Kantoborgy, tras entregarse a hacer las progresiones de rigor colina arriba -combinando con un trotecito indio y simulacros de andarín olímpico, como parte de su programa personalizado de entrenamiento-, ha cedido al deseo de atisbar con su ojo de bucanero, desde lo alto del filo de “Las cajetonas”, en el recreo de los canes. A primera vista no los encuentra moviéndose allá abajo, y el llano se halla sumido en un silencio campal, aborregándose sobre la paz matutina. Aprovecha el reposo para chupar el caramelo de eucalipto que le da sabor a la soledad del altiplano.
Kantoborgy agasajaba al tierno Pincho con delicias diferentes al común balanceado canino, si éste hacía correctamente la pequeña tarea olfativa que el guía le proponía a diario en su hogar; cero golosinas y total indiferencia le aguardaban al “niño peludo” en las ralas ocasiones en las que se desconcentraba en el ritual de iniciación al mundo de la nariz competitiva. Después del difícil período de la dentición, entrando a la juventud, empezó a mostrar, lejos de la seguridad de su coto, que era un perro muy prometedor en sus ambiciones sensoriales. La pareja mamífera madrugaba para ir en pos de amplias zonas de pastizales y de ahí fueron incrementando el grado de dificultad en los ejercicios de rastro, hasta pasar al todoterreno e inmensidad del mundo agreste.
Pincho ha venido confiando en su intuición para realizar ejercicios que en sus ancestros eran inherentes a la normalidad cotidiana. Los perros pastores de antaño se sometían gustosos a su destino de campo abierto, y lo normal era trotar en la amplitud de su oficio.
Ahí está Pincho, perfectamente sentado, asumiendo el talante marcial de rigor, muy pegado a la rodilla izquierda del hombre que ya no puede fingir más indiferencia, pues éste está obligado a bajar su mirada al subordinado. “Muy bien, muchacho, me tienes entre rejas, ¿qué te pica?”, habló bajo Kantoborgy cuadrándose también militarmente, con la mirada al frente y cambiándose a una pose circunspecta, como manda el canon de inicio de una acción canina/ humana en equipo. Enseguida añade contemporizador, catalejo en mano y ojo: “No te sulfures más, sosiégate amigo del impulso, convoca a las hembras de tu harem para que se dispongan a un trabajo de envolvimiento en manada; ya sabes, ellas agrupan el rebaño por los flancos y tú arremetes por el centro como nos gusta… ¡A ver si me brindan un digno espectáculo!”.
Pincho paró de trotar y ventea ensimismado sacando una cuarta su cabeza sobre la niebla a ras de piso; él vive en su olfato la vecindad de ganado vacuno. La pampa le supo a acción ni bien se apeó de la jamelga todoterreno de Kantoborgy; el viento frío del norte, amaneciendo en el páramo de la extensa llanura longitudinal de Limpiopungo, le trajo noticias frescas de esos ungulados que excitan su imaginación canina desde que era un cachorrote en el cráter del Pululahua.
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