La soledad del murciélago

(Fragmento)

“Ayer, en el palacio de Guápulo, a hora incierta del posmeridiano y con premeditado hermetismo, se hizo efectivo el fin de Salvador Pineda Pinzano, marqués de Olivares y Yaguarzongo. Sus restos mortales fueron reducidos a cenizas y echados al viento crepuscular bajo el riguroso secreto exequial que imprimió Pastor Camacho”, no le hubiese disgustado esta inédita variante de nota luctuosa para que se  exhiba en los medios.  No obstante había que ser práctico y mediante conversación telefónica, él mismo, a través de la voz de ultratumba que le dio al Licenciado en Letras, Pastor Camacho, participó el particular al solo hombre digno de recibir esta novedad. Quedó al buen criterio de Olegario Castro la forma de hacer público el deceso del marqués, a través de las ondas largas de radio-libre Marañón.    
Frisando la cincuentena falleció el marqués. Estuvo a punto de arribar al día que había dicho quería festejar con multitudes volcadas al festín dentro de las murallas del palacio de Guápulo. Más allá de la costumbre de pasar desapercibido en su cumpleaños, había amenazado que iba a celebrar el quincuagésimo onomástico del filántropo con fasto y derroche, incluyendo una representación del aclamado teatro musical de La vaca loca, y teniendo como invitado de honor del banquete al barrio entero de Guápulo. Así lo asentó en los cuartos del domo del Panecillo: “Si llego a la cincuentena, amigo Olegario Castro, la edad que tú enalteces llamándola la flor del conquistador de lo inútil, ahí sí voy a botar el palacio de Olivares por la ventana del pueblo soberano...”. En todo caso, la desaparición de Salvador Pineda Pinzano, no debe truncar la idea de homenajear a la edad de la flor del conquistador de lo inútil. Olegario Castro, siendo perspicaz como es, sabrá hacer realidad el deseo del difunto de festejar por lo alto su cincuentena, recursos para ello no le faltarán siendo el heredero de su fortuna material.  
El filántropo aun ayer por la mañana sumaba a su imagen pública, se exhibió rebosante de salud en el evento donde se materializó una más de las donaciones que hacía a instituciones que velan por los desamparados sociales de La Medusa Multicolor, ciudad insaciable. Cuando se veía ante el espejo del noble contribuyente, y detrás de él asomó la faz del murciélago haciéndole una mueca de se te acabó la cuerda callejera, el filántropo muy campante soltó su estribillo cotidiano mientras el mayordomo Eliseo le calaba por última vez la chaqueta deportiva: “Hay que dar al prójimo en vida del marqués, hermano murciélago, en vida del marqués…”.
Más que un acto sentimental, fue un placer despedirse así del género humano, cumpliendo con el altruista como si nunca se fuese a morir. Este generoso antecedente se aquilatará mañana ante los ojos de las muchedumbres, ante las orejas de la clase media para arriba, y pondrá a mascullar maldiciones en los labios rosados de pudientes y seudopoderosos que no se resignan a que seres extraños transformen mañana sus posesiones en olvido, y hagan polvo y ceniza de sus perfecciones. El cronograma previo a la defunción se ejecutó con precisión y a cabalidad, su adiós a la sociedad fue programado para que se dé en la cúspide de la humanidad del marqués, proporcionándole una pincelada maestra lo intempestivo de su desaparición. No faltarán bronces levantados en honor del filántropo, estatuas grises que se verán matizadas con el colorido excremento de la avifauna urbana; no faltarán calles y avenidas con el nombre del marqués que en vida se negó rotundamente a ser objetó de ese tipo de homenajes lapidarios y epónimos. En todo caso, lo que suceda póstumamente con la figura del último de los Olivares y Yaguarzongo, no incumbe más al murciélago. El marqués sacó provecho de su juvenil popularidad, le bastó mostrar su porte y garbo en las tribunas electorales para ser elegido Legislador Nacional de la República del Ecuador, ubicando en lo alto del pabellón del congreso -tres veces consecutivas- los colores de la bandera del Movimiento Utopista Anarquista y su emblema: “Humanos mutantes unidos contra el peligro maquinista”. Como su intención no fue competir en serio con las otras fuerzas políticas por el solio presidencial, provocaba cierta simpatía en sus contrarios por hallarse fuera de las luchas doctrinarias y ser un auténtico subversivo. El MUA era contradictor de la modernidad desarrollista reinante, su discurso era el del adolescente de toda edad, raza, color y posición social que mostraba la frustración de su ideal de lograr una civilización integrada a los valores de Gaia, y, por básica higiene, estaba aislado del resto de partidos políticos. “Mucho gusto, su merced el marqués, soy del ala derecha”, se presentaba el señor de camisa azul. “Encantado, compañero filántropo, soy del ala izquierda”, saludaba la señora de elegante traje fucsia. El marqués, poniendo cortés distancia con aquellos que se tragan el pastel terrenal a partir de sus respectivos polos, para luego emboscarse mutuamente en el ecuador de sus miserias, correspondía así: “mis respetos, gran jefe del ala derecha, soy anarquista utopista”; “mis respetos, gran jefe del ala izquierda, soy utopista anarquista”.     
