Remoto

Amanece en Pelancocha. La diminuta aldea se despereza recostada sobre el claro de selva, desatendiéndose de la mortal batalla que los habitantes nocturnos dieron por finalizada entrando la puntual luz ecuatorial. El conjunto de bohíos va tomando los colores que encienden la paja gris de sus techos, viniendo austero a la luz lacustre, acomodándose en el armónico caos que lo circunda dentro del extenso paraguas vegetal que es la amazonía.

Silverio Coquinche habrá amanecido ambulando por los senderos del territorio de  la comunidad Puca, remarcando los límites de su influencia espiritual, y así cumplir con el rito que le exige su rango mítico: luchar la vida entera con los demonios que cíclicamente atacan a los de su estirpe, pues, aquellos vienen a ser en la leyenda (aunque con los matices que él les da con la proyección de su personalidad), los mismos entes malignos que enfrentaron sus antecesores derrotándoles pero sin vencerlos a perpetuidad, siendo que mientras respire un chamán deben pulular los diablos que le disputen su égida sobre la selva virgen, si no de dónde se alimenta su gloria y poder. Desde que obtuvo la ancestral sabiduría que lo llevó a ocupar el banco de jefe espiritual, es el hombre más influyente de la comuna Puca; y no va a delegar su poder mientras no llegue un aspirante a chamán a su altura que lo demande, alguien tan arrojado como lo fue él para ser el sucesor del finado Pacha, su abuelo, el que le inculcó el arte de su casta pasando por encima de su padre que vino impotente para ser uno de ellos, apartándose éste del sacrificio que implica el duro oficio de fabricar magia y mito. No es cosa de simple voluntad, se debe nacer con los genes de un chamán y luego investirse de tal desarrollando un cuerpo fuerte y una conciencia poderosa.

Clareando, el combate de los animales noctámbulos, cesa. Los guerreros sublunares se vuelven a sus madrigueras a reposar la noche de cuchillos blancos, el orden diurno entrega la posta de la vida bullente a los mensajeros solares que entran en volandas, sonoros, a los oídos de los residentes de Remoto. La selva entera emite un graznido anunciando la batalla del mundo vegetal por ascender a la luz. El bosque mira esperanzado hacía arriba, billones de bocas vegetales se estiran clamando su ración vitamínica, su rayo de sol, esa dosis energética que les debe la creación. Bajo el manto arbóreo, a la sombra de los gigantes apuntando al sol, no quedan vestigios del terror de la cacería nocturna de los carniceros. La selva amanece deshabitada sobre su piso claroscuro, donde yace la hojarasca en constante putrefacción, siendo el usual menú de la frágil tierra arcillosa que sirve para entrelazar, a flor de suelo, las precarias raíces del bosque tropical más extenso del orbe.

Trepando a la luz el bosque se hizo gigante. Creciente trinar se abre paso por los oídos del novato remontando la confusión de un sueño que lo presentaba con paños menores ante carnosas mujeres en aquelarre, dentro de un carnavalesco Ministerio. Un sueñito entre jodido y chistoso, el último de la jornada onírica, prevalecerá sobre otros que a lo mejor fueron superiores en contenido y forma. Durmió de largo, apenas había pegado dos caladas del Full Speed y lo llamó Morfeo a su huerta privilegiada. Ayer cerró la maquinaria del consciente rumiando palabras de amor a la musa de Catacocha; ahora las recuerda con precisión, así sabe que nunca las repetirá frente a ella para que ría con su ocurrencia y a lo mejor le suelte eso que le decía Teresita medio sentía que él se apartaba de la normalidad de las Bienaventuradas de Loxa, “…no sea loco, ¿quiere?”. Está demudando en la lucidez que precede al doloroso despertar de huesos y músculos, tal descarga melodiosa penetrando por las rendijas de sus aposentos lo despejaron de su placer y vergüenza onírica; cree que promediando el sueño de él, cuasi desnudo, frente a sus alborotadas compañeras de Registro y Control, escuchó también rugidos espeluznantes provenientes de la espesura. El popurrí de los pájaros lo saca del mosquitero, sopesando humedades tiernas se incorpora del rechinante lecho, pisando suave sobre el piso de caña guadúa halla sentido a ese decir que tenía Papa Beto cuando fustigaba a la juventud que es indiferente a la flora y fauna de los pisos biológicos virginales: “Los que no han recibido bien la temprana lección de hablar en privado con natura crían, inexorablemente, mixomicetos dentro de la mollera”.

