El sátiro y la princesa 3

Lo inesperado vino a ser un don. CorniSancho la sorprendió contándole su sueño de procrear al ser hecho a su imagen y semejanza, esa ilusión ajena fue parte de los ingredientes que cocinaron a la depredadora, la que habitaba en lo más recóndito del monasterio de la marmota. Y CorniSancho también se avivó con el sueño de ella de alumbrar al salvajito puro corazón, para que sea el génesis de una especie de ángeles primordiales. Ella, que asumía su fragilidad como si fuese lastre inherente a la realidad Hippo, se erigió en el ente guerrero que había desconocido a conciencia tanto como al CorniSancho agresor. La mística se convirtió en lo que su inconsciente quería explotar a la luz del día, eso de ser madre de un salvaje arrancado a la pluviselva quedó atrás por imposible pero no sin antes parir a la luchadora a muerte.  
El fenómeno lascivo de las pesadillas de la princesa en la torre de cristal, cuyo rostro no tenía memoria cuando abría los ojos, en instantes se concretó con la máscara del demonio no-sé-cuántos que escondía la faz del otrora sumiso CorniSancho. Su atronador aullido la remeció más que la máscara obscena soltando sus intenciones: “ahora,  mojigata, mi amorrr..., vas a saber lo que es ser penetrada por todos tus poros”. El mismo sujeto manso y piadoso del diario (no es que se trataba de súbita esquizofrenia, ni de él ni de ella) profanó su materia con los apéndices prensiles de la bestia lúbrica. El acto de CorniSancho en sí fue inocente, por ello no la condujo a la locura, al resentimiento abyecto, o peor, a conformarse con ser su adorada esclava. Él se enamoró de ella a partir del rayo regenerador que fue descubrirse mutuamente sus secretos, ambos se liberaron con la acción de la materia. El ciclón CorniSancho no la rompió en dos ni la dejó en un precipicio haciendo equilibrio en la cuerda floja sin opción al error, más bien logró algo que no contemplaba a vuelo de pájaro, fusionó a la mística de la torre de cristal con la guerrera que en el cuadrilátero de los deseos consumados muestra su prosapia.

La Fátima de la sesión de autoayuda del jueves, de vez en cuando, había tenido visiones de poder inusitado, por ejemplo, visionó a una anaconda dispuesta a estrujarla con sus anillos constrictores y ella, reaccionando con la agilidad de pantera, hace la finta justa que le permite prender la cabeza del monstruo y aplicarle candado inmovilizante con su brazo izquierdo poseedor de fuerza avasallante, mientras su brazo libre sostiene la lanza presta a herir de muerte al enemigo. Ahora sabe que esas visiones no eran solamente transferencia de la vida salvaje de los Trigui a través de los fascinantes hologramas de pluviselva, sino que le advertían del arribo del CorniSancho gozador, el que vendría a estrujarla lucha tras lucha. Entonces, la cosa quedaba escondida en el subconsciente ni bien abría los ojos a su higiénica esfera diurna, al canto de chirocas retrepadas en sauces llorones o al diorama verde de ocasión para disfrutar de la mansión de los consortes Hippo. Ahora entiende que los monstruos interiores son la otra cara de lo bello místico.             
El sátiro sufre las fintas de la princesa, se ha ido en banda a diestra y siniestra, pero no se mide en su derroche de fuerza. La princesa tiene la maña adquirida tras noventa y nueve batallas y, cada quite que le hace al sátiro, hace que ella se vuelva más apetecible a sus tentáculos. Es como si le hubiesen inyectado vigorizantes al CorniSancho agresor, que enviste sin cesar allende que los poros de la presa no vienen prensiles, elásticos y resistentes, sino saponáceos. Ya pasó el asalto de reconocimiento, y ella sigue escapándose de sus ventosas peludas. No ha atinado con sus células sensuales en el objeto del deseo que a diferencia suya no va a por él para que la llene de placer mundano sino que busca la última consecuencia de todo esto: la desintegración del otro. A la princesa le conviene creer que ha inventado “el portento psicológico” que a corto plazo quería ver funcionar en el sátiro. CorniSancho no necesita de ningún estimulante para tener sus instrumentos musicales afinados como los de las sinfonías de los maestros virtuosos del Antropoceno -tal cual lo  propone el Demonio Tántrico, con su fijación por el apareamiento infinito entre las cuerdas del multiverso-, y ella se aprovechó de esa cualidad masculina para provocar la sobredosis de pasión que defina el asunto en un ataque fulminante a la máscara del Demonio Tántrico. No lo ha intentado antes para que el otro se acostumbre a verla en perenne estado defensivo y que venga el instante tope de la depredadora cual rayo; su ambición es desenmascarar a CorniSancho en un pestañeo, la ejecución debe ser quirúrgica, artística.
