12/1/17

La humana doña Fátima 1

Doña Fátima venía preparada para manejar este momento cimero de su existencia, había hecho sendos cursos de primeros auxilios y está fungiendo de  Voluntaria clase A en la brigada de emergencias del 911, que es el máximo grado de paramédico en el cuerpo de ayudantes que aportan con bienes y persona a su tarea altruista. Este fue el segundo secreto mejor guardado ante su consorte. Mucho antes de la arremetida furiosa de CorniSancho contra sus sagradas intimidades, fue tocada por la vocación de servir al prójimo sumido en el dolor,  intuía que así también se ayudaría a sí misma forzándose a enfrentar el miedo enfermizo a la muerte que la tenía guardada en su torre de cristal.

Antes del vuelco radical, literalmente de la mañana a la noche, que dio su cotidianidad de marmota, soñaba con ser caminante a lo Henry David Thoreau, que apenas abría la puerta trasera del hogar ya se adentraba en paisajes tan idílicos como solitarios de los bosques de Walden. Ella se negó rotundamente a adquirir en mercado hologramas que la incorporen a senderos vacios de gente en la serranía ecuatorial, quiso sufrir sin amortiguadores virtuales los aposentos de la sedentaria. De la postración la salvó el recogimiento y ejercicio de su “yoga criollo”, y esto unido a lecturas exigentes hicieron que no se le atrofie la imaginación, por el contrario, ha desarrollado su mente sustentándose en  unidad de carbono saludable a pesar de su encierro voluntario. Su desinterés social se había extendido hacia las calzadas, templos del consumismo, parques y jardines del submundo de la ciudadela Yasuní hecha a imagen del mundo ideal del desarrollismo Antropoceno. Yasuní, (que desde su nombre es una paradoja porque así llama la zona excepcional, megadiversa, de la amazonía que sobrevivió a la depredación humana), es barrió futurista diseñado para la paz y el pleno desarrollo del modelo burgués campante sin embargo a ella, tanta felicidad prefabricada, solo le provocaba retirarse a su burbuja del segundo piso.
  
De repente, como aparentemente se vienen los cambios extremos, se metió a socorrista para obligarse a franquear los límites perfeccionistas de ciudadela Yasuní. La doctora Digmary, su única amiga concreta, la animó a que salga al exterior pero no a ver en otros submundos sucedáneos a ciudadela Yasuní, sino a husmear y palpar los mundillos de las apiñadas barriadas populares que escenifican el purgatorio terrenal. Y ella, enfrentando al dolor y sufrimiento de la moderna esclavitud de las masas, enfrentó a su miedo a la muerte, “viviendo de cara a la muerte comencé a vivir intensamente de cara a la vida”. A la verdad no fue el esfuerzo de voluntad colosal que esperaba la marmota, más bien fue el pasaporte al mundo fascinante que tiene acceso ahora. El contraste mayúsculo, la diferencia con la burbuja de ciudadela Yasuní, no desmoronó la realidad fantástica del burgués campante para reemplazarla por la  realidad cruda y feroz de las barriadas populares, resultó más bien ambas equilibraban su naciente noción de la vida/muerte.
Fue providencial su ingreso al socorrismo bajo la égida de la doctora Digmary, pues la preparó para tomar por los cuernos la metamorfosis del CorniSancho manso en macho alfa rabioso, transformación que lo llevó a rozar la perfección animal, nunca le fue atractivo su marido hasta que reventó la bestia humana. Tomó conciencia de su propia realidad más que de la ajena al servir de voluntaria en barrios desangelados que llevan nombres ambientalistas de festivos verdes, ejemplo, Jardines del Dorado. El voluntariado social fue el ejercicio que la preparó sin proponérselo para su propia lucha a muerte que al cabo la redimió más allá de la victoria total contra CorniSancho. En barrios como Puertas del Edén o Flores del Valle Eterno, se familiarizó con las escenas violentas, incorporándose a los hechos de sangre cual ángel salvador.