Con los pies desnudos por el suelo crujiente echa en falta la mullida carpeta del cuarto de arriendo capitalino. Avanza moroso a la rutina de aseo, las plantas de los pies perciben la porosidad del reducido espacio de la cabaña que está hecho de losa para sostener los dispositivos higiénicos; frente al pequeño espejo hundido en la redonda artesanía de balsa que simula un timón de fragata, se percata no habrá más baños de sacrificio con el frío líquido de tierras altas, se limpiará con el agua tibia que le brinde Pelancocha. Contempla el rostro angulado, se palpa la quijada prominente de los Samaniego, la que largos años espera a criar otra vez la barba, no lo ha hecho desde que promediando el año de graduación secundaria ensayó una rala chiva que no cuajó a su antojo, pues, quería una larga y tupida para sobresalir en las fotos junto a los imberbes camaradas bernardinos, posando hieráticos sobre la grada que rodea el bronce del filántropo que dio nombre al centenario colegio de su rebeldía. Fotografías para el olvido, de esos rebeldes ahora ni un pelo, todos desesperados por ser sujetos de crédito en el mercado de los valores transeúntes; fueron fieras efímeras, germen de la domesticación, muchachos ansiosos por ser arrullados por un dios conformista.  Así como halló el momento oportuno para festejarse con el postrero cartón de tabacos de Papa Beto, ve la cierta ventaja que tiene para dejarse la barba sin otro propósito que dejarla crecer por inercia, porque los afeites diarios del inspector/estudiante ya no caben en el hombre que será llamado por su nombre y nada más. 

Se abre al balcón calzando sandalias de hule naranjas, ataviado de pantalones holgados, camiseta de algodón extra larga, una que habrá dejado un visitante pancéltico por el letrero que carga, Fighting irish, la halló a mano sobre el perchero ahíto de ropa lavada, donde cuelgan prendas que recibieron el sudor de pretéritos exploradores. Jamás imaginó que usaría de tan buen talante un ropaje de fatiga que abandonaron ilustres desconocidos. Asoma al mirador sin los perfumes que lo identificaban por los corredores del Ministerio, ni siquiera echó mano al talco que encontró en la repisa de profilácticos personales para proteger los pies de hongos. Lo aturde el primer golpe de vista al espejo de agua de Pelancocha, es una fotografía matinal nítida que aún no carga el grueso de calor y humedad que la opacará con el avance del día; se estremece sin el lirismo que ayer lo invadió en el ingreso crepuscular que hizo por el anillo grande que asoma intocable, distante a su hermano siamés. Enfoca el muelle donde anidan piraguas que asemejan lomos grises de cetáceos varados sobre un banco de arena, condenados a desollarse ante la llamarada diurna. Distingue la palizada que ayer se transformó en lecho de cocodrilos prehistóricos enamorándose a luz de luna. Respira el bosque, una ráfaga de esperanza lo posee, el espejo no devolvió el nudo de corbata, pasó del perfume que maceraba su cuerpo durante las horas que prestó a una causa rica al paladar por los servicios hosteleros que recibía pero famélica en su desarrollo fundamental. Descansa de la estampa que proyectó el ciudadano pidiendo clemencia al reloj que lo expolia, se quita del hombre veloz que no se detiene a  ver en la pequeña flor de selva. Al principio, lo del Ministerio, fue un aprendizaje dinámico atendiendo los seminarios para la Calidad Total que fascinaron al joven provinciano; era el súmmum del liderazgo regurgitado por los gurús de la felicidad neurolingüística, los nuevos alquimistas de la limonada convertida en oro fiduciario. De entrada se esmeró por emular las convicciones del mundo de las metas productivas, a paso de ganso pujante ascendía por la ancha alameda llena de distracciones que alegraban su estómago con sabrosas viandas en los paraderos de lujo apostados a la vera del camino; la gran meta titilaba a lo lejos sobre la colina, el reverbero de la excelencia lo enternecía. Saturó la mente de metáforas que lo animaban a triunfar cual sobria hormiga sobre la estridente cigarra, olvidándose de la máxima de relaciones públicas entre los muchachos rebeldes: ¡asómate para tragar pálidos treponemas!

