No sé nada de mis libros...
¿Quién se los llevó?
¿Salieron en manos de mis congéneres?
¿De pocos o de muchos?
Atendiendo el testimonio del único testigo,
fue un ciempiés humano el que los cargó.
No sé nada de mis libros...
¿Quién se los llevó?
¿Salieron en manos de mis congéneres?
¿De pocos o de muchos?
Atendiendo el testimonio del único testigo,
fue un ciempiés humano el que los cargó.
-III-
De los palomos picoteando en iridiscente hierba emana canto alado,
refrescante chubasco ha dado fulgores a la sequedad amarillenta,
descienden aromas de flores epífitas del árbol de podocarpus.
Haces de luz otoñal inyectan fuego púrpura al chereco,
su ramaje retorcido danza con el benigno aire del crepúsculo,
flotantes hojas sudan las vitaminas de la vida.
-I-
Glorioso despertar el del murciélago…
Vine a luz cargado de mujer silvestre,
la noche del mar salobre nos preñó
de los perfumes de la gran salud,
nos llenó con el vino que mana
dulce de los surtidores del rapaz.
Renaces entre el aloe feroz y la vigilia del eucalipto,
festonando la selvita monocromática.
Eres la floración de la tierra parda,
el surgimiento del color en el reino verde.
Rocinante fue internado en un centro de recuperación rápida,
los doctos lo pondrán a galopar con la tardecita,
es el pretexto para encarnar un martes callejero,
andar con rumbo fijo cercado por la entropía rodante,
confundirse con la metrópoli ahíta de gases estridentes.