Fátima es una artista de la pelea, siente que es émula de las guerreras de pluviselva del Antropoceno. Qué distancia infranqueable a puesto en realidad con Las culinchas, las que tienen a flor de su lenguaje lo de “actuaremos hasta las últimas consecuencias”. Ella baila cual mariposa y pica como chulapo, encaja las arremetidas de CorniSancho con la prodigiosa habilidad que le ha dado su entrenamiento para que le hagan el menor daño integral. Después de la última derrota, la noventa y nueve, anotó esto en su bitácora de la pelea:
“Apenas requiero de un rayo sobre ti, de una ráfaga luz que neutralice tu innato sistema defensivo que te permite atacar y atacar, y te veré desaparecer en la esquina desintegradora de la jaula blanca. Mis capacidades ofensivas no están para ponerte horizontal sobre la lona, no serás vencido físicamente sino desenmascarado por la perdedora que tenías amarrada entre las cuerdas. Así que dame con lo que tengas, arrancha nomás por donde te plazca mi amado demonio no sé cuántos, sacúdeme cual muñeca de caucho, conéctate a mis poros a tu capricho, aplica el conocimiento infuso del macho cabrío de nuestra época. Inmovilízame con tus tentáculos, cuélgame en el aire, que no me derrito como el azúcar, mientras más te acalores mejor te guardará en su recuerdo la desenmascaradora, -¡tu desenmascaradora!-, cuando contemple en la figura mítica de CorniSancho. Quizás concluida nuestra próxima pelea me toque decir plañideramente como hace un eón, verbigracia en la era de la Jelinek: Pobrecito, hacía una vida agitada para traer el pan nuestro de cada día al hogar, comía muchas grasas, ya se sabe que la comida típica es muy sabrosa pero viene hinchada de colesterol. ¡Qué buen veneno es la alta gastronomía!, esas malditas salsas de la cocina universal son cáncer delicioso, esos aperitivos y bajativos lo van minando al más duro de los machos alfa. Tan cumplido, mi CorniSancho, tan alegre, conversón, juguetón, casero, querendón, responsable y fiel a una hasta el suspiro final. De un tiempo acá, el pobre, corría de la fábrica para venir puntual a tomar el té conmigo. Consecuencia, infarto masivo… sucumbió en mis brazos, literalmente en mis brazos”.
