7/7/17

Ecos de Berdog


Con Berdog, oriundo de las tierras altas de Escocia, bastó que me describiera los bosques de coníferas de su cuna y los verdes acantilados de su adolescencia, que me cuente de los lagos cobijando fábulas de fieras antediluvianas, para trabar amistad a muerte. No hubo alguien conocido por ambos que nos introdujera, fue en el cóctel de presentación de maquetas de viviendas fotovoltaicas, Residir en la Tierra.
“La casa de uno debe ser templo del ocio sustentado por la energía solar, donde hacerle el quite a la rutina desarrollista sea placentero, en el que el tiempo sirva para disfrutar del espacio minimalista de los dormitorios, salones… Señores, amplias zonas de circulación en vez del horror vacui que oprime. Ya libres del fragor de la bestia humana tirando para delante su podrido desarrollo, tengamos al menos cuatro árboles que den imaginación al descanso, que sean ramosos para ser dignos de llamarse palos de sombra. No exageramos en las maquetas poniendo allí cedros del Líbano, bellezas mediterráneas orientales que no son endémicas de nuestra parcela de planeta, sí hemos plantado la saponácea gallardía del chereco, pues, un bosque de coposos cherecos ocupaba este lar.”, decía en lo principal el tríptico del proyecto Residir en la Tierra.
—Mucho gusto, soy Anarquista Utopista y, por magia de esta exhibición, tengo un magíster en mercachiflería… ¿Usted es Ingeniero Ambientalista?
—Encantado, soy existente… profesión: Existente Vividor.
Berdog, rápido se hizo eco de mi burla hacia los individuos que no son capaces de quitarse del título de su profesión en la actuación de cada día, aquellos que se sienten desnudos si no oyen pregonar su bendito grado en el termitero. A la industria de la nada le encantan los títulos doctor, ingeniero, economista, etcétera, están de moda de la mañana a la noche, aunque la especialidad que enriquece hasta desquiciar al bípedo depredador de la ingeniería fiduciaria sea robar a trochemoche a cuenta del progreso. Para ser un capo rentista, un gran ladrón de hojas tristes, solo hace falta la voluntad y oportunidad de serlo. Un gran ladrón requiere de convicciones inquebrantables, ama a su oficio, es un profesional a conciencia mientras que la abrumadora mayoría de profesionales no aman a su oficio, no son profesionales sino peseteros, cualesquiera fuere el título que les han endilgado por los años de encierro en las jaulas de los Centros de Alienación Superior.