April 15, 2010 | Author: Juan Arias B Leído 2993 veces. [Invita amigos/ Mail to a friend]
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“Vivir con lo mínimo indispensable”, H.D.T.

El amigo Henry echó a andar su retiro lacustre allá por el otoño de 1845, previamente a ese cometido ecologista adquirió, acudiendo al ágora de la Arcadia, dos insobornables servidores gemelos, Simplicidad y Sencillez, los que lo ayudaron a levantar y mantener su experimento de autosuficiencia durante los dos años que habitó en los bosques de Walden.

La cabaña de puertas abiertas a los visitantes que construyó a la velocidad de un mago, con sus manos de creador y también favoreciéndose de una minga merced a las amistades que tenía en Concord -el pueblito natal dentro del estado de Massachusetts-, resultó una edificación rústica bien parada, muy asequible al bolsillo del ácrata. Fue una estancia donde reinó la calidez, aireada, dada a la luz y la sombra de los cambiantes tonos del soto viajando en las estaciones. Allí gozaba de franca circulación entre los contados muebles que, aprovechando los días de limpieza minuciosa, los sacaba a que se oreen a la intemperie y se bañen de sol, le agradaba verlos confundiéndose con el bosque, perfumándose largo con la esencia de las flores. ¡Cuán grato le venía, de vez en cuando, aquí sí echar la casa por la ventana!

Cualesquier curioso paseante podía entrar a la morada del célebre marmota, la que contenía un solo ambiente para de un golpe de vista captar lo que había adentro: paz. El visitante tenía acceso a sus lecturas y la opción de reposar junto al hogar generoso en lumbre durante los días fríos de invierno, siendo que nunca el casero echó cerrojo al portal de ingreso de esa sólida y humilde madriguera, incluso cuando se iba de “vacaciones”, a andar y ver por otras riberas y lagunas de las cercanías, constatando que en millas a la redonda no había parangón de la poza mítica que lo elevó a su acuática poesía.

El ermitaño “sociable”, de corriente encontró huellas de la gente variopinta que visitó sus predios, mas nunca halló desordenada la cabaña ni echó en falta nada de lo que apenas con mirar constituía el refugio de Sencillez y Simplicidad, el que a la fecha aún se exhibe, tal como fue en su época, para prolongar el espíritu de Henry. Ahí le bastaban tres sillas, una hospedaba a la soledad, otra sostenía a la amistad y la tercera soportaba a la sociedad preguntando, de rato en rato, como una fijación: ¿…pero hombre, hombre de Dios, qué hace usted aquí metido a salvaje, con su inteligencia podría emprender en muchas cosas de provecho?

La empresa de provecho que montó Henry fue la de no ser conformista y no resignarse a la desesperación del sujeto que huye del ocio divino. Él prosperó en la floración primaveral de la intemperie, no se resignó a dar gusto al ocio insalubre que cría mixomicetos entre muros rutilantes. El hombre supo hacer sus días mágicos sin descuidar las horas que le dedicaba al agricultor de subsistencia y al cazador-recolector. Obtener la suficiente comida para reponer el combustible vital del ser corpóreo, era en él un deporte y no un tormento cotidiano. El resto, o sea toda la vida del hombre boscoso que le quedaba, desde el despertar claroscuro con la eufonía de los cantores de la aurora al incendio crepuscular, lo invertía tonificándose con el néctar de su Edad de Oro. Así aprendió a desprenderse del vicio de la acumulación gratuita, siendo renuente a servir como engranaje de la máquina insaciable del consumismo que no es el sucedáneo del paraíso.

Promediando el siglo XIX, la artificial necesidad de producir basura para aumentar las montañas de detritos de la modernidad, se perfilaba para que el hombre se convierta en un instrumento de sus instrumentos. Hoy, la premonición thoreauiana, de las masas enajenadas por los instrumentos del “progreso”, es la imagen del sujeto transeúnte por el siglo XXI. La edad de la superpoblación viene rodando neumática por el gigantesco parque temático en que se han convertido las grandes urbes, siendo la triunfante fantasía que edificó el materialismo a ultranza fuera de los reales mundos Disney.

