May 17, 2010 | Author: Juan Arias B Leído 2554 veces. [Invita amigos/ Mail to a friend]
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Bram Stoker, escritor irlandés, autor de “Drácula” -la obra maestra del terror romántico de la que Oscar Wilde dijo que a su parecer era la mejor novela de habla inglesa del siglo IXX-, murió sifilítico en un miserable cubil Londinense a principios del siglo XX. Acorde con el testimonio que dejó la viuda de Bram, éste, tumbado en su lecho de muerte, señalaba insistente a una esquina bajo la penumbra del cuarto de alquiler, musitando con fervor, “¡vampiro… vampiro!”.

Es agradable suponer que el mentado conde estuvo presente en la cámara mortuoria de su creador, con el propósito de darle la paz al hombre que languidecía en medio de la miseria, diciéndole: No vengo a despedirme de ti, ¡oh Bram!, esto no es un adiós sino un hasta pronto porque tú a través de mí serás un clásico, no sucumbirás ante el tiempo astronómico y te perennizarás en la memoria mágica de los hombres allende los intentos chapuceros de otros por emular a tu producto genial, yo, tu criatura, el romántico Voivo de Drácula.

Generaciones de lectores crecieron y aún medran a la sombra del conde Drácula, de B. Stoker, allende la imagen de asesino en serie que le infirió la industria cinematográfica –salvo dos honrosas excepciones que son fieles al legado del irlandés, el Nosferatu, de Herzog, y Dracula, de Coppola-, al punto de pretender opacar al auténtico aristócrata del castillo gótico que se contempla incólume tras el Paso del Borgo. La majestad del rey de los vampiros ha sido distorsionada en rodajes que han alcanzado la excelencia en el arte de exacerbar lo sangriento mórbido, ofreciendo una sarta de descuartizadores y pica-cuerpos infatigables, máquinas de torturar y con licencia ilimitada para poner quietos del pánico a sus avezados seguidores, los que anhelan sufrir miedo percibiendo mejor la sangre que brota generosa de los cadáveres de película, aquellos que desean de una vez se invente la sala de cine que proporcione los olores putrefactos del tormento de la carne ajena, para de esto aullar con respeto: ¡Qué real que fue eso… qué real!

La moda de consumir carnicerías en los rectángulos de la alienación, tiene la gracia de hacer que se nos despierte el apetito por lo original vampírico, y, en consecuencia, buscamos con ganas el rencuentro, sobre el lugar mismo donde trabamos amistad con ese portentoso conde. ¿Cuántos lustros sin visitar la ayer hórrida cueva colgante, hoy la sagrada morada del vampiro inimitable? Qué importancia tiene aquello si entretanto uno ha sabido desarrollarse para comprender mejor el arte de vivir, y entender que Drácula está más allá del bien y del mal, como todo ácrata enamorado de las posibilidades lejanas que juntas forman lo imposible inmediato. Sentir un profundo asco y temor por el Voivo era lo normal de ayer, y un hecho real el apreciarlo como a un amigo del alma hoy.

Volvimos a viajar al reino perdido del boyardo con la misma tensión adolescente, para que desde el inicio se note la diferencia de la lectura que hizo el imberbe aprendiz con la lectura del barbado vividor. Mantenerse adolescente es tener lubricada la vocación por aprehender, y esta vez hicimos la travesía ya en calidad de huésped de la regia hospitalidad del castillo donde el conde es amo anfitrión y servidor a la vez, quien nos abrió su portal recitando: Eres bienvenido a entrar por tu voluntad a mi morada, ven en paz a disfrutar de ella dejando tus preocupaciones afuera, y dispuesto a darnos algo digno de tu ser... El retorno a la novela de Bram tuvo la ventaja de hacerlo como si fuese el coautor de la misma puesto que, una vez que el irlandés la escribió y la donó al mundo, ésta dejó de ser toda suya para que sus lectores pasen a reinventarla a su albedrío.

Las novedades que se hallan en la agreste Transilvania, después de larga ausencia, son magníficas. Ya no era el paisaje indómito que circunda al castillo un abreboca para el terror del muchacho de ciudad que apareció por primera ocasión allí; tampoco la suerte vertical de las paredes del castillo nos dio náusea, ni venía a ser una cárcel inexpugnable montada sobre el filo de lo monstruoso. Encontramos aire renovado de montaña, y la noche nos invitaba a vivaquear bajo el titilar de astros refulgiendo sobre el dosel de un bosque templado proyectándose inconmensurable al amparo de creciente luna, todo ello matizado con el canto alegre de lobos rodeando a la hermosura de las hijas de la oscuridad. El trueno de los rápidos que nos ahuyentaba como una música lúgubre, devino en melodía de agua corriente que arrulla. Las imágenes siniestras que aupaba la naturaleza virgen de los Cárpatos, se transformaron en oleos de ecosistemas primordiales para admirarlos a placer desde el soberbió palacio del anfitrión, siendo en sí mismo una maravilla arquitectónica asimilada a la abrupta cordillera. ¿Cómo no embriagarse con la soberbia vista de esa construcción aérea, a pique, que viene a ser una prolongación del peñón de granito que la sustenta? Tal grado de exposición lo tentaría aun al mago del alpinismo, Reinhold Messner, haber si arriesga una escalada por libre desde la base del cañón que aloja un río fogoso de aguas verdes producto del deshielo de los glaciares de las cumbres. Lo que sí querría por firme Reinhold, es que ese castillo, y el alucinante escenario que lo circunda, fuesen suyos para instalar ahí la sede principal de los museos de montaña que levantó en el Tirol del Sur.

