2/2/17

Asmodeo en brisa con sus novias FB (1)

Todo es alquilado en esta vida. Me pagaban lo justo por ocupar casillero  burocrático de almacén iluminado, aireado, enorme cual hangar pero ratonil, correspondiendo a lo oficinesco así venga con decoración psicodélica. Sin embargo, era mi dulce agujero de papeles, borradores, esferográficos, minas y múltiples derivados de petróleo porque me sobraba tiempo para contemplar, leer y escribir, alucinaba con ser escritor al margen de los círculos literarios. Sí, alguien que de entrada camine por el otro lado de los hombres de letras dependientes de las migajas que reciben de las ponzoñas culturales, o la plaga de gestores de cultura pública y privada. Soñaba con ser animal solitario de feria internacional de libros, francotirador irreverente, autor utopista anarquista. Quería disparar ficciones filosóficas al rostro del paseante curioso que se vaya apareciendo por la tienda errante del creador-editor. 

Frisando la treintena era el funcionario de medio pelo que se negó a participar de las bonificaciones extras por el porcentaje normal que se descuenta a los proveedores para costear los gastos de movilización de los jefecitos arribistas. Los jefecitos muertos de hambre negociaban las adquisiciones que entraban a la Bodeguita del Medio, como la llamaban -muy graciosos, estos menudos parásitos hechos a imagen de los grandes parásitos que los mueven a parasitar- en alusión subliminal de que gracias a su existencia se redondeaban el sueldo para comprar más y mejor en los templos del consumismo. Qué asquerosa era la mueca que me hacían, cómo se llevaban las manitas a la boca para indicar -¡los pobrecillos!- que pasaban necesidades, y que con el sueldo de miseria apenas les daba para la menestra con limón. Daban asco y usted telepáticamente transmite esa aversión a los raterillos de saco y corbata, producen náusea así tenga para ellos la dentadura hierática de Diógenes por delante. No obstante, a los que pasamos por filósofos nos perdonan la impavidez, nos tienen por marmotas incurables, no servimos para hacer plata ni así nos soben con los billetes que sirven para montar un hogar cuatro estrellas en el Jardín de las Delicias, estatus medio alto incluido. Y ellos no insistieron después del único intento para que me haga a sus negocios -negocitos, les llaman frotándose las manos-, al cabo no lo hacían por el afán de compartir sus ganancias sino por la urgencia de hacerme cómplice y encubridor. No me importunaron más, fue como hacer tácito pacto de tranquilidad para este servidor mientras guarde el debido silencio. Los jefecitos, con el verbo de los nacidos para durar en el limbo tecnocrático, me ganaron con este mensaje conciliador: “Sepa, joven, que confiamos en usted porque entiende que hay que dejarles algo a los hijos. Hágase cuenta que va a estar en paz y muy a gusto en su trinchera del saber, leyendo y escribiendo lo que le plazca, tiempo y paz para hacerlo no le faltará. Eso sí cualquier momento requerirá de nuestros buenos oficios… ya lo verá, ya lo verá”.



Nadie se ceba con lo ajeno con un notario al lado, casi no hay huella de las comisiones que generan los proveedores de la gigantesca maquinaria de bienes y servicios que conforma el estado, lo que queda en firme son especulaciones. Mi instintiva defensa ante los emisarios del “lleve” era mantenerme mentalmente distante y con la expresión en la cara de aquí soy ave de paso, allá ustedes con sus negocitos. Se portaron decentes tras el único llamado que me hicieron para arranchar de la Bodeguita del Medio, y en mi presencia hacían gala de ser partidarios de luchar a muerte contra la corrupción de los peces gordos, voceaban “¡hay que fusilaros a los políticos, banqueros, agentes bursátiles, etcétera, por ser los amos de la cleptocracia!”. Otro cantar hubiese sido si proponían atraco de alcurnia, donde se es ladrón de frente, auténtico, y propinando el sólo golpe necesario para pasar a retiro. Sería maravilloso desvalijar a un banco grande, de esos que son perennes saqueadores de los fondos públicos a costa de la esclavitud de las masas, o alivianar las reservas de oro de la nación antes que las donen a los ultra-acaudalados del orbe. Ahí sí para apostar fuerte a vida y muerte. De esto hay historias verídicas con final que encanta a los propios banqueros y guardianes del tesoro nacional, como el largometraje del cineasta checo Milenko, que es clásico ecuménico: Yo no nací para trabajar.

