Rocinante fue internado en un centro de recuperación rápida,
los doctos lo pondrán a galopar con la tardecita,
es el pretexto para encarnar un martes callejero,
andar con rumbo fijo cercado por la entropía rodante,
confundirse con la metrópoli ahíta de gases estridentes.
La hermandad entre ciudades ecuatoriales es tácita,
no requiere de papeles firmados,
el caos vehicular no discrimina por el tamaño,
las abrasa y ahúma con igual simpatía,
no se distingue cuál es más pujante en su trapío metálico.
Me uno solidariamente a las esponjas de carbono,
eso somos moviéndonos bajo un azul lavado,
enfermándonos,
oxidándonos,
románticos de la bipedalización y la bicicleta.
Arribo a un territorio que refulge entre dispersos árboles,
llamado a ser un remanso,
llamado a ser parque,
mas apenas alberga un mínimo nicho biológico,
y el jardín botánico es pagado para el paseante:
¡vete a suspirar gratis donde reluce lo baldío y el polvo!
En este pulmón azotado por el asfalto,
no hay manera de entrar en lo frondoso,
imaginar ahí un bosque es una quimera,
se extraña un fondo nutrido de árboles de sombra,
no es posible perder de vista, oído y olfato,
a los emisarios del cemento y los fierros,
y sendas placas de bronce los celebran por doquier,
son los donantes de la aridez.
Los auspiciantes de un oasis de hormigón,
pululan para ahuyentar la frescura silvestre.
"La Carolina" - Yoan Linares
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