Doña Fátima tiene a mano su propio equipo portátil de reanimación. Manipula el cuerpo de CorniSancho con el rigor de paramédico aplicada, ha de cerciorarse de que no hay halito de vida en él. No escatima esfuerzos para revivirlo, da vigorosos masajes al pecho, y por último recurre al electrochoque. Nada, el vencedor de noventa y nueve batallas ha sido derrotado para eterna memoria en la lucha que enterró todas sus victorias pasadas. Con los hechos a la vista, procederá a culminar lo que empezó con mente calculadora y corazón pundonoroso. Nunca sabrá cuánto influyó en el derrumbe fulmíneo de don CorniSancho la química, o sea la dosis de adrenalina extra que le inyectaba al macho de virilidad endemoniada, al ejecutivo que era hiperactivo en la jornada laboral del dueño de Superhelados Vitamina. Los superhelados de CorniSancho se han posesionado con ventaja en el mercado transnacional de helados del Pacto Andino, y se disponía a futuro próximo a conquistar el paladar de los golosos del Cono Sur, quería llegar hasta los últimos rincones poblados de la Patagonia y Tierra del Fuego.
CorniSancho tenía que fallecer así, no sucumbió, en él había el designio de jamás capitular, y ella no hizo otra cosa que darle pequeño empujón para que se caiga el momento preciso antes de que afloje su ímpetu devorador. Habían transcurrido diez batallas cuando empezó a inyectar la pócima en los glúteos de CorniSancho, este rato sería cándido afirmar que esa química, por sí sola, lo desbarató. El fin se ejecutó por cúmulo de circunstancias, se morirá sospechando que el pinchazo que le propinaba a CorniSancho no fue más que  tentempié psicológico para ella, y no algo que efectivamente coadyuvó a la derrota abrupta del otro. Si no era química nociva para él sí resultó ser placebo efectivo en ella, le inyectó resistencia.  
Doña Fátima se comunicó con Paradiso, la empresa de pompas de adioses de rigor en ciudadela Yasuní, por obra y gracia de sus inmejorables servicios y tecnología de punta para su cometido o “misión sagrada” como les encanta llamar al trabajo de enterradores del género humano. El lema de Paradiso prendó a los empresarios transnacionales tipo CorniSancho, “despídete de este mundo tal como viviste en él”. Una vez que emitió la clave para que se haga efectivo el paquete exequial que adquirió el hombre de negocios previsor, la operadora la conectó con la ejecutiva de Paradiso que le tocó en suerte para que resuelva todo lo concerniente a las exequias de CorniSancho. Margarita Ríos Montes, la atendió con esmero y seguridad y, por extensión, su nombre y apellidos ecológicos, le transmitieron confianza inmediata. Margarita se encargará del asunto a cabalidad, el evento va a rodar tal como CorniSancho lo quiso y disfrutaría si estuviese de invitado al mismo, las bienaventuradas instalaciones de Paradiso estaban a su disposición para hacer de lo luctuoso un festejo por lo alto.
“Para cuando usted, doña Fátima, nos haga el honor de arribar a los predios de Paradiso -por su cuenta tal cual es su expresa voluntad desistiendo de hacer uso de nuestro transporte especial-, nuestras operadoras habrán cursado las invitaciones de viva voz, de persona a persona, a la pequeña multitud que hacen lo dependientes de  Superhelados Vitamina, pues ellos son los elegidos en exclusividad para asistir a esta celebración. Usted ordenó que nadie de la gente de la fábrica de don CorniSancho debe quedarse fuera de este digno evento y, para tal propósito, sabrán acudir vistiendo ropas informales y de tonos tropicales, tal cual se les pedirá comedidamente lo hagan entregándoles las prendas pertinentes, juegos de ropa flamante perfumada y de calidad transnacional, a manera de halago póstumo hacia ellos de don CorniSancho. Y es deber mío recalcar en lo de celebración en vez de acudir a términos lúgubres como consternación, sepelio o velorio. Nosotros acatamos sin chistar su deseo de esparcir la alegría que don CorniSancho ordenó se le dé al magno e irrepetible evento de su adiós terrenal. Del resto no le adelanto nada puesto que la primera persona que debe quedar gratamente sorprendida con nuestros servicios exclusivos debe ser usted, ya que es la que está al mando del evento en ciernes”.