La prieta manceba apareció cual suspiro celestial ante mi burocrática existencia, fue el hallazgo del tesoro que nunca lo iba a obtener fungiendo de ladrón de alcurnia, apenas soñaba con serlo en mitad de una montaña de subproductos de hidrocarburo. No importa que ella me echó después de haber finiquitado nuestro contrato de unión civil  basado en la confianza mutua. “Mi amorcito, mi amorcito, arrejuntémonos, seré su servidor penitente, trabajaré como bestia humana para darle una vida digna”, le propuse cantarino tras recibir caricias púdicas, con aires de clandestinidad, rendido sin atenuantes a sus desniveles de Afrodita. Y ella replicando luego de largos días de tenerme en ascuas por mi atrevimiento: “Sí, sí, sí…, pero para no ser bruta dejemos aclarando lo mío, porque ya adivino que usted es díscolo, no me convenzo de que sea patológicamente tímido, así lo pregone a los cuatro vientos. Presiento coquetea que da un contento ni bien me doy la vuelta, y no me vendrá con eso de la risa nerviosa porque es artista en lo de enseñar la potente dentadura de caimán que el Señor le proveyó para cautivar a las mujeres gatoserpentosas. A mí usted no me engaña y cualquier rato me he de enterar que ha estado toqueteándose con la señorita T, así que hágame el favor de firmar este documento en el que yo conste como dueña de nuestro humilde hogar, nuestro abrevadero de amor, hasta que usted eche al fuego nuestra unión con la traición que vendrá, vendrá, ya lo va a constatar usted mismo”.

Parece que la Mágica nació para leerme el futuro, y lo hizo con gracia tropical, su deseo de despojarme fue mandato, haciendo picos irresistibles que anticipaban ardientes escaramuzas y la batalla de seis meses en todos los frentes del contrato matrimonial que levantamos de mutuo acuerdo. Lo que no se puede ver con un enlace así es tiernas escenas de familia, propiedad y tradición en el horizonte lejano, demasiado lejano para alguien que no es fósil de metrópoli. Por amor a la trigueña plena de virtudes erógenas, cargada de fortaleza psíquica, y con don innato para la gastronomía regional, firmé lo que debía firmar a efecto de ganar lo que gané y perder lo que inevitablemente perdí.

Fue honesta dentro del singular matrimonio que consumamos, supo cantar claro desde el principio, era mujer de ovarios bien puestos, dueña de su palabra. “Vea, caballerito, me ha seducido, he inaugurado con usted la sabiduría amatoria que se remonta al caos primordial de lo femenino. Mientras estemos juntos seré Afrodita celeste en borrador nunca corregido ni aumentado, su geisha ecuatorial. Está en mi naturaleza proporcionarle placer medido para que no reviente, y olvido también para que pueda beber de mis dones cual si fuese la única vez, ¡jamás nos repetiremos! Hasta aquí el goce que yo le proporcionaré, dependerá de usted el lapso de tiempo que dure nuestra burbuja de amor, está advertido que bastará un desliz suyo que incluya conocimiento carnal con la señorita T, o cualesquier sucedáneo de ella, y se acabará de raíz nuestro juramento de esposados sustentado en la fidelidad. Así soy yo, todo o nada. Usted halló la joya en el cofre de las maravillas únicas que le tocó en suerte abrirlo, lo hizo entre infinidad de cajas vulgares que ofrecen reluciente baratija. Si no cree en mí váyase porque no me obnubila; pero si entra en mis intimidades hágalo para embarnecerse conmigo. Está usted comunicado, soy mujer de una sola advertencia, nuestra unión es libre pero con compromiso”.