Las ganas de salir a trotar por la selva se disipan cuando el almendrado rostro de Carmela surge sobre el balcón de una de las cabañas vecinas; ella saluda agitando el brazo con una sonrisa del mismo calibre que la que él le infirió, sin mediar palabras, entre los largos metros que separan sus chozas. Ese saludo familiar, exento de protocolo, lo mete en la aldea como si fuese un veterano residente de ella. A esa prudente distancia que se halla de Carmela no puede  exagerar sus turgencias, ni especular con los labios que ayer le arribaron como miel resbalando sobre los suyos, ahogándole en un oasis de fragancias moras. No amaneció fanático, ojeroso, ante su boca.  Ella se aleja por el camino elevado vistiendo una bata de seda, será que se dirige a jugar con su reflejo en la fuente. Ayer había despertado al soterrado instinto antropófago que le hacía decir, a Branly Avendaño, que no sanaría hasta morder un amor salvaje con la gana que pone su boca por un bife de añojo sangrante. En la selva ha de modificar la dentadura de callejero omnívoro por la de un indígena carnívoro, así podrá acometer en los instantes procreadores como los grandes y solitarios felinos. Allá desciende Carmela a por el muelle, despojándose de la bata  se dispone a romper el espejo de agua: las ondas de su chapuzón habrán llegado a la conciencia del nombrado caimán negro que habita en Pelancocha. ¿Pablito, la bestia, y, ella, la bella, van a reeditar la gigantografía del aeropuerto? Carmela nada vigorosa hacia el centro de la fuente; mientras del lado del estero que fluye al Napo se van acercando las piraguas de la gente Puca. Los nativos comandados por Silverio Coquinche se deslizan en formación triangular hacia el muelle, pronto invadirán las instalaciones de la hostería, los caminos elevados temblarán al paso de los bárbaros.

Abandona su choza siguiendo el camino elevado que conduce al muelle, pretende adelantarse al retorno de Carmela, y ofrecerle su  mano para ayudarla a dejar el estanque; quiere regalarse el placer de la trigueña emergiendo húmeda de los dominios de Pablito. Carmela regresa al muelle, todavía mantiene buena ventaja ante las quillas de los nativos, resta suficiente tiempo para que sus potentes brazadas la pongan al pie de la bata que envolverá su intimidad con Pelancocha. El acto catártico de la musa no sufrirá la agresión del sátiro soltando su lenguaje libidinoso; el novato es detenido sobre la bifurcación del comedor por el grito del jefe cocinero, quien, desde el pórtico de la cocina, lo invita a desayunarse antes que los nativos tomen el muelle por asalto. Reprimiendo su carrera al encuentro de las sinuosas humedades de Carmela, se frena a corresponder la amable aunque terminante invitación del cocinero, percibiendo que detrás del llamado a tomar los aromas del prohibido café está el aviso de no distraer el recogimiento matinal de la musa. La perentoria llamada de Pompilio acabó con su intención de irrumpir en el ritual de Carmela nadando junto a un vuelo de pericos que atraviesa la fuente. Él también iniciará sus propios ritos, los que proveerá el espacio-tiempo del nuevo hombre de bosque tropical, húmedo, lluvioso. Sería él atrapando lapsos de dicha en los anillos de Pelancocha, rayos puros de placer que contrapesen la infelicidad metafísica de su sangre mortal con su propia ventana de selva que no venderá en los trípticos del café Madrilón.

Carmela da la justa brazada que la coloca ante el muelle, sube por la escalerilla que pende a ras del agua, alcanza la bata de un intenso púrpura que contrasta con el pálido reflejo del estanque; la seda absorbe la humedad de sus poros abiertos, destellos fluorescentes salpican sobre las duelas descoloridas. Ella desaloja de los oídos los tapones protectores; hace calistenia apoyándose a la barandilla, así no permite el relajamiento de su corazón, lo quiere bombeando fuerte la sangre de su río viviente. Volviéndose a mirar a la flota de canoas que están por atracar, envía mímicos saludos a los nativos y escapa tras el camino elevado que la  pondrá en su choza.
 