La segunda conexión fue con la cardióloga Digmary, funcionaria del 911, jefa de operaciones de las ambulancias Pegaso, su amiga de banca y hologramas en la secundaria de químicos y biólogos del Liceo Santa María, y mejor amiga desde que se reconocieron en las complejidades del socorrista. Digmary la guió y le dio valor para que siga con ventura en las prácticas de primeros auxilios, ahí es  alumna aventajada y ha sido escogida para llegue a paramédico voluntario del 911. La doctora Digmary es mujer que aborrece la institución del matrimonio sin ser sacrílega, por efecto de su acendrada vocación al servicio público del 911 tiende a lo espiritual libre de todo ritual impuesto desde la Madre Iglesia, de su pecho pende la medalla de la virgen del Cisne para que la proteja de la esclavitud de los desposados por obligación de un condicionamiento social; “bienvenidos a mí los vampiros que no buscan hogar seguro en mis viñas”, suele repetir. Frase que doña Fátima se apropió para remitírselas a Las culinchas del grupo de lectura Osho, y de paso poner lo suyo como cuando les recita “el no-compromiso con otro cualesquiera quiere decir que una está  comprometida con la vida-muerte de una”.
Digmary -esbelta trigueña ojizarca, de tórrida sonrisa y rostro rozagante que de improviso se torna  pálido, como esculpido en mármol de carrara-, admira el temple de la novata que apareció frágil pero no se arrugó con los cuadros sanguinolentos que pintan los demonios de las barriadas desafortunadas de la metrópoli al pie de Los Pichinchas. Digmary repudia  la zalamería del sujeto que representa al marido feliz dentro del templo conyugal con tufo a santo-infierno.
“Esto va más allá de la fotografía de los enamorados de la profilaxis matrimonial, aquí campea el sátiro al par que la santa diabla creciente”, les dijo doña Fátima a Las culinchas en son de chanza cuando empezaron a leer en conjunto La Pianista, de la Jelinek, que fue el abreboca para llegar a la obra despertadora por antonomasia, Deseo. Fue empezar a leer Deseo, y fue sospechar del industrioso heladero que hacía gala de cortesía e higiene hiperbólica, tanta pulcritud a la vista era ofensiva para alguien que se debatía en la zona oscura del fragor ciudadano, la que palpaba a los seres humanos con las tripas afuera, unos feneciendo en sus manos y otros renaciendo con las alas del auxilio que les brindó.
“Las amigas que se ufanan de serlo no tienen obligación en revelar sus secretos íntimos, callarlos es dejar que la otra los imagine espontáneamente”, había dicho la doctora Digmary para que doña Fátima no se sienta presionada a compartir lo que es indigno de explicar, lo que sólo la acción puede y debe resolver en la soledad del porvenir. Doña Fátima le participó la verdad a Digmary, la verdad que la doctora podía constatar en situ por la especie humana entera. Con voz conmovida pero firme narró sucintamente lo que sucedió: “Por excepción, estábamos entretenidos en el vestíbulo con inocente juego amoroso a cuenta de nuestro aniversario de bodas, y sobrevino la tragedia que vas a verificar... Cuánta gratitud por tu comprensión, sabes que nunca dejaré de apreciar tu ayuda para manejar esta desgracia con la discreción del caso. Sí, amiga de alma, no sé cómo te voy a pagar por entender lo engorroso de esto, te imaginas estar contando por ahí los detalles de lo que presidió al infarto masivo  de CorniSancho.  Yo te espero, te espero”.