MEMORIA

El conde no ha salido de su hogar algunos siglos, desde que dejó de hacerles la guerra santa a los turcos para ser un vampiro aristócrata en usufructo del ocio salvaje de su lugar. Una renuente pena de amor lo ancló al tiempo-espacio del voivodato de Transilvania. De repente, se le presenta la oportunidad de experimentar a tope en el Londres del siglo IXX, donde reside la sin par belleza de Mina, quien reencarna a su pasado amor posible pero ésta no tiene memoria de aquello por lo que se constituye en una pieza clave para la cacería y destrucción del “monstruo”, encabezada por el doctor Van Helsing.

Voivo, una vez saciado del goce del cuerpo y el alma de su antiguo amor, bebiendo de la sangre juvenil de Mina, le reclama a ésta por su vil traición al ponerse de lado de la jauría humana que lo acorraló sin remedio, y, para escarmentarla y lo recuerde para el resto de sus días, se abrió cual bisturí con la uña del índice una pequeña vena del pecho obligándola a succionar de esa sangre ancestral.

La implacable persecución del “monstruo” que bajo el sol pierde su poder nocturnal convirtiéndose en un vulgar ciudadano, hace que éste vaya perdiendo a sus féretros rellenos de tierra bendita por los pontífices de la fe cristiana, tierra que durante centurias ha preservado por ser el único lecho al que puede acudir para dormir en paz. El médico holandés, Van Helsing, devino en un experto exterminador de vampiros, deduciendo que una sobredosis de santidad sobre la tierra sagrada le haría perder su valor para el imprescindible reposo del vampiro, de ello que una hostia bendita dentro de cada cofre fue suficiente para echar a perder el descanso de Drácula, y éste apenas logró conservar una de las tantas cajas que trajo consigo por lo que se ve obligado a emprender una heroica retirada a sus lares. Ante la desigual batalla que venía librando con Van Helsing y su tropa de valientes, no tenía más opción que la de huir, pues el experimento de Londres se convirtió en una lucha de un solo caballero feudal contra la organización del mundo moderno.

Escapó de Londres en estampía, con lo puesto y cargando el sarcófago remanente sobre los hombros, rumbó a los Cárpatos vía marítima surcando las aguas del océano Atlántico, del mar Mediterráneo y, tras cruzar el estrecho del Bósforo, por el mar Negro. El barco de la huida del conde se abría paso como alma que empuja el demonio, siendo que el dueño y capitán del mismo –un políglota a la hora de maldecir y proferir, de proa a popa, dicterios en diferentes idiomas-, ante el insistente reclamo de la tripulación para que eche al agua el siniestro ataúd que los atemorizaba y al cual imputaban los extraños sucesos que acaecían en el viaje, se excusaba diciendo que él no era nadie para contradecir los designios del señor Diablo. Lo cierto es que la nave, durante los días y noches que cumplió su cometido de trasladar al decrépito cliente que la alquiló, de corrido estuvo invisible para otras embarcaciones, iba envuelta en una nube plomiza y próxima a la tempestad, como volando sin tropiezo sobre las aguas, subida en aires traídos del averno que no cejaron de animarla hacia delante.

Todo el poder de Drácula resultó impotente para enfrentarse a la tenacidad del doctor Van Helsing, quien, anticipándose al arribo de éste al Paso del Borgo, incursionó con la salida del sol en el castillo donde reposaban las compañeras del conde. Una vez dentro del dormitorio de las vampiras procedió a eliminarlas a las tres beldades de la noche con el ritual de rigor, estaca bendita partiendo el corazón, posterior degollamiento y embutir de ajos sus fauces. Y es aquí donde sufre el exterminador para realizar su cometido, duda ante la belleza terrible de las vampiras; se enamoró de la principal de ellas, una rubia que lo embelesó con su potente feminidad medieval. Sueña, no sé sabe qué tiempo, con la dama de hipnóticos ojos de azul eléctrico; sueña con el peligro de quedarse ahí petrificado hasta que caigan las sombras, y una vez que despierte la agradecida vampira se dejaría amar por ella a morir. ¡Qué desperdicio!, habrá mascullado el implacable Van Helsing mientras, con lágrimas brotándole a raudales de los ojos, daba fin a su abominable trabajo.

Voivo de Drácula, segundos antes que la oscuridad le devuelva sus poderes sublunares, fue ajusticiado a unos metros de su palacio. Y, cual Quijote vencido, empezó su larga carrera de vencedor a través de los siglos que lo contemplan. En sus dolores y carencias reside el romanticismo del vampiro adolescente, el que nunca se cansa de conocer porque jamás madura para ser una fruta podrida, el que es amando a la naturaleza silvestre tanto como a la feminidad que esta encierra en su forma racional, de Mina.



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