Fue grato ver que lo que taxativamente proponía el MUA, lo habían implementado un puñado de ciudadanos en Remoto, éstos superaron la era del alquitrán y la producción de montañas de chatarra; tuvieron el coraje de abandonar su condición de callejeros desalmados, de hombres absorbidos por la información alienante, poniendo tierra de por medio con la constante creación de necesidades absurdas. En la pluviselva vino a dar con la práctica del Movimiento Utopista Anarquista, con el sujeto que reivindica lo fundamental para la potenciación de su pensamiento en un cuerpo expuesto al peligro natural, pues, el peligro artificial, las labores mecánicas, deben quedar para los androides.
El líder fundador del MUA gozó de corriente aceptación ciudadana, al tenor de las encuestas del programa televiso estacional Ni quito popularidad ni pongo a nadie en el poder, pero jamás aceptó postulación alguna a primer mandatario. Salvador Pineda Pinzano, se escudaba en su ideología para no correr en la maquinaria de las elecciones presidenciales del trocito de planeta llamado Ecuador, acogiéndose al marcado ideal que predicaba en el viento. “No me va a alcanzar la vida para convencerlos de que se resistan a ser fantoches en aras de ser mutantes, y así abandonar la especie que el humor lemniano la mandó a fosilizarse en un museo de lo monstruoso galáctico”, manifestaba jocoso ante los ansiosos enviados de los medios, cada vez que se convocaban a elecciones libres y soberanas para elegir inquilino del palacio de Carondelet. Era de alivio constatar de que el pueblo soberano no lo entendía pero igual lo estimaba haciendo caso a la sana envidia de su corazón, preguntándose: ¿Cómo un hombre enquistado en la cumbre de la pirámide social hablaba de liberación del yugo consumista, encarnando él lo que las masas sueñan con ser, o sea estar en condiciones de embutirse de bienes y servicios hasta el colapso del cuerpo febril? ¿Qué es esa locura de mudarse a un mundo dionisiaco, salvaje-pensante, cuando lo que tenía que hacer es tragar a lo hombre en tierra y no andar cazando utopías anarquistas?
Ningún mortal se enteró de que el marqués renunciaba a sus legítimas aspiraciones presidenciales por incompatibilidad con el mandato del inalienable murciélago. Había un tesoro aguardando en el árbol elegido, más allá de Salvador Pineda Pinzano. Aquél estaba dotado de carisma e inteligencia insobornables, hipnotizaba al más ducho de los analistas políticos, no se diga a los aprendices de recitadores que no sospechaban el porqué del respeto reverencial que les inspiraba el ahora difunto. Cierta lumbrera del rectángulo televisivo y de la comunicación vía embudo, lo bautizó en su programa invernal, Abracadabra, para no dormirse, como el Califa de Utopía. “Muy halagado por el mote de las mil una noches que me acaba de endilgar, pero me basta y sobra con el Moncho que firma la literatura que circula en el ciberespacio de Bípedos Depredadores, a ella me remito y lo remito a usted si quiere conocerme”, había replicado solazándose con ese juego civilizado de palabras, uncido a la risa del anarquista más alegre del perro mundo político ecuatoriano.