La luchadora botó a la basura la licra biodegradable que no fue partida en dos ni devino en hilachas, por primera vez no le fue despojada en la arena, acabó intacta. Él falleció sin hacerla cendales con los dientes, y masticar esa tela sudada para robar con fruición “tus aromas” como era el gusto del troglodita, y luego escupir los trapos sin sustancia al piso. Acude al cuarto de la ducha masaje y los sahumerios, se llena de los perfumes del sándalo, tiene para sí el momento de gracia, podrá quitarse la tensión del combate, el tufo postrero del gladiador derrotado que azoga en su piel. Es tiempo para relajar los nervios defensivos y de contraataque, es el ritual de limpieza que se concede después de cada refriega con CorniSancho, la salvedad es que enseguida no le aguarda el reposo absoluto de la guerrera en la torre de cristal sino larga jornada de agasajos, pues, tras las palabras que cruzó con la ejecutiva Ríos Montes, quedó claro había que desterrar cualquier actitud triste entrando a Paradiso. La apuesta de esta noche es diferente, vendrá a ser como irse de parranda tras el agotador esfuerzo de haber batallado con el enemigo hasta ayer invencible en lo más espeso de la selva amazónica. Ella ha retornado íntegra de la guerra, con la cabeza del enemigo en brazos, la aguardan los parques elíseos para el desfile de la victoria. Merced al estado físico envidiable que ha logrado por la constante refriega animal, su alma es resistente y maleable. La lucha a muerte contra su consorte fue rendidora, su personalidad ganó lo que no le brindaron años de escuela inferior y superior, es una mujer de provecho, es la neutralizadora de CorniSancho.
Este lapso de la guerrera anónima, unido al de socorrista voluntaria, también le trajo la fiebre por leer repensando lo que había leído, haciendo tanto ejercicio  espiritual como lo hacía con su unidad de carbono. Ahora podrá decir que su matrimonio fue saludable, la apartó de la irrealidad televisiva, dejó de tragarse culebrones y noticieros más falsos que los mismos culebrones, todo hecho para  propaganda del consumismo hasta hacerlo sublime y parte del comportamiento enajenado del diario, nada de esa publicidad estéril podía compararse a los momentos vívidos que trajo el ser integrado entre la letra y la sangre. “Leer en serio es verse a fondo con los símbolos que ha creado otro no cualesquiera para que despertemos”, les había dicho a las impávidas del grupo Osho, Las culinchas, que se recomiendan entre ellas ciertas lecturas como pasatiempo intrascendente. Así había sido cuando su existencia fue aparente juego perfecto, sadomasoquismo de vitrina. Entonces llegó el auténtico CorniSancho, él erómano dispuesto a tragarse cada poro de su piel de hembra prieta. ¿Y si la cosa hubiese sido al revés, que ella perecía extenuada por el exceso físico ya que en fuerza espiritual no había duda de que la marmota llevaba la batuta desde que apareció en la arena? ¿Qué habría sido del pobre CorniSancho si ella sucumbía?... Él haciendo  la fiesta de despedida a doña Fátima, que más que un parrandón sería un entierro triste ya que él, condenado a la culpa de haber ultrajado a su consorte hasta la tumba, no podría disfrutar de las mieles de Paradiso. No imagina esa situación al revés, no puede verlo a CorniSancho actuando con el meticuloso cálculo de la marmota, no tenía arrestos para ser otra cosa que el hombre-bestia, y por eso se aferró a su personalidad de troglodita moderno, y qué feliz fue muriendo así. “No podía ser más trágico este final, ¡hermoso, hermoso!”. Ella pudo vencer merced a que dentro de sí incubaba a la monja shaolin, la que reventó para aguantar y esquivar el castigo con maestría milenaria, y de rato en rato replicar con precisos ganchos y directos al hígado y a los riñones del cuerpo ajeno. El hombretón no se cuidaba, reía a panza rugiente cuando era conectado por ella lanzando sus mejores golpes.
