December 14, 2011 | Author: Juan Arias B Leído 8207 veces | Tell a Friend


Uno se acuerda de tal o cual evento por la manía de comparar, o sea, tanto vendí en la una feria y tanto en la otra, allá me adoctriné más o menos que acá, así usted hace un balance de dónde pisó fuerte, y dónde resbaló. De repente surge el psicoanálisis, la rendición de cuentas existencial, de mis presentaciones con el célebre Asmodeo... que me llevó a ser autónomo. Las vivencias no se dan en proporción al tamaño de las urbes ecuatoriales, no por ser pequeña la ciudad en la que exponía era menos interesante que hacerlo en la capital o en el puerto principal de la nación.

Sucede que en las primeras exhibiciones de nuestro arte, usted aprende el oficio de vendedor a conciencia, y por eso las quiere como a hijos inválidos que lucharon con fiereza en desigual batalla haciendo que sus nietos cosechen la miel de sus sacrificios. Y lo que relato está incluido dentro de ese período debelador de las primeras exposiciones. En uno de esos días atareados del animal de feria me topé con los dos tecnócratas que disputaron agriamente en la fiesta de despedida, algo mareados por el whisky escocés que ingirieron y el retumbar del revolconche, debido a mi decisión de renunciar a la paz de la bodeguita del medio; y, la reacción sobria de éstos, por separado, fue paradójica. El abogado de coactivas que defendió con ardor mi futura ocupación libertaria simuló no verme tras la tienda y, mojigato, se esfumó entre el gentío sin devolver la mueca de reconocimiento cordial que le brindé a tres o cuatro pasos de estrechar manos; parecía que iba a entrar en la zona de acción del escritor, pero mantuvo la distancia y viró raudo a la izquierda confundiéndose con la algazara de un grupo de púberes, perdiéndose con éstos en el puesto de los mini-libros de a dólar de los peruanos. Mientras el ingeniero ergonómico que despotricó contra la insensatez de entregarse a la incertidumbre, el que me consideraba un necio por no saber resignarse al lugar que a usted le reserva el hado en el aparato estatal, se acercó de frente a responder a mi gesto parco pero atento que le dirigí ya entrando en la zona de alerta del vendedor, poniéndose a tiro de extenderle el libro para que lo revise, en eso no he sido melindroso, aprendí rápido a no discriminar, usted no sabe quién se va a llevar su obra y puedo aseverar que la gente da sorpresas, de pronto las personas que se muestran más informales, o menos aparentes para hacerle el gasto, han sido las que han colaborado sin chistar con la noble causa del autor-editor. El que yo creía mi contradictor vino sin desviar los ojos hacia el libro que le estiré impúdicamente; lo hizo pasando del preámbulo de saludos hablados inquiriendo novedades mutuas, entró de lleno a hojear la obra entre manos. El ingeniero ergonómico por primera vez clavó sus ojos en los míos y nos comunicamos como si hubiésemos sido viejos colegas y amigos, adquirió el libro con la alegría de alguien que se lleva un hallazgo, se fue desternillándose de risa, aullando, “¡oiga, caballero, qué bueno está esto de Asmodeo de picnic con sus novias del multiuniverso...!”.

El artista es psicólogo innato. En las fiestas del saber, usted se nutre del espíritu humano sin esforzarse, cada individuo que traba conversación, murmura, o apenas gesticula en el gran angular del espectador, se convierte en una manifestación psicológica ipso facto, y usted ahonda y convalece de su propia neurosis merced a la fauna humana que circula distraída, sin percatarse que el quiosco tiene ojos de águila y memoria de elefante. Las ferias de libros fueron la realidad más fantástica que pude percibir desde la cordura que adquirí calzando el habito de la estulticia, y el encierro en la bodeguita del medio me preparó para esto mejor que si hubiese estado de discípulo de los loqueros académicos una década. Aquí hay que verla a la gente cómo responde con sus arquetipos a flor de piel ante la literatura de la mata a la olla y de la olla al cuenco y del cuenco al caletre. ¡Cómo no reflejarnos en ese espejo corriente!