¿Qué observaría Thoreau en el urbanícola de estos días? Vería el rostro de un sujeto simulando humanidad por reflejo de la cotidiana sugestión de ánimo gratuito, la dosis de autoayuda que le inoculan los medios para “Un Mundo Medio Feliz” porque, ¡lástima!, todavía no se descubre el sicotrópico total, el amortiguador todoterreno e innocuo para la mente y el cuerpo, al alcance de todos los estratos sociales. No hay el Soma de la fábula de A. Huxley, Un Mundo Feliz, donde un milagro químico hace que el paso del tiempo sea un trance dichoso sin que se presente la resaca moral y el deterioro físico que producen las drogas de la actualidad, incluida la perenne información del instante o la novedad que se pudre asimismo al instante. La careta de humanidad que se calza el hombre que ríe anegado en sus miasmas es el rostro de la vigorexia que gozan los diez mandamientos del nihilismo mercantil, es la carita del hidrocarburo que reina con el hedor del averno que sustenta nirvanas sintéticos. Thoreau, vislumbró el alma del enfermo terminal que se humilla ante el nihilismo, individuo que ha dejado de buscar la luz bajo los valores primordiales de Gea, y transita semidormido entre las muchedumbres perdiéndose de sufrir la existencia con los poros abiertos a las raíces palpitantes de la tierra.

Qué infatigables sirvientes resultaron Sencillez y Simplicidad; el primero amanecía a sus labores de músculo trinando, ¡sencillez, sencillez, sencillez!; el segundo se recogía a su tarea de filósofo crepuscular exclamando, ¡simplicidad, simplicidad, simplicidad! La austeridad que practicó Henry en los bosques de Walden es la que la normalidad llamaría “existir rasguñando la extrema pobreza”, mas para el caminante fue vivir a tope con lo suficiente que le brindó la madre naturaleza para que alterne con lo que le tocó mamar en cada una de las cuatro estaciones. Así, las musas de Meteoro, se sucedían proporcionando la variedad de sus temperamentos, pasando del bienestar que inicia con la aparición de la prímula y va descendiendo conforme avanza el otoño hasta la hibernación que provoca el visitante polar. Sin un riguroso invierno que congele la vida no hubiese sido posible el renacimiento que, tras la fascinación del hielo azul berilo del lago Walden, surgió como cuando, hace cien millones de años, se dio el gran florecimiento que llenó de colores y fragancias a la Tierra con la aparición de las plantas angiospermas.

La sencillez pragmática radicó en el cuerpo y el espíritu de Henry entregado a su destino de sabio existente. Esa forma de vida saludable basada en la integración con natura ya la mostró el jovial Jesús de quien Nietzsche, otro genial caminante, dijo que fue el último cristiano. También la señaló el predecesor estadounidense de Henry, el botánico-poeta William Bartram –Cazador de flores, como lo renombró un rey nativo seminola- cual, promediando los años mil setecientos, ante la hermosura natural de unas “ninfas” cherokees refrescándose en un arroyo transparente, proclamó que los indios eran la imagen de la inocencia silvestre, los hijos de la Creación que la sociedad moderna aún no había corrompido. La pobreza horripilante no es la que nace de la falta de cosas sino la que proviene del sentimiento de estar desahuciado por verse impedido de servirse del festín de lo fatuo. El individuo, inmerso en la vorágine del Gran Gobierno y la Gran Empresa, no vive, sobrevive sometido a necesidades que lo hacen sentirse desamparado frente al mensajero que le susurra de la mañana a la noche: produce, produce, produce…; compra, compra, compra... Ésa es la verdadera indigencia, ya sea en el campo o la ciudad, la de un muerto viviente entre multitud de tentaciones para adquirir, y vender el alma al diablo Acreedor en aras de librarse del aburrimiento.

Continuará...

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