Las ruinas de Galadriel

Ente Racional

Así lo viene denominando porque fue como se presentó desde el primer contacto, “soy un ente racional sin nombres ni apellidos cristianos, puedes llamarme como te venga en gana, mas una vez que lo hagas sólo lo harás así…”. Y no se le ocurrió mejor cosa que nombrarlo de esa manera para no confundirlo con un ciudadano cualesquiera que se llame Alberto, Pedro o José. No sabe nada de sus señas particulares desde que entraron en un intercambio cognoscitivo anormal, extraordinario, y por su modo de hablar desenfadado, caribeño, no puede adivinar su fisonomía, o no hace ningún esfuerzo por saber qué tipo de forma Homo sapiens le corresponde (si es que le corresponde), así que le sienta estupendo su nombre abstracto, como para no perder el tiempo imaginándolo en sus tareas cotidianas con la biociencia. Ente Racional exigió exclusividad en la aventura que promociona íntegramente en Kantoborgy, proporcionándole una pensión monetaria regular, liberándolo de toda preocupación en lo concerniente a realizar trabajos insulsos en este mundo. Merced al Ente Racional es un becado de la aventura, eximiéndose de exhibirse con ningún tipo de bandera y/o logotipo de casas comerciales, nada de chompas forradas de letreros para la risa fotogénica de cocodrilo en escenarios montados para la ilusión óptica, pues en realidad son instalaciones espantosas hechas para el lucimiento de la decadencia perioverborrea. Este compromiso que tiene con lo extraño hizo que no piense en comerciar los relatos de sus viajes en pos de lo inútil, olvidándose de las pantallas y los micrófonos de los muertos de hambre de curiosidades, remitiéndoles a los imagólogos que buscan su “opinión” a que sintonicen radio-libre Marañón, que no es un medio de comunicación sino un destino de la comunicación.
En apariencia, Ente Racional, lo único que pide al gótico es que utilice prolijamente los productos de la biociencia que le viene proveyendo para su cometido anormal. Nada de lo que remite Ente Racional se encuentra en el mercado común de múltiples productos para sufrir el montañismo extremo. “Tranquilízate, no te hagas nudos sobre su constitución y alcance, usa el equipo que te mando a reventar y bríndale tu esfuerzo a lo que podrías llamar milagros de la biociencia…”, le había dicho su patrocinador en tono jocoso.
Ya dejó de ser un presentimiento, puede sentir que esos prototipos de la biociencia lo están induciendo a un salto biológico irreversible, es decir a una mutación kantoborgyana sin parangón entre los góticos. Así lo ha venido palpando desde que somete esos inventos a la prueba de rigor en vivo, aprovechándolos sobre la marcha de sus afanes escaladores y, regresando de su fatiga, ha reportado verbalmente al Ente Racional la ventaja que les sacó, jamás ni una palabra ha quedado asentada en la modalidad escrita porque está proscrita entre ellos dos. Obviamente, esa suerte de resumen verbal que hace de sus exploraciones, viene a ser una parodia fugaz de su experiencia sensorial en situ. No obstante, sus apreciaciones surrealistas de lo inexplicable, le han bastado a su proveedor de material para sus aventuras, y éste continua avante subvencionándole aunque no haya intención alguna de plasmar una teoría científica al respecto de su evolución psicobiológica.
El profesor Duvolosky, pena por obtener una pizca de ese equipo de escalar que le ha llegado a su mente a través de lo que puede filtrar del lenguaje de altitud (difícil de captar su esencia para alguien que no ha experimentado la soledad del montañero, sino únicamente la del montañés callejero, la del montañés playero, etcétera). Duvolosky literalmente pega sus oídos en el dial cuando se emiten los diálogos entre Castro y Kantoborgy. Tiene debilidad por los “misterios mayores”, su entretenimiento existencial es sospechar dónde los puede explotar, por eso el domo del Panecillo está bajo su lupa de ufólogo, es su obligación investigar ahí desde que la herpetóloga Gitte liberó en el mundo noctívago el fenómeno que responde a las siglas ES, Espaciales Saponáceos, que es una suerte de rapto o abducción de sapos y ranas de la amazonía por anfibios galácticos inteligentes que no quieren saber nada del Bichomonstruo cadaverófilo repúgnate atroz (como lemnianamente es denominada la especie humana por parte de la científica danesa afincada en la cuenca media del río Napo). Duvolosky quiere y debe investigar “hasta dar con la última verdad tras la apariencia de terrena excentricidad del domo del Panecillo”, tiene olfato para lo extraño y de ahí el salto a vislumbrar inteligencia alienígena es cuestión de inercia. Tiene en la mira al puñado de hombres que pueden ingresar a la hermética mansión de Castro, se desvive por hacerse invitar a ella pero la visa de entrada a las madrugadas de los cuartos de Marañón no le arriba. Castro se ha encaprichado en no invitarlo a pasar a su dominio aéreo, como si le divirtiese ese estado de sospecha en el que se mantiene ante las orejas de un Duvolosky impedido de ver en el interior del domo del Panecillo. No obstante, en días pasados, ya le prometió al profesor Duvolosky que cualquier momento le abrirá las puertas de su nave para que investigue hasta en los recovecos de sus instalaciones. “Eso sí, mi querido ufólogo, no me hago cargo de que usted se infarte, ya sea por toparse de frente con lo alienígena o por sufrir un desengañó rotundo al comprobar que no soy más que un vulgar Bichomonstruo cadaverófilo repúgnate atroz”.   
