April 29, 2010 | Author: Juan Arias B Leído 3036 veces. [Invita amigos/ Mail to a friend]
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"Yo he encontrado que es un lujo singular el hablar a través de una laguna con un interlocutor situado en la otra orilla” H.D.T.


Henry incorporó su cabaña dentro de lo prístino no para ser un santón o un ídolo del arte de la supervivencia, ni por encomendarse al ángel del dinero en aras que éste de súbito lo agasaje con la peste de los prósperos, la dicha muelle, sino con el fin de despertar al alba de la germinación. El hombre debe construir su casa para convivir en armonía con la gran morada original de la vida. ¿De qué dulce hogar hablamos si está levantado en medio de la desolación del hormigón armado, y la música sagrada de la Tierra se ha trocado en chillidos de engranajes?

Amanecer alerta entre las flores,
siendo el amo de lo que se explora.
Solo ante el día en que se está despierto,
naciendo irrepetible para regir en lo crudo.
Pasible otra vez tras reparador viaje onírico,
retoñando con la eufonía de los jilgueros.
Vislumbrar a la golosa ardilla con su nuez,
presentir al lobo gris trotando tras su presa ,
imaginar al oso negro atiborrándose de miel,
oír el himno de los habitantes del bosque,
danzar con los colores de la mañana invicta,
ascender con los árboles a tomar baños de sol,
sentir al venero entrando tremulante al hogar,
contemplar en el oleaje verdeazulado del vate.
Las ventanas abiertas al silencio de la hojarasca
beben del aire aromatizado por yerbas invisibles,
se han quitado de la influencia de *Prosperidad
para emerger del pozo de luz que enceguece.

*(Prosperidad es la diabla que atendiendo el Infierno Emendado, de don F. de Quevedo, pasó a ser la favorita de Lucifer, nombrándola éste directora suprema de sus dominios con el propósito de que los saque del caos y los organice como sólo ella sabe hacerlo, premiándola así por la insuperable cantidad de condenados que cosecha debido a la adoración de los bienes artificiales que provoca en la especie humana. Con ese antecedente, Prosperidad, fue electa máxima autoridad de las zahúrdas del averno, aventajando intempestivamente a los tres demonios mayores que pretendían ese favor aplazado centurias).

La soledad humana y divina, intrínseca al experimento salvaje de Thoreau en la cocha de Walden, le permitió asimilar a cabalidad de que estaba capacitado para compartir su experiencia con sus congéneres pero que no podía vivir acompañado de éstos; es connatural nacer y morir solos, y ese es el camino que debe engrandecer un hombre para no convertirse en una ruina acompañada. Si alguien, cualquiera, se pasa las horas y días de su existencia acompañado sin caer en cuenta de que no se vive acompañado y que debe buscar la libertad de su conciencia por sí mismo, adolece de la enfermedad terminal del rebaño, es incapaz de desobedecer porque ya no se da cuenta que sólo obedece mecánicamente el dictamen de una autoridad irracional y teme construir su propio pensamiento como el sátrapa tiene fobia a los objetores de conciencia. Cada individuo puede, y debe, desarrollar su personalidad para resistir a la enajenación mediática en medio de una multitud y de la familia opresora; si no se es capaz de hacer crecer saludable al objetor natural, al hombre que asume el reto de ser uno y el universo, no será suficiente tener ganas de oponerse a la masificación puesto que hay que sumar al coraje la certeza de que se ha iniciado el viaje más arduo y difícil de un existente despejado: bucear en los confines del yo desobedeciendo el mandato de afuera, del superyó, el que dicta total sumisión a la soledad abominable del número sobreviviente en descomunal colmena.

El sentido de poner distancia con el fantoche autómata era fiel a un hombre que sabía andar para delante sin que le inyecten luces de control para que no se pierda en lo agreste, y por ello era veloz al momento de ir a donde él debía llegar fuera circunloquios. Andar a campo traviesa es marcar un sendero junto a la vida silvestre que lo rodea, rodar en un coche dentro de un parque florido es ir de un punto a otro sin percibir la naturaleza que bulle a los costados y en el horizonte. Henry podía moverse dentro de la noche más oscura (de esas que en las ficciones sirven para cortarlas a cuchillo, como si fuesen un pastel de petróleo), y no perdía el intrincado sendero al hogar, sus pies distinguían las particularidades del suelo cual serpiente de regreso a su cálida madriguera. Solía visitar a menudo la aldea de Concord para entretenerse con las “novedades” que los parroquianos no dejaban de comentar con fervor así se trate de realidades tan lejanas a ellos, y a su cotidianidad, como un tsunami en Madagascar, pues, ya en 1846, las noticias volaban y era necesario mantenerse al tanto de los diarios para no pasar por desinformado, y los ralos libros que habían sido escritos para una cabeza exigente permanecían, igual que en nuestros días, adornando los estantes del lector dinámico que no aguanta la tensión que le imprimen las creaciones literarias que trascienden más allá del edulcorante de los predicadores. Henry era un lector aristocrático, escogía las mejores horas del día para entrar en los libros que lo estremecían como la corriente del arroyo que refresca los pies y calma la sed corporal; accedía a las lecturas que reconocía desde sus vivencias y prendía la chispa de una mente experta en su propia cosmografía.

Mientras más se aproxima uno al prójimo más uno tiene que gritarle al otro, siendo una ilusión lo de entenderse mejor estando muy cerca, casi frente con frente. Apenas observen a los presidentes demócratas que se acercan a resolver sus diferencias al filo de sus límites patrios: se comen vivos allende la rigurosa melosidad que se infieren los respectivos cuerpos de sus cortes diplomáticas; más rápido se comprenden y actúan las mafias mercantiles que se hallan en las antípodas del planeta. Lo que se logra estando tan apretados es que ya no se dialoga sino que se discrepa a voces, por eso hay que ir separando las sillas hasta el tope de las dos paredes opuestas del recinto que aloja a los animales políticos, hasta salir a la intemperie por las puertas traseras y así conseguir la mínima distancia que genere una conversación fructífera. Hay que hacer como el caminante y su sombra, desprenderse de las cuatro paredes que los acorralan y refundirse en lo remoto, hallar por fin la amplitud que brindan las diferentes orillas de la cocha de Walden, entonces se dará el diálogo que no se arruga y por inercia ennoblece.


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