April 02, 2010 | Author: Juan Arias B Leído 3122 veces. [Invita amigos/ Mail to a friend]
“¡Y habláis del cielo, vosotros que deshonráis la tierra!”, H.D.T.
Walden, así llama la soberbia cocha septentrional, que todavía en estos días de indiferencia a la Creación, se preserva encantada. Walden, y su entorno boscoso, ha resistido a la época del mono pensante caído en la cosificación de su alma, ésta continúa luciendo tan fresca y dominante como el legado patente del yanqui anarquista que la disfrutó ayer nomás.
Mantener la originalidad de ese sistema lacustre es el tributo del pueblo estadounidense a su máximo representante de la desobediencia civil, quien fue la desobediencia que nació de haberse negado a pagar impuestos para ayudar a resolver rápido la injusta guerra de su país contra México, y, sobre todo, quien es aún la desobediencia que debe cometer un hombre para acceder a la libertad íntima del individuo, e ir a por un orden sagrado sin que nadie se lo imponga sino la necesidad categórica de autosuficiencia. Lo paradojal de esta bifurcación de senderos entre la sociedad que escogió orar dentro de las catedrales del consumismo y el hombre que siguió la estrella de su emancipación, es que esa misma sociedad positivista supo conservar intacto el santuario natural donde, Henry David Thoreau, se graduó con honores de vividor. A este pensador ácrata que afirmó que el mejor gobierno es el que no se lo siente, también lo han sabido preservar con la estatura de un héroe, a la par de personalidades como Abraham Lincoln.
El testimonio de Henry sobre su residencia en la cabaña con vista a las profundidades policromáticas de árboles centenarios y a la cambiante luz que emerge del pozo mágico (libro que fue escrito ante la urgencia que le imprimieron las personas que le rodeaban con el fin de que nos legue su formidable pensamiento pragmático), es un canto épico a la naturaleza indomable, un poema a los sentidos alertas y a la contemplación innata. El egotista alcanza el súmmum del albedrío mimetizándose con la vida en los bosques, llega a ser el explorador de las altitudes a las que arriban los elegidos para ejercer el poder de sufrir, en carne y hueso, a borrador –como no hay otra manera de hacerlo mientras uno está encarnado en el presente- las crudas transformaciones de lo silvestre, o sea ser testigo del letargo blanco del invierno y de la renovación que trae la primavera con el despertar de los ruiseñores y el creciente movimiento vivace de las entrañas de la tierra. La compenetración del hombre de bosque con la cocha de peces reluciendo en un fondo cristalino, no surgió de la ambición de convertirse en un “ejemplo”, lo ejemplar hiede a político mendicante de votos, a buen ciudadano corrupto por lo corriente. Henry se condujo como los grandes conquistadores de la realidad con los pies y manos hundidos en la tierra, devolviéndose a la matriz por una imperiosa voluntad de descubrirse a sí mismo ante sus limitaciones de hombre, viajando con su integral cuerpo-alma-espíritu a los confines, y orígenes, de las cuatro estaciones que pintaron oleos perdurables del venero, variedades de turquesa, de celeste y de gris; como para imaginar Walden mañana, donde quiera que se esté, con los ojos de la poesía.
Henry sólo quería exudar vida con los sentidos inmersos en la Creación, nada de explotar a mansalva el suelo que lo acogió para que aprenda lo que en los predios universitarios le está negado a los obedientes educandos: integrarse al milagro del líquido vital festonado por los aromas cantarines de un bosque añejo, hacerlo con el cuerpo calibrado para recibir el pan justo de cada día sin infringir daño a la tierra que se los brinda, dejando que la amplitud agreste lo envuelva y alimente con el goce del ocio divino que se regalan los que no huyen de la aventura por antonomasia de un existente, la travesía por los fiordos del microcosmos. Viajar dentro de sí implica poseer el coraje de quién se arroja a lo inconmensurable, hay que tener arrojo para explorar en soledad las cimas de la hermosura amable y también descender a enfrentar lo atractivo terrible: los infiernillos de los terrores atávicos.
Continuará...
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