Previo al primer ataque lúbrico de CorniSancho, que contradictoriamente vino a ser el despertador por antonomasia de la autoestima de doña Fátima, se distraía además de ver el culebrón de las veinte horas treinta, con lecturas del tipo autoayuda para conciliar el sueño, librillos que le sonaban así de plácidos: Te voy a contar el cuento del guanchaco César, el amiguito de dormitorio de las gallinas que nunca se comió por amor a ellas... Aquí tiene algo que remitirles a futuro a las señoras culinchas, cuando llegue el momento oportuno.
“Escuchen mi discernimiento cofrades del grupo Osho, anteayer amanecí preguntándome, ¿pero por qué ese infeliz raposo carnívoro con nombre de emperador romano, se inhibe de tragar pollos cuando miles de millones de humanos lo hacen sin que les importe un higo la cortedad de la existencia de esos animalitos y, lo peor, el calvario al que han sido sometidos apenas abrieron los picos no a los corralones románticos, aquellos donde habitaban las aves de granja servidas en banquetes pantagruélicos, sino al hacinamiento de criaderos infectos e insufribles? ¿Acaso el guanchaco César es una nueva deidad que se sacrifica para cargar la culpa del bípedo devorador por excelencia? El sabio CorniSancho, en los momentos en que algún erudito de la justa alimentación lo tentaba con hacer dietas vegetarianas parciales, y no obligarse a la carne por temporadas prudentes, solía replicar: Mire jefazo, no dudo de su autoridad sobre el espinoso tema, cierto es que me repugnan las pavos revoloteando en pradera o constreñidos en jaulas, les tengo aversión desde muy chiquito cuando me picó un pavón en la nariz haciéndola sangrar; sin embargo, me los trago con resignado placer. Lo mismo hace la pequeña hija, de mi hermano nutricionista, que tiembla del miedo con solo mirar en libertad a esa gama de animalitos que le fascinan en estado de peluches, o apacentando allá en el planeta de los dibujos animados donde nadie se come a nadie y todos se perdonan a todos amándose los unos a los otros. Sí, esa niña de lujoso condominio horizontal monta en pánico ante una gallina de campo concreta sin dejar de amar a las gallinas de sus cuentos infantiles, contradicción que se resuelve engulléndolas con mucho gusto, ya sea fritas o apanadas, a las que trae su mamá del supermercado. Yo, grandote como soy, hasta les corro a los pavos reales que adornan la finca Salcedo, pero no puedo dejar de zampar hasta los huesos si me ponen al frente una pavita al horno, bañada con salsa de ciruelos y almendras”.
Después de la eclosión de la futura neutralizadora, se volcó a la literatura exenta de edulcorantes, a los libros que no desfloraba de la preciosa biblioteca que era el orgullo de CorniSancho, quien se autocalificó de reo de las lecturas duras en una entrevista para la prestigiosa revista Emprendedores Ecuatoriales, donde fue portada. “Me atiborro de palabras cual iniciado voraz de la negatividad literaria haciendo suficiente contrapeso a la utilidad del empresario de Superhelados Vitamina”, tal había sido la frase que siguió al título del artículo, CorniSancho: ejecutivo y leído. Vladimiro le saco jugo a la entrevista al empresario sui generis –tal como lo calificó-. CorniSancho no tuvo empacho en confesar que es fanático de la lectura dura, sin dejar de estar encadenado en los cuartos del oropel de los templos del consumismo, dijo en lo medular que no es de esos humanos que recuperan una sola realidad: la que pasa estridente, con bombos y platillos, ante sus ojos de corrido miopes porque no hay graduación que los corrija para que sean profundos.