CorniSancho practicó la lucha romana aplicada al buen uso de la Lupercalia, ha sumado estupendas llaves erógenas a su haber. Las técnicas que fueron de provecho para “sacarle el zumo” a la Lupercalia, también sirvieron para extraer el maná de los poros sensuales auténticos de Fátima. El doblegar a la Lupercalia apenas tenía gracia, era contentarse con el máximo del placer vulgar, pues, no había descubierto todavía el elixir de la sensualidad, en ello consistió el hallazgo que trajo el ultraje de la princesa. Que la Lupercalia es un bodrio, una muñeca para la fantasía barata de sus células sicalípticas, lo asimiló con meridiana claridad después de hallar el tesoro, la mina erógena, en la que se transformó Fátima justo cuando él creyó que la había perdido del todo tras violar con sus tentáculos hasta el último de los poros virginales de la ama de casa ejemplar, creyó que ni para recuerdo del ícono de la contención marital iba a servir en su torre mancillada, pero no, la ganó hasta la desintegración. Con la nueva Fátima es que se proclamó maestro en el arte de amar a una princesa de excepción, fuera de oferta en las pasarelas de las sectas de Sodoma y Gomorra. La Lupercalia, modelo Geisha, no es ni la sombra de la Afrodita guerrera, que de refriega en refriega se fue superando exigiendo todo de sí en la arena casera
 “Cada vez que luchamos me enamoro más de mi precavida esposa…”, canta a su público de fantoches de Superhelados Vitamina, demudando la voz, poniéndose involuntariamente sentimental en el último brindis intempestivo, “¡por la vida!”, con los suyos. De repente, promediando el combate ochenta y cinco, le vino la idea de compartir con sus fantoches la felicidad hogareña. Sólo tiene que aullar “¡por la vida!” y se arma el reventón de mantel largo, a la manera del aristócrata del Antropoceno, con música de fondo de los maestros de las grandes sinfonías Homo sapiens. De la nada, el espacio de Superhelados Vitamina, se vuelve regia nave anfitriona del brindis de CorniSancho, los enfiestados fantoches se reparten unos a los otros finos bocaditos roseados por el champán de Baco. Los fantoches sociales le inyectan sano orgullo porque no faltan loas a la pareja radiante, sólida, propositiva, hecha el uno para el otro, entonces les canta cual juglar del Antropoceno su encantamiento con Fátima, de cómo se prendió de ella tras el seísmo hogareño. Les canta que por fervor a la princesa combativa abandonó los simulacros de amor con la geisha de encargo, ahora ve a la Lupercalia parecida a aquellas muñecas que al introducir monedas por la ranura de sus huchas funcionaban para el placer del arcaico Homo sapiens. Todo ese ajetreo donde Lupercalia fue teatro impúdico que se acabó cuando sintió que los poros de la princesa le abrieron el mundo venusiano de verdad, el de la Fátima que había preservado en casa cual reliquia intocable. Y él puso a rodar a esa joya viviente, ella sí máquina olímpica de la sensualidad, a la que arribó por ese inconsciente manejo del ensayo y error para entrar en lo que buscaba a ciegas, de una manera desesperada, amar a lo bestia. Sí, amándola con toda la fuerza bruta de su ejército cuántico, conoció lo que es no depender del placer fatuo de la Lupercalia, fue seducido por la voz que le susurra apenas entra al cuadrilátero “aquí traigo tu medicina mi amorrr...”.
Fátima, se presentó a su última pelea con la figura exultante de una pantera sacada de lo profundo de la pluviselva donde habitan los Trigui, y para que no solo se quede en disfraz de pantera le salió tremendo salto con viada pues desestabilizó íntegramente a CorniSancho. Por fin tuvo todo el instante de este mundo para  neutralizar al sujeto-bestia, y desenmascaró cual rayo al Demonio Tántrico. La Tumbadora, dio dos ágiles zancadas hacia atrás aferrándose a su trofeo. “Quieto, ¡no te esfuerces más...!, así vienes hermoso, ere relámpago de amor eónico que me ilumina”, aulló contemplando al CorniSancho que resoplaba no anonadado, ni humillado ni furibundo por la derrota, sino más bien dichoso y en paz. Apenas su semblante adoptó una mueca resignada, y se recompuso con agilidad pero no para abalanzarse sobre ella, el sátiro fue vencido pero jamás será sometido a ningún capricho de la princesa triunfante, ¡glorioso epílogo el de su guerra!, se retirará del mundo Hippo con su máquina animal intacta. Remitiendo venia respetuosa a la princesa Fátima, le regala la postrera faz del vencido satisfecho, su alegre lascivia se fue con la careta del Demonio Tántrico y los instrumentos de sus ambiciones erógenas. CorniSancho se desintegró a sí mismo.
La escena del colapso de CorniSancho, se concretizó como no había soñado la princesa de la torre de cristal. Ella suponía que en un descuido del fragor de los abrazos sicalípticos de CorniSancho, lo iba a derrotar cual relámpago de lucidez mortal. Imaginó escenas más tragicómicas que realistas, pues, nada que ver con lo que de verdad se dio. No figuró que la realidad superaría con creces su fantasía de triunfo, no fue ni siquiera una variante de los finales felices que creaba para motivarse a seguir adelante, y exigirse como espartana sometida a constante acción bélica por parte del gigante persa. Ganó la guerra tras perder dignamente el noventa y nueve por ciento de todas las batallas con el gran CorniSancho, quien se desintegró con el honor que acaba de consagrarlo. Cómo sentir pena alguna de CorniSancho si se desintegró a voluntad, después de obtener placer hasta no poder más.