Hace pocos meses (antes del viaje a Remoto y la consecuente revelación de la aurora del murciélago), el altruista acudió al centro de rehabilitación integral Vida Lenta, ubicado en las faldas surorientales del Atacazo, dentro de un bosque de eucaliptos aromáticos, para inaugurar la sala de lectura y biblioteca virtual “Ernesto Sabato” que él costeó. Allá se encontró con una hermosa edificación campestre, amplia y bien iluminada por extensos ventanales con vista a minihuertos de hortalizas. A esa catedral de la imaginación para el conocimiento, se la implementó con todo lo necesario para que los internos de Vida Lenta amen leer literatura que se ha cocinado a fuego reposado, hecha para el lector atento y desocupado de la vía rápida. A este tipo de inauguraciones culturales jamás se aburrió de asistir, y no le faltaban palabras para definir su aporte a la lectura pasible, de renuncia a lo fácil con el propósito de despertar fuera edulcorantes. “Nuestros libros de autoayuda deben ser, por ejemplo, Bajo el volcán, de Malcom Lowry...”. Tras sucinto discurso procedió a entregar el primer libro electrónico a las manos del representante de los inquilinos de Vida Lenta, un hombre joven pero de venerable plantaje quijotesco, quien para probar la dureza del libro biomimético conteniendo el germen de la creatividad, lo aventó contra el suelo y la cosa revotó indemne como si fuese de caucho. “Digamos que usted encarna la metáfora de la irreductibilidad de la lectura pausada de los clásicos frente a la lectura veloz de los simples”, manifestó el joven de porte caballeresco, el mismo que auguró que Salvador Pineda Pinzano se iba a quedar así tal como estaba ese rato, que no iba a cumplir cincuenta años nunca. Esto suscitó la celebración de los concurrentes al ver la alegría que provocó en el aludido. Por razones que sólo conocía el filántropo, fue el que más festejó el augurio del primer lector de la biblioteca virtual Ernesto Sabato, y respondió exclamando con gracejo: “¡Que la virgen de El Cisne te oiga, mi joven amigo, ya no me falta nada para ello!”. Así fue para enhorabuena del murciélago y para sorpresa del hombre que se enterará que adivinó cualquiera haya sido el sentido de sus palabras.
Pastor Camacho, dentro de unos días, pasará a ser el fantasma que hizo cumplir los designios de Salvador Pineda Pinzano. Ante la ley, éste receptó los restos mortales del marqués y, después de haber devuelto a la materia la cáscara volátil del difunto, a su vez se esfumó sin dejar rastro alguno. Pastor Camacho, fue el ciudadano que inventó en regla y con prudente antelación a su fulminante deceso. Fue una farsa deliciosa, qué a gusto y cuánto esmero y genio le puso a la representación que hizo del hombre de confianza del marqués. Pastor Camacho, Licenciado en Letras -tal como se leía en su tarjeta de visita y firmaba en sus escritos, y de este modo se anunciaba de viva voz de ultratumba ya sea por teléfono o  personalmente-, parapetándose en la identidad adquirida con billetes depositados a la cuenta de un anónimo y eficiente Ingeniero en Reencarnaciones, se paseó por la zona rutilante de La Medusa Multicolor con el impecable disfraz de lánguido y elegante albacea de otra época, de otro planeta. Cómo no gozar de esa farsa compuesta por un solo artista. Él moviendo a los actores en el gran escenario kafkiano de los trámites oficinescos; Pastor Camacho aparentando saber tanto del marqués como de sí mismo.  
Con el sol mañanero se levantará el sigilo del testamento de Salvador Pineda Pinzano, y, sus herederos, amanecerán ya siendo los beneficiarios de la fortuna del último noble perteneciente a la estirpe de Olivares y Yaguarzongo. Cuestión de unos suspiros de alivio y una dosis comedida de felicidad fue la volatilización de la cáscara del ausente. En un acto simbólico imprescindible, el murciélago le rindió homenaje a los dos metros cuadrados de piel anarco-cristiana del hombre, a falta de la cremación procedió a dedicarle unos minutos de silencio, arrobado por el trino crepuscular de los jilgueros convocados en la copa del podocarpus para cantar el adiós. La sencilla ceremonia constituyó un hito para señalar el antes y después de la remoción total de la piel del marqués, que acudió intacta al sacrificio. Aunque un hombre tienda a la longevidad, se arruga y encoge delatando la fragilidad del cuerpo, sinónimo del tiempo exterior pasando. El hombre sufre la decadencia de su epidermis porosa, tan táctil como sensual, que lo ha hecho esclavo del deseo, pero si es sabio acepta que ha sido un soplo de la vida planetaria y que el retorno a la inocencia es la muerte de cada día. En él, a los treinta años, se detuvo la cara externa del tiempo reflejado en la piel humana, pero de hecho su juvenil y atlética figura mediterránea ganó en gravedad: rostro oval y rubicundo, frente ancha, mirada celeste, labios carmesí carnosos, bigote revolucionario, cabello pelirrojo pegado al ras de la noble calavera dolicocéfala. Ese garbo natural inyectaba subliminalmente la noción de salud a los durmientes que se cruzaban con él; salud que es una realidad en artistas conscientes de que han nacido y morirán adolescentes, creando y aprehendiendo hasta el aliento terminal.
