1/6/17

Entre magia ancestral

Café Vía Tarot


—El maestro no hablaba de su familia… “Todos me dieron puerta, 9-11”, me comentó lapidariamente alguna vez viniendo a ser la única referencia que tengo de sus parientes. Nos hicimos panas del alma desde que me cupo la suerte de auxiliarlo con la ambulancia Pegaso, como llamo a mi instrumento de trabajo del 9-11. El hombre, tras una marcha alcohólica que lo puso a bailar con la parca, terminó en los lomos de Pegaso y por las atenciones oportunas del paramédico volvió al mundo de los vivísimos… por eso incluso en la dedicatoria de un par de cuadros me llama así, 9-11. A la verdad, las anécdotas que tengo del maestro son divertidas y algunas alucinantes como esa que ya le conté del secuestro que fue objeto por parte de un incógnito padrino colombiano para que le pinte en exclusividad cuadros taurinos en una mansión ultra lujosa refundida en paradisíaca cala privada del Caribe. “No vea los servicios por lo alto que me brindaron, puedo afirmar que fueron las mejores vacaciones cinco estrellas pagadas de mi vida. Hazme el favor, 9-11, con un encierro de ese calibre no se necesita para nada del Síndrome de Estocolmo”, resumió el maestro de los seis meses que duró el secuestro. ¿Qué no le pasaba al maestro en su agitado devenir de artista? Me consta que era un epulón, o como él mismo decía presintiendo que el corazón no aguantaría mucho su trajín, “me trato a cuerpo de rey gotoso, hasta el infarto masivo”. No le faltaban clientes de Mercedes-Benz, y con el billete que recibía se daba al banquete de los filósofos, en esas instancias tenía raptos de generosidad con ciertos amiguetes que lo frecuentaban para aprovecharse de su arte, conseguir una minucia gratis de él era relativamente fácil, y los giles que salieron con sus pinturas apenas falleció las pusieron en venta, son gente despreciable que tienen cerradas las puertas de la percepción, penetrar en el otro lado les está negado. En todo caso, merced a los dioses anarquistas de la creación -palabras suyas-, la gran obra de Niaupari está en manos de la secta de los contempladores. Tuve la fortuna de que el maestro conectó con mi sueño de montar Café Vía Tarot, le participé de mi intención de crear un lugar para activar los ojos atléticos de la poesía de Hölderlin y fascinó con la idea… —Decía Xavier con cierta nostalgia que cedió a la risa, no había espacio para la tristeza frente al cuadro de Los danzantesde Pedro Niaupari, que fue develado sin aspavientos, pero sí con la alegría que trajo inesperado giro meteorológico, creando un ambiente despejado y calentito. Se agradece providencial primavera vespertina después de una mañana cerrada, otoñal.
“¡Ya es hora… ya es hora, zoquete!”, chilló potente y nítido la lorita pirata del patio de los naranjos en flor, parecía que de alguna manera las dos personas ahí reunidas aguardaban esa señal para arrancar la tarde con oficio. Xavier dio un bufido de satisfacción y corrió al pequeño “bar del peluquero” hecho del cedro colorado que refulgía alegre junto con las dos sillas de peluquería que le dan el nombre. El perentorio aviso de Chachi disparó un resorte en su cuerpo. Al cabo estuvo de nuevo en la mesa rustica de ciprés, ubicada en un claro de baldosas color ladrillo en mitad del patio. Nuestro mostrador de observación era angosto y con forma de medialuna. Se acomodó relajado en el extremo opuesto al mío dejando amplio espacio para la botella de whisky y las rebanadas de pan de orégano y patacones para picar.