Soy persona dura en los momentos de choque, pero sufrí como condenada al verlo caer estando en la plenitud de sus facultades, se fue íntegro. No obstante, cuando se recompuso, contemplé la serena sonrisa del rostro reflejando al individuo que partió haciendo lo suyo sin atenuantes. Acabé envidiando su suerte, así deberíamos marcharnos todos de este mundo, con la satisfacción de una vida a todo pulmón marcada en la máscara del último instante. Esto es tragedia y poesía viva. Te rindo el homenaje que amerita el formidable contrario que me sacó de la impavidez para devenir en conquistadora. ¡Gloria a tu espíritu, CorniSancho! Mis respetos, mis respetos…”. Frases de ese talante se le vendrán a la cabeza a La Tumbadora (así con mayúsculas se moteja a sí misma -no exenta de orgullo- desde la desintegración de CorniSancho), cuando pronuncie las palabras principales del homenaje al ser querido desintegrado ante los fantoches de Superhelados Vitamina. Si fue capaz de vencer al coloso será capaz de honrarlo en sus pompas del adiós. No le va a fallar en eso, él era ente sociable, si no le juega la memoria antes de la pelea noventa y ocho, en su acostumbrado monólogo de calentamiento que ella seguía obligada por sus circunstancias, dijo que le agradaría montar un velorio simbólico de sí mismo en las instalaciones de Superhelados Vitamina, y que sea el pretexto para el reventón bailable tipo fiesta de cumpleaños del sujeto Homo sapiens desperdiciador por antonomasia, al que se lo denominaba magnate.
“Ahora que sabemos parte sustancial de lo que somos, yo sé algo fundamental de ti y tú de mí, ahora que nos hemos acercado de verdad, te cuento que no sé por qué me ha dado ganas locas de hacerme fiesta de despedida anticipada con mis queridos fantoches de Superhelados Vitamina, busco algo que sea mucho más que uno de los brindis que he venido celebrando ultimadamente sin ningún motivo aparente, y por ello repetible cuando se me pega la gana, esto que quiero sí tendría una potente razón de ser, sería la celebración simbólica de mi desintegración futura con reventón desaforado a lo magnate del Antropoceno, ¿me entiendes?... No puedo asimilar el desperdicio del magnate Homo sapiens puesto que nosotros desconocemos el real significado de esa acción arcaica. Me contentará con que se convide generosamente a la concurrencia, di vos darles finos bocaditos y bebidas espirituosas de película Antropoceno y, de fondo musical, cómo no, el mano a mano entre el violín de Paganini y la gaita de Erín, por ejemplo. La instalación de mis honras fúnebres que sea cual catedral de vitrales, y que en el momento cumbre de la celebración se dé rienda suelta a las schubertiadas. Hasta me encantaría que tú estés presente en ese inocente capricho de CorniSancho… ¿serías capaz de abandonar por única vez tu mundo-hogar y homenajearme en público?”.
La Tumbadora, a diferencia de las escenas que construyó adelantándose a la caída de CorniSancho, constató que el hecho en sí se efectuó ralentizado, que ella tuvo todo el tiempo del mundo para quitarle la máscara y con frialdad retirase lo suficiente de él para contemplar en lo inmediato: “belleza poética pura fue la derrota de CorniSancho”. No soltó pena alguna, ya agotó la pena en las ficciones que hizo de esta suerte que tiene ante ella, y en esos diferentes episodios, cada vez que desenmascaraba al otro era sentir lástima por el romántico fin. Cuando soñaba despierta con este cuadro de CorniSancho vencido sufría una breve compulsión sentimental, muy pasajera pero al cabo abrigaba compasión y, un CorniSancho que se precia de serlo, no es sujeto de lástima.