La voz de ultratumba del Licenciado en Letras, Pastor Camacho, frente a la voz conmovida de Olegario Castro, le anunció vía telefónica, minutos después del crepúsculo, el fallecimiento e inmediata cremación de los restos de Salvador Pineda Pinzano. “Se nos fue el marqués, un hombre debe andar ligero de equipaje para irse de muerte súbita… Así que vos puedes manejar a tu albedrío esta primicia, así lo dictó el finado. Te participo esto ya concluidas las honras fúnebres de nuestro amigo y señor, las que llevé a cabo con absoluta discreción, apenas llegando la noche del día escogido por la Parca para apagar su luz entre los hombres, cuales alegremente lo encumbraron a semejanza de un héroe destinado al bronce que en vida rechazó...”.
La voluntad exequial del marqués incluía el misterio de su muerte, es decir de cómo y de qué falleció sólo le incumbía a él y al factótum encargado de la evaporación de la cáscara. Allá los suspicaces que quieran devanarse los sesos pretendiendo las respuestas, las que nunca obtendrán razonando, mejor deberían usar la imaginación no para entender lo que les está vedado sino para tratar de hacer de ello una obra de arte, quién sabe así alguno dé con una novela de fuste habiéndole inyectado al hecho la dosis ecuánime de terror cósmico. Salir del bípedo parlante fue más que meticuloso poner en orden papeles, había que colocar el sello de garantía de los Olivares y Yaguarzongo para que todo el proceso mortuorio que se dio, además de cumplir el deseo explícito del difunto, sea legal a los ojos ciegos de la ley, y a los ojos nublados por la contaminación ambiental del transeúnte de La Medusa Multicolor. Vaya que es legítimo y loable desaparecer tal cual lo disponga el afectado de esta suerte ineludible, haciendo un ritual que no tenga pizca de trasnochado. 
Detrás de la farsa mortuoria estaba el verdadero motivo que lo tiene a punto de vuelo amazónico, le vino natural zafarse de los apegos humanos que lo detenían en su palacio de Guápulo, donde el marqués fue paradigma de romántico criollo, neutralizando al cosmopolita que dejó de viajar fuera de la república que nombró la línea equinoccial, desatendiéndose de empaparse, en situ, hasta la náusea, de cómo explotan los recursos perecederos de la Pachamama otras sociedades frenéticas por mantener la riqueza miserable del parásito productivo. Con la defunción de Salvador Pineda Pinzano se sepultó también a la estirpe de los Olivares y Yaguarzongo, al no dejar éste descendencia alguna sobre el perro mundo político ecuatoriano, cosa que resultaba incomprensible para la gente que abona la superpoblación humana con el sentimiento de que sólo se vive a través de la felicidad que da tener y criar vástagos, y más tratándose de un aristócrata lleno de dones y mucho capital como para ser el patriarca de un clan poderoso. Cierta vez el insigne perioverborreo, Watson Perales, en su programa  bimensual de gran impacto social, Para no desgastarnos, le pidió que explique al público televidente (ávido de conocer porqué no regó de cepas de Olivares y Yaguarzongo el mundo de La Medusa Multicolor) eso de que por “innata incompatibilidad” no ha sido padre, y el marqués contestó muy ufano, acorde con su ponderada excentricidad: “La cosa es razonable… mi estimado Watson, no hay nada de raro en aquello, mi genoma de mutante salvaje es incompatible con el genoma del fantoche que ha suscitado el fenómeno de la rebelión de las masas orteguiano”. Lo que era su íntima verdad –la incompatibilidad de su genoma de murciélago con el genoma humano-, la buena gente, lo transformaba en fábula y sustento del legendario humor del aristócrata, y él de buen talante proveyó ese anecdotario hasta que llegó la hora del silencio luctuoso al palacio de Guápulo.