, y en cada instantánea que echa a los duendes del bosque va marcando sus adioses. Carmela sí aparece como una habitante de la selva, desde que reside en Pelancocha se ha convertido en un precioso motor del proyecto de vida de Tomás Vanbeberen, denotando su armonía y sincronización con el latido del bosque que a ella, Amparito, le viene tan extraño como a los huéspedes que marchan alertas por el mullido sendero hacía  los pájaros. 

Llegando a la base del soberbio árbol de Lupuna y su plataforma aproximándose al techo del bosque —ese icono de lo alado que se plantó en el corazón de la selva—, Amparito, reveló a los abismados exploradores que, Tomás Vanbeberen, a fuerza de ver desde el Pajarero mirador, sacó a limpio la decisión de arrimarse a lo que proponen los ambientalistas ante los foros del primer mundo; pues, mantener este caos en su estado primitivo, exige recursos monetarios del exterior para que sujeten a la comuna Puca a sus raíces del bosque. Esas palabras las dijo Amparito con la sincera emoción de la mujer que alaba el espíritu de alguien que ya no le hará daño porque se están despidiendo, haciéndolo en el momento justo para que los mutuos recuerdos de lo que experimentaron con sus cuerpos, bajo un abrazo férvido, no se estropeen por todo lo demás que los separaba por eso de las metas terrenales que a cual proponía. El grupo de pajareros también interpretó con beneplácito la intervención de la buena moza, aupando la emoción que los embarga cada vez que son mencionados como contribuyentes directos de la fábula de un fenómeno que se extingue.
  
Nahúm, atendiendo el consejo del jefecito, se apartó de la fatiga fútil en las horas punta del sudor boscoso; él se debe al nocturno encuentro con los representantes de la madrugada terciaría. La algarabía de los alegres pajareros se diluyó por el bosque, dejándole absorto con la relajante soledad de Pelancocha. Apostado sobre el muelle, protegiendo su testa del rigor solar con un cremoso sombrero de paja toquilla, lanza el hilo de pescar atado al palo de una escoba cesada en sus funciones domésticas. No hay oro en el mundo que pueda comprarle este instante de agua dulce y silencio. Con el palo de escoba, haciendo la mímica del pescador, recoge el hilo y lo vuelve a tirar, manteniéndose en esa distracción sin codiciar el premio a su aparente ejercicio. Ese cuadro de un hombre aguardando la suerte lo favorezca con un pez, es el pretexto para escrudiñar en las tupidas lejanías del venero. Se felicita por haber ideado la postura que le permite hacer efectivo el ocio que recetó el polivalente jefe cocinero. Ya vendrán horas de intensa actividad sublunar, en tanto se sirve de la acuarela de Pelancocha, sus ojos retienen el entorno de los yutzos introduciéndose por las entrañas de la voluptuosidad. Apenas respira sobre el muelle, él existe para su permanencia en las colinas de la Baja Galilea que lo vio nacer, pero se quedaría una eternidad girando con esta fuente sagrada. Aquí rellena las jorobas del camello con el agua dulce de Pelancocha. Saciando al bíblico animal, se sostendrá digno encima de él, de regreso a las turbulencias que azotan el espíritu de su alcurnia pionera sobre el valle de Izreel.

Pompilio canta bajo en la cocina, donde él y sus jóvenes ayudantes no tienen inconvenientes para plegar al silencio eufónico que da solaz al sefardí, éste haciendo un cuadro aparte al filo de la fuente. El jefecito también se guarda de quemar energías en vano, su técnica aplicada a la programación de menús sirve de maravilla, casi no tiene que  moverse porque su cocina funciona como él quiere, es un reloj solar. Sonríe remitiéndose a la retahíla de técnicas que le embutieron a través de la Escuela de Alta Gastronomía Ilaló, siendo que su poder de acción reside en una sentencia que madre Conchita le inyectó, desde que flotaba dentro de ella: “Ser precavido es un tesoro”. En la ciudad le sobraba tiempo por ser precavido, por eso tenía horas para agotarse pateando el asfalto, haciendo una maldita costumbre la de cansar su cuerpo con la ilusión de que lo ataque el pesado sueño del gastrónomo de elite de tierras altas.  Acá es precavido para hallarse pletórico de fuerzas para el reto nocturno que asumió; ayer gozó de un reparador sueño, aprovechando el insólito armisticio que se plasmó en la choza de la discordia con el mundo de los arácnidos. Hoy le está dando un puntapié al sanguíneo jefecito que rompe en la cocina por el aplauso coyuntural de los visitantes; el caminante del algo tiene que pasar dio prioridad a la señal que recibió con el arribo del enviado de la Baja Galilea. Hacer nada para inflar la vanidad del jefecito es un bocadillo que poco se ha animado a degustar; sin embargo, ahora se va a retirar del oficio sin deglutirlo hasta el hartazgo.

