9/10/17

Entropía máxima

Consumid, consumid, malditos. Esta sentencia nietzscheana que está llegando  a sus picos más altos del Antropoceno, cuando el hedonismo europeo y el sueño americano han hundido al Homo sapiens en su cometido final: acabar con el futuro de su propia especie. La realidad Disney, o mundo feliz XXI, se va convirtiendo en realidad lapidaria conforme palpamos la falsa austeridad que no es la Austeridad que vive el filósofo en sus banquetes de recogimiento, pues, hacer una existencia austera es vivir a tope con lo mínimo, ejemplo, La vida en los bosques, de Thoreau. La falsa austeridad es la degradación impuesta por el desquiciado 1% de la humanidad que se atraganta con el desarrollismo y el sistema monetario que lo sustenta, modelo criminal que ha convertido la espiritualidad de la Austeridad en sinónimo de decadencia del bienestar para el individuo de clase media y sinónimo de mendicidad para el  proletario.


Putrefactos políticos reivindican a la falsa austeridad en aras del equilibrio fiscal y la salvación de la patria, pero no acometen lanza en ristre contra la cleptocracia,  lo que hacen es subir la temperatura de la paila  que abrasa a las masas esclavizadas y freírlas en irreversible miseria física y mental. La falsa austeridad es sinónimo de franco retroceso de la existencia digna, no es sino un pasar miserable por la vida-muerte, una negación del instante en el perímetro de la  estupidización de la especie humana, donde el tiempo-espacio para la contemplación se diluye irremisiblemente cual los glaciares de los picos ecuatoriales, los que otrora albergaban lo que los poetas de la Gran Nación Pequeña denominaban “nieves eternas”.  

El filósofo que predijo el consumismo exacerbado del mono pensante caído en la cosificación, también lo hizo con los holocaustos que desató el racionalismo irracional a trochemoche; los mayores criminales del siglo XX fueron razonables por antonomasia: querían un mundo feliz. Nietzsche, el mismo día de su colapso en Turín, se topó con el caballo sudoroso y de ojos desorbitados que recibía azotes  de su amo, entonces el filósofo del martillo y la dinamita abrazando al equino le pidió perdón por la especie humana que se traga a todas las demás especies del orbe. Esta escena nietzscheana indeleble inspiró la película “El caballo de Turín” de Belá Tarr, que sigue al caballo y sus amos hasta la última consecuencia del extremo minimalismo que preside a la Desintegración que es la otra cara de la Creación. El caballo de Turín, no muestra la acción del mega metraje Satantango, no se llega al paroxismo alucinante de la escena del baile con la música mesmeriana del acordeón de Mihâly Vigo, donde los desquiciados granjeros se embriagan más de lo corriente antes de la diáspora, huyendo de sí mismos dejan que alcohólico demiurgo apague la luz del caserío enclavado en la modernidad medieval siglo XXI, y sea tragado por el barro invernal de la estepa húngara. El caballo de Turín, es extremo minimalismo retratado en veinte y tantos cuadros cinematográficos que encierran los seis días que toma el viaje al blanco y negro esencial del mundo de Béla Tarra: la llanura estéril, al pozo de agua dulce exhausto, la casa de adobe y piso de tierra con dos ocupantes que van perdiendo la gana de comer la papa de cada día (literalmente una patata y sal constituían la sola comida cotidiana). El brioso caballo que aparece en la primera escena, tirando con denuedo de la carreta contra el viento huracanado y la cellisca, se echa a morir días después en magro establo, prediciendo con su actitud de cascos caídos el último rayo de claridad de sus malditos amos. El fondo de El caballo de Turín, no es apocalíptico más bien es el Homo consumericus desapareciendo. 
  
Circulan fotografías espantosas de niños africanos agonizando junto a buitres que aguardan el momento de devorar su cáscara; tanto repiten en las pantallas imágenes monstruosas de inanición, de saqueo, de tortura del Homo sapiens siendo de sí mismo el lemniano bichomonstruo repugnante cadaverófilo furioso, a falta de un alíen que lo sea, que han activado el pasivo instinto  antropófago de las masas. “Danos señor el cadáver de cada día”, es la oración de la humanidad ansiosa de novedades carroñeras. De esto que surgen voces que de repente se escandalizan por la capacidad que tiene el homínido para ejercer  crueldad atroz contra sus congéneres, y se muestran como humanistas atormentados por el dolor del prójimo al par que no dejan de rogarle al ángel monetarista que no los desampare en su afán de adquirir posesiones, y vociferan: ¡No es ético que mientras un infante toma estiércol de vaca en el Sahel, a falta de agua potable, hayan seres humanos que se preocupen por la extinción de tortugas, bisontes, lobos, rinocerontes, tiburones martillo…¡

Tamaña candidez aún pervive en humanos que se han culturizado en las pomposas instalaciones de las escuelas de la estupidización. Enigma: ¿quién es el que ha montado reales purgatorios en un planeta que lo tenía todo para que su ocupante Homo sapiens sea moderadamente dichoso? En los primeros sesenta años del siglo XX se exterminó al 99% de los individuos de la ballena azul, algo así como 360.000 ballenas, que a un promedio de 200 toneladas de peso dan más o menos 72.000.000 de toneladas de carne viva, y si esto dividimos para el peso promedio de un ser humano, digamos 70 kg., tendríamos el peso de algo más de mil millones de humanos. ¿Exageramos? Hagan sus propias cuentas, sin sentimentalismos, pertenecen a una especie inteligente para calcular. La cuestión es, acaso el exterminio de la flora y fauna prístina por parte de élites desquiciadas, sirvió para abolir la miseria de los seres humanos desposeídos de futuro: ¡No!


En Japón -y en otros países desarrollados en fuegos fatuos, subdesarrollados de espíritu-, se embodegaron y se siguen acumulando montañas de carne de atún azul y otras especies marinas para que los gastrónomos del mundo degusten sushi -fuchi-, y similares delicias acuáticas durante los próximos veinte o treinta años, cuando los precios del menú de la gastronomía de la extinción únicamente estén al alcance del bípedo cleptócrata. ¿El elefante, el oso, el tiburón, la morsa, la pantera, etcétera, tienen que ver con el destino de las personas que se alimentan de tortillas de barro porque la tierra se volvió estéril debido a la  deforestación que lleva en su genoma el progreso para la entropía máxima o destrucción indiscriminada?: ¡No!