Aconteció lo que quise que pase en el justo espacio y tiempo que nos concedimos para evolucionar como creadores y endurecernos al son de resistir a la contaminación que trae lo de consagrarse en esta porción de planeta. Me fue monetariamente bien en lo de expositor, resulté un vendedor de envidia del otro, del espectador, pero en el precio que tuve que pagar para dar a conocer al escritor vino incluido el peligro de anquilosamiento y con ello el riesgo eminente de contraer el mentado Síndrome del Animal de Feria. Saqué y vendí once ediciones de lujo, de a doscientas copias cada una, en diferentes fiestas del libro, fiel al lema de “arte por dentro y por fuera”. Los libros salieron a la luz mediante la máquina de escritorio que fabrica veinte unidades diarias como si las manos de un hábil artesano las hubiese tejido. Formidable nano-imprenta al servicio del creador, liberándolo de costosos acólitos, montando su fábrica de dolores sublimes al amparo del hogar campestre que alquiló de por vida. Estas pequeñas ediciones nos dieron el prestigio del francotirador apostado en el otro lado de los círculos del abotargamiento, sacaron de apuros al hombre que se prometió una literatura que lo meta a construir el entorno y ambiente para vivir saludable, exento de ambiciones sociales y ajetreos en la cultura de salón.

Había escogido la sencillez perfumada del jardín de flores del aire, y de la huerta de hortalizas como horizonte inmediato; los justos sembrados de maíz ondulando en la cañada, haciendo el panorama contiguo al río Cabra; y las lomas henchidas de ceibos cortejando a las ceibas de fuertes pantorrillas. Mis ojos al anochecer y al amanecer son esclavos de las lejanías de una cordillera arrugada de bajo nivel, añejada en los verdes pardos que inyectan los siglos. Usted no tiene que forzarse para seguir el auténtico camino una vez que se insertó en él para ir dejando atrás los rodeos que lo hacían verse perdido en una bruma insondable. Durante el lapso de la bodeguita del medio se dio el largo preámbulo de un río estrecho plagado de meandros que sólo nos hacían vislumbrar el futuro, como en los ensueños que estando despierto son paradisíacos y dormido son pesadillas. El limbo sirve para preparase a hacer el purgatorio; “la fiesta del libro” fue un purgatorio, a veces usted está colindando con los cielos y otras tantas se halla en la frontera con los infiernos, hablo de nuestras propias zahúrdas y nirvanas. No somos seguidores de salvaciones donde usted no ejerce ápice de su albedrío; para demonios, los míos; para redentores, los míos.

Llegó el momento de retirarme a escribir mi nuevo libro. Mientras sudaba la lengua del astuto vendedor de la onceava edición de Asmodeo..., y amaba a los que la compraban aunque sea para tener mi obra de adorno en sus estantes de teca, y nos volvíamos odiosos ante los colegas cianóticos que habían contraído el SAF, imaginaba el cuento o relato que inicie un flamante ciclo de ficciones. Ya esbozaba escenas de carnalidad sadomasoquista entre los muros benditos de una mansión de la alta burguesía, habitada por la pareja que puertas afuera era ejemplo de pudor y moderación ciudadana. De súbito escuché la voz del sátiro acaudalado que cerrando con rudeza la puerta del vestíbulo de su palacete, aullaba cual poseso lascivo, arrastrando con fruición las eres del serrano: “¡mi amorrr…!”. Y la mujer-pantera desde algún punto del laberinto casero respondiendo con un gritillo que no denotaba terror, sumisión ni deseo, sino íntimo sarcasmo. Ella se decía para sí misma, casi feliz: “¡voy con tu medicina, mi amorrr…! No tomé notas de eso, tampoco de lo siguiente que se me venía como una cascada de imágenes pidiéndome escritorio y lomerales de baja intensidad en las ventanas, y un tiempo equiparable al que me tomaron elaborar y vender las once ediciones de Asmodeo... La historia crecía en mi cabeza como un cerco de cáñamo que va dividiendo las parcelas que sembraremos en el futuro, en la hora que será propicio hacerlo. Usted puede volar lo quiera en la contemplación del ocaso y la aurora, pero de ahí a lograr la acción, página a página, del conjunto que se ha propuesto, es otro andar. Cada página es un cuadro como lo haría si fuese el creador del mundo pictórico que podría llamar, “La edad del cannabiscultor”.

La huida tiene que darse el momento oportuno, cuando hay capacidad suficiente de maniobra, si no se convierte en desbandada y desastre infructuoso, y vendría a ser la verdadera derrota. Irse habiendo amenazado que usted va a regresar con la doceava edición de Asmodeo... para hacerla desaparecer en la feria tal, es la retirada más deliciosa y ordenada que se puede fraguar. Le da un abrazo al género animal de feria, un nos vemos en el próximo “reventón de la imaginación”, y ya no sale de casa sino para caminar pegado a las sinuosidades primitivas del río Cabra, se queda ahí a punto de ser moderadamente dichoso con una producción que no provoca resaca y proscribe al SAF. La soledad es la consorte ideal y consejera genial del artista, usted puede serle infiel a ella y no lo echa a la calle por sus debilidades masculinas, lo recibe con renovado amorrr...



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Category: Animal de feria
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