Carmela se mezcla con los nórdicos reforzando la información ornitológica que ha venido proveyéndoles desde horas tempranas. Vistiendo el traje de guía de selva calificada por el Ministerio de Turismo, domina en lo que no requiere de esfuerzo mental para hacerlo: presentar la selva tal como la respira. Ella fue residente de Pelancocha desde la fundación de la hostería, recuperando con esa acción a la libérrima mujer que inició inquietante aventura apenas su madre abandonó este mundo antes de destetarla. Su padre no hizo más que darle la educación natural que ella agradece en la garganta del bosque tropical húmedo que empató con su aprendizaje bajo el bosque subtropical seco, tarea que fue suspendida cursando la adolescencia por el vuelo irreversible que emprendió padre hacia las nubes cargadas de minerales, aquellos que abonarían la depresión de Cofradía Playas Opoluca, cayendo abruptamente desde su ventana de páramo. De padre no la persigue un sentimiento trágico por su repentina muerte, aunque nunca fue descartado de la lista de posibles caídos que de cajón abarca al universo masculino de Catacocha en edad de autoeliminarse (con las sospechosas excepciones del caso, puesto que ha habido hombres que nunca fueron tomados como candidatos a brincar al vacío, y lo hicieron burlándose de los más duchos del tema de especular con la muerte ajena). Anima de él un retrato vivificante que, al evocarlo, despide el grato sudor de lo fundamental que le inculcó en los pisos biológicos de su terruño natal, donde se le abrió la puerta del camino a la originalidad que sigue transitando por este jardín rodeando al Pajarero mirador.  Esta mañana, la pluviselva, nuevamente trajo los aromas del pequeño valle sembrado de moliendas, que le regaló padre celebrando su transición de niña de la escuela primaria a pubescente señorita de la instrucción secundaria. Estos aires mañaneros la hospedaron en el valle que le dio a probar la miel de las panelas de San Agustín: la quinta-jardín que sirve de diorama cimero cuando quiere repasar la molienda de caña de azúcar volatilizando fragancias por la tierra donde cunde la aristocracia de los poetas. En el parque de Malacatos, bajo el portal de la Casa Azul, hizo fiesta de la olla de alverjas con guineo que se exhibe permanentemente, al mediodía, entre semana hábil, para el inmediato consumo de quien quiera, sirviéndose del emblemático potaje de la cofradía literaria de Los Alverjeros, paladear la esencia de sus letras.

Teófilo Samaniego, haciendo la senda del Pajarero mirador, bebió del terrenal placer que la donosa figura de Carmela le otorgó; ella posee los centavitos de amor que vanamente buscó, con los réditos del elegante inspector de establecimientos turísticos de cuatro a cinco estrellas, en la casa de masajes de la Geisha, donde, tantas veces se ha repetido durante estos últimos días, “entretenía a su casto noviazgo con la bienaventurada de ciudad de Loja”. Se ha dicho hasta el hartazgo que, el estudiante de la Pontificia Universidad, apenas se había movido para cumplir con los servicios higiénicos del perineo, fuera del cerco que impuso su industrioso padre luego de la ausencia de Alberto Samaniego, debilitándose así la sangre exploradora de la estirpe de los mazapanes en beneficio del sueño paterno de expandir los territoriales productos harineros de La Puerca & Hijos. Años después de ese lapso académico que lo llenó de anécdotas, si contraía nupcias con Teresita, le hubieran servido para imprimir las arrugas que la experiencia concede al rostro de progresistas cadáveres; pero esa transición que le venía eterna quedó como un idóneo período de prueba para emerger en el proyecto que hizo suyo a pocos días de haber entregado su ¡renuncio!, en el Ministerio, y dejar sin piso al doctorado por la Pontificia Universidad.  Abandonando el simulacro donde la Geisha, para hacer eso que don Goyo llamaba “arrojar la piedra”, también se desvaneció su compromiso sentimental con Teresita, que sabrá compensarse la angustia que le provocaba un novio díscolo. Frente a la trigueña de ojos moros se hace humo la trivialidad de la urbe y sus interminables rascainfiernos en lontananza; la viajera del Chiriculapo lo delató como aprendiz de hombre boscoso. 

Corriendo el meridiano, con la ayuda de los nativos que vinieron cargando las mochilas con juegos de polea, cuerdas, mosquetones y arneses, además de las raciones de marcha y bebidas de los espectadores, arribó el tiempo de las instantáneas posándose en la repisa del Pajarero mirador. Habiendo subido con el mínimo esfuerzo todos los caminantes, al magnificente observatorio ornitológico, mediante la seguridad que les brindó el equipo de escalar instalado sobre el gigantesco árbol de lupuna, se produjo una pausa de admiración antes de entregarse al intermitente ronroneo de la fotografía colectiva. La paz de los suspiros se toma el Pajarero mirador, cada uno de los espectadores entró en posesión de un pedazo de la plataforma de sus anhelos alados, entregándose a la tarea que los trepó a la obra maestra del carpintero Tomás Vanbeberen. Arriba del entramado del bosque todo es inflarse de imágenes y sonidos del apogeo de los seres alados. A eso vinieron y por eso se nutren del billete que pagaron para vislumbrar de que mantener vivo este mirador zoológico es un viaje opuesto a la histérica prolongación del hombre en su colmena. En las alturas del Pajarero mirador, se respira la existencia del trasgresor de la prisa, ese solitario que hace sonar el cuerno de la abundancia contemplativa, llamándose a sí mismo, a la mesa de los retoños de la Pacha Mama.  

(Fragmento de la novela Remoto)