El novato ya receptó, sobre el mesón de la cocina, el grato desayuno campestre: café negro, bebidas aromáticas, pan de yuca, mermelada de frutos de palma, zumo de toronja. Cuando se excusó de ingerir café, los ojos de Pompilio titilaron desconcertados, hablando de que no entienden el inicio del día sin café, y sus palabras corroboraron ese aserto de que jamás le falta el aliciente del cafeto por las mañanas y más si se ha desvelado batiéndose con sus diminutos demonios: los insectos que invaden su choza bajo el influjo de las sombras de medianoche para delante. —¿Don’t you want a cup of coffee? —cuestionó el jefe cocinero, internacionalizando su reclamo, afectando un acento nasal tejano que se ha convencido lo hace simpático ante los visitantes que llegan hasta su cocina con ánimo de trabar una rica conversación coquinaria—. Él no cae bajo la perplejidad por la sorpresa que denota el hombre de la gastronomía selvática, pues, nació adorando los aromas del café filtrándose en agua hirviente: el café asustado de Papa Beto.

 —Es una tara congénita, un desorden químico me impide beberlo —replicó el novato sin resquemor, apegándose al mesón de la mesa fría, olfateando el espíritu del café que vaga por el recinto como lo hacía por el estudio del abuelo—. Enseguida despachó el sobrante pan de yuca acompañándose de cortos sorbos de zumo de toronja. Mientras Pompilio pareció echarse a meditar sobre “la tara congénita”, con cierto aire de satisfacción por no ser él quien la sufre; el novato, tiene  un fallo químico que a él le impediría vivir.

—El café es un imperativo para ver mi día, sólo imagino la muerte después de un día sin café... —replicó grave el cocinero, hablando más para él que pensando en mortificar al otro—. Halándose con empaquetada voluptuosidad las luengas cerdas rizadas de su bigote chinesco, suspiró antes de echarse un bocado de su jarro de café humeante, entendiendo que a ese tema ya no había para qué estirarlo más. Vistiendo un atuendo verde —más cercano a un uniforme militar de comando que al juego de ropa blanca que ayer presentó sobre el muelle para exhibir su rango de jefe gastronómico—, adoptando un rictus académico, empezó a poner al tanto de sus negocios comestibles al que fungirá de jefe de operaciones de la hostería. Le dijo que ya había empezado a probar en su desayuno cositas que por ser simples no dejan de ser parte del espectro de las delicadezas de la nueva cocina nacional que profesa y expande, con todas las complicaciones que implica hacerlo ante el cien por ciento de humedad de la espesura.

Pompilio, peripatético, encerrando con sus manos el jarro de cerámica de color ladrillo, dio otro sorbo del humeante café y, ganoso de ser franco frente al novato administrador, continúa: —Estamos listos para ayudarte, ambos sabemos que la cocina es lo más técnico dentro de la hostelería, si en la ciudad no se maneja bien lo de comer y beber es plata botada sumado a unos cuantos clientes insatisfechos; acá, si no haces milagros con las comidas y bebidas todo, todo, se va al carajo. Empezando por el cincuenta por ciento del alimento perecible que se trae para acá, éste se pudre antes de entrar a nuestra despensa. No basta que un señor nos favorezca con energía fotovoltaica proveniente de los paneles solares flotando sobre Pelancocha; no es suficiente la luz solar a la que tienen acceso los equipos de refrigeración y congeladoras de almacenamiento de la cocina y, por  extensión, los aparatos de lavandería, el comedor y el bar. Es duro, muy duro, el oficio de cocinero de selva...

Sonríe con la cajetilla de Full Speed ofreciéndosela a Pompilio, en un acto reflejo de cortesía de fumador a cafetero, suponiendo que si el hombre gusta del café también será aficionada de un buen cigarrillo negro. Pompilio rechazó la invitación a fumar con un mohín picaresco, como reprimiendo su deseo por algo más que un cigarrillo; metido aún en su franqueza matinal, destapa su ademán de rechazo al tabaco diciéndole que solo lo usa como acompañante del hachís que le provoca inhalarlo a la hora de sus recreos selváticos. Recalcando con un ligero cabeceo que fumar algo más que un cigarrillo es una opción que tiene un cocinero de selva temático. Encendiendo su tabaco da una profunda calada que sabe a gloria, ha pasado un largo rato sin fumar; desde que abrió su corazón a la aventura de los anillos de Pelancocha, ha ido disminuyendo la dosis de nicotina que tiene acostumbrando su cuerpo. Apreció la serena franqueza de Pompilio, ahorrándole el discurso de pórtate bien conmigo que yo de la misma forma te retribuiré; apartándose de los cánones de los jefes ejecutivos éste se mostró tal como es frente al calor que se irá fraguando en la floresta. Quién sabe si estos cuadros humanos de selva lo lleven a iniciar una suerte de memoria dentro del cerebro de Oberón.