¿Acaso una cualquiera habla así, acaso la posgraduada en humanidades modernas piensa y actúa a imagen de esta criatura olímpica? Cómo yo iba a negarme a estampar mi firma en los papeles que formuló la Mágica, era darse toda ella por un acto de confianza, era quedarme sin nada si por cobarde perdía la oportunidad de amar poseído. De entrada cedí lo que tenía que ceder, más allá de que me escucho meloso: “Mi amorcito, mi amorcito, confiar en usted es sagrado, usted es lo máximo femenino, no aspiro a más, y no la traicionaré así la señorita T se postre a mis pies. Suscribo este documento porque nuestra unión será inmarcesible […]”.

Conste que lo pronostiqué, por obra de súbita separación, tuve mi romance inmarcesible con el reflejo de la belleza tropical y magmática de las Islas Encantadas. Insisto, fueron seis meses de derrames de energía psíquica, de felicidad lenta que alquilé en la cama, y en el vestíbulo, y en el comedor, y en la cocina, y en la sala, y en la cochera del palacio donde reiné hasta que cometí el dislate que obligó a la Mágica a hacer efectiva la hipoteca. A la verdad cobró minucias por haber sido amante abnegada, mujer de talento, sensible, angelical en los quehaceres domésticos. No me fatigo al recalcarlo. Me hacía devorar ricura tras ricura, y qué nombres divertidos y largos les colgaba a sus creaciones de mesa, como Encocado del pez espada que por relancina hallé en el mercado, platillos que no se daban en mi cocina más espartana por falta de imaginación que por no contar con los reales para comprar ingredientes del buen yantar. Con ella aprendí recetas sencillas, saludables y apenas onerosas, que han conformado el menú austero del hoy creador-editor de valle subtropical andino. Me embriagué sin quedarme ciego con aguardientes ponzoñosos, tomando del vino ambarino que reviste de dulzura a Las Furias apaciguando a sus demonios antropófagos, y que no castiga con jaquecas atroces el día después. El poeta que compuso Oda a un vino de naranja, sabe de lo que trato. Hablo del vino de las dríades de la laguna del Junco. ¿Qué más puede usted pedirle a mi ninfa galapagueña? Valiosa muchacha, inteligente, intuitiva, graduada en la ciencia infusa de vivir, supo hacer valer los dones que le prestó la naturaleza tórrida y volcánica de las islas Galápagos. Me convenía creer y ahora sé por experiencia que yo también salí victorioso con el abandono de mi amor. Uno no se arrepiente de haber sido sultán en la ínsula del placer que perdura por ser incorruptible.

El importe del hogar de condominio pequeño burgués se lo llevó doña precavida, vendió bien nuestra cuna de amor y se marchó con rumbo cierto a gozar de la sombra de mangos resistentes al clima tropical seco, a tomar posesión de su heredad en la zona agrícola de las tierras altas de isla Isabela. No sé si algún día me llene de gracia y parta no a seguir los pasos de la Mágica sino a entrar de lleno en el espíritu de las islas Galápagos, lo que tuve fue pizca de sus efluvios a través de los aromas de mujer magmática. Este sufridor se quedó con el privilegio de haber sido usado por una mujer que jamás volverá a alquilar así de esa manera, pues no se puede ser otra vez tan dichoso con la ninfa que nos pondrá de patitas en la calle, listos para darle espacio y tiempo al animal de feria de libros. Digamos que acerté como los benditos, fue una sacudida y limpia por fuera y por dentro, fui expurgado a fondo. Estaba muy valido de los azahares que tengo por dentadura, la sonrisa cínica en ristre, y el añadido de mi pinta de andarín renacentista, que me han dado apariencia de seductor. Pero uno es lo que es, soy patológicamente tímido con las damas, les sonrío por inercia platónica y no por dármela de lo que no somos de cuna. No fungo de Tenorio quien, ante la amenaza de ser condenado al fuego eterno por consumar efímeras seducciones, replicaba a cuenta de su eterna juventud, “¡qué largo me lo fías!”. Esa frase de combate de Don Juan retumba poderosa, pero haciendo balance el pobre fue más víctima que victimario, se jugaba el pellejo por féminas que ardían en deseos de ser engañadas, y la única dama que no permitió ser burlada lo condujo a cenar con el convidado de piedra, que le sirvió en bandeja sabandijas y la muerte temprana que al fin anhelaba para jamás dejar de ser Don Juan.