Kantoborgy lamenta no estar en condiciones de colaborar en serio con tan jocoso personaje del subjetivismo extraterrestre, se lo impide una cláusula inviolable de su contrato verbal de mutuos servicios con el auspiciante de su empresa mutante, y no puede más que ser leal a tan magnífico mecenas, venga de donde viniere. En todo caso le está permitido hablar de las aventuras que tiene con su equipo extraordinario de montaña como si se tratase de una fábula. Cuando el da cuenta de sus aventuras concretas fabula, está recreando en otro tiempo y espacio lo que le sucedió y vivió en tiempo tal y un lugar tal, por eso hasta los perioverborreos que se empeñan en no salirse un segundo de la “realidad” son los más fantásticos a la hora de decir la “verdad” desde sus escenarios para la imagología que encapsula a las masas. Si diera especificaciones concretas de su equipo, por ejemplo, la tienda que se adhirió molecularmente a declives dantescos en el volcán Cayambe, y, por añadidura, dentro de ella levitaba, nadie se  creería eso textualmente. Si él le diese la Grizzli 13 a otro montañero para que haga lo mismo en tal o cual pico de miedo, no funcionaría en absoluto, son diseños creados exclusivamente para Kantoborgy, de ahí su identidad psicofisiológica con el único usuario.                    
Se aparta del lecho del cañón que abriga en su centro un canal de agua cristalina producto del derretimiento de los neveros colgantes y glaciares del volcán, vertiente que se desborda y se torna lodosa con las tempestades, terminando en una cascada al desfogar en la planicie. Caída de agua que otrora, en una mañana de viento y cellisca impenitentes, en la que Lovochancho resignó su deseo de meter las narices en las ruinas, la comparó con la fogosa melena chocolate de su Adelaida Matute. Asciende por una rampa de arena gris compactada, adornada con grandes piedras cubiertas por musgos que precariamente las sujeta en el plano inclinado, formando una trampa para el caminante desprevenido que aspire a sujetarse de ellas para ayudarse a subir la cuesta, éstas cederían al vacío apenas se las hale o empuje. Una vez que alcanzó la arista musgosa, advierte las huellas frescas de lobos de páramo, en adelante hará notar su presencia a los cánidos para que reconozcan al peregrino de las ruinas de Galadriel.
Aúlla, humanamente, aúlla.
Conforme se adentra en territorio de su señora Galadriel, mimetizado en la nube traslúcida, relaciona que la soledad de este ingreso lo mete en el ritual inherente a la velación de armas. Bastaría un Homo sapiens más en el ambiente para hacer de su despida un fracaso. Velar las armas ante el derruido fasto de Galadriel, en una cota próxima a los cinco mil metros de altitud, exige recogimiento y un mínimo de ayuno; no viene a padecer de inanición, nada que perturbe su nocturna guardia de las murallas es bienvenido, pero sí limitará sus alimentos a frutos que laven su sangre. Esta suerte de apenas comer en la altitud, lo hace propenso a fundir su mente y su cuerpo en el reto de una pared; asume que esta modalidad del mínimo alimento para el máximo esfuerzo, le viene de un genoma que comparte con egregios escaladores como el señor Olegario Castro. De hecho, el personaje que lo motiva a que escale, taxativamente hablando, como un geko, le participó que se ha tomado el trabajo de hacer estudiar su genoma en pro de la biociencia (¿dónde y quién o quiénes lo hicieron?: misterio), y dicha investigación concluyó que tal don de forzar sus límites en la naturaleza inhóspita está escrita en sus genes.
Somos una república de células en acción coordinada para poder rendir más que ayer. Entonces ya tenemos el genoma Kantoborgy superando al genoma Messner y al genoma Castro. Nos place que la biociencia establezca que nuestro genoma pertenece a la elite de los que han evolucionando a la cabeza de sus ejércitos de diminutos, lejos de los autómatas retrocediendo en la vanguardia de la estupidización.