Ni así fuese un potentado podría adquirir a otra Mágica, manantial de sensualidad de seis meses que han resultado inmedibles en la dimensión que se dieron. A ella no se la compra con monedas, es valor que no tiene precio, es el valor que  invertí para tomarla y perderla sin amortiguadores. Porque quise caí con la señorita T, que había jurado no hacerle caso si se presentaba la ocasión de entretenerme con sus volátiles caricias. Y juro que al cuerpo de la señorita T lo recorrí con el prurito de la curiosidad, sólo para comprobar que la niña de mis ojos, de mi corazón y mis manos no era ella. La mujer que hizo de nuestra intimidad templo de Ceres felina, la que ralentizaba el placer en mi cabeza, preparó el menú gastronómico del adiós que rociamos con vino ambarino festejando juntos el primer y último cumpleaños de ella. Aun en la cena de despedida hubo comprensión cuántica entre nosotros. “No me tendrá rencor porque le caería la maldición de los taimados. Exprima el fruto de lo que le vendrá, usted halló lo que está por hacer. Si alguna vez me busca me encontrará con otro nombre y apellido, una renovada mujer le extenderá sus manos amigas. Para entonces usted será el escritor con obras publicadas, ya habrá sido el animal de ferias de libros con el  regalo de despedida que le doy: la mini-imprenta que lo hará un francotirador”.

No me refugié en la autocompasión ni recurrí a deprimentes libracos de autoayuda, estaba más saludable que nunca con la regia carambola de adioses que propició la Mágica. Fue despertar y despegar el animal de feria de libros con su novela iniciática: Asmodeo en brisa con sus novias FB. La única manera de hacer lo que quería sin mayores obstáculos era pasando por trastornado; a cuenta del abandono de la Mágica pude deshacerme del lastre que arrastraba penitente, siendo que no había resquicio para el consejo del moderado oficinista. El arrebatado puede pescar bien entre los juiciosos burócratas. Coincidió que al día siguiente que se deshizo nuestro juramento de amor, sobrevino la misteriosa, cargada de secretismo, compra de renuncias a elegidos servidores públicos a cuenta del alivianamiento del aparato estatal. Sentí como si la coyuntura hubiese sido creada para capear mis circunstancias.

¡Oh divina confluencia de adioses! Sin atisbos de resaca, todavía saboreaba el vino ambarino y los perfumes generosos que derrochó la Mágica en nuestra última cena de enamorados y, apenas acomodándome en la Bodeguita del Medio,  sobrevino el desenlace vigorizante de mi tiempo-espacio de burócrata. Mis masas de células se pusieron a trabajar para acceder al portal de la renuncia voluntaria. Me llené de energía cinética con la máxima de la dríade de la laguna del Junco, que hice mía: “haz lo tuyo regresando a ver atrás cuando te venga en gana, pero sabiendo que nunca te repetirás”. Esta vez, la presencia de los jefecitos enemigos a muerte de la corrupción, vino con el aura de la redención, fue verlos y saber que portaban magnífico mensaje. La Mágica además de propinarme una buena patada escaleras arriba, me había traspasado pizca de su poder de atracción. Los jefecitos, en tono alegre y con aparente avidez juvenil, como soñando que ellos eran los que esperaban con ansias que les llegue la oportunidad de escapar del circo estatal para ser domadores de fieras humanas en el libre mercado de los terroristas financieros. Esta charla se ha convertido en memorable por su trascendencia, fue sustanciosa y por añadidura agradable. Ellos llegaron a mí cual compañeros de banca, tiza y pizarrón, de la secundaria de la edad de la mala-educación con embudo; me embriagaron con el verbo renunciar, lo conjugaban sin arriesgar nada en el firmamento del convocado a renunciar, dejando claro que harían tal o cual cosa con el dinero de la liquidación si tuvieran veinte años menos, “¡como usted!”. De ahí fue un pestañeo ponerse a mis órdenes “en caso quiera retirarse al campo a tener su jauría de pastores alemanes, su jardín de aloe-feroz, su bosque de cherecos, su huerta orgánica de coles, rábanos y zanahorias”.