Cuaderno de Floreana 4

Desde afuera, Fortaleza Negra, se presenta hermética, infranqueable, es una suerte de rectángulo tridimensional que no refleja luz, que no es espejo de nada en su negritud mate, está negada cualquier visión de sus interiores, al tacto es superficie lisa antiadherente que no admite huella dactilar alguna, no hay bicho capaz de posarse o reptar por ella, no hay huella de polvo, lluvia o cualquier indicativo del paso del tiempo a la intemperie de isla Floreana. No es exagerado decir que uno se topa con Fortaleza Negra porque no se deja divisar de lejos, se mimetiza con el bosque de palo santo de la Cerdita Comunista, estaría fregado si tuviese que tenerla como punto de referencia en el mapa mental de señas exteriores permanentes, menos mal que todos los senderitos que he seguido para salir y sobre todo para llegar a casa constituyen muleta psicológica infalible, ni bien me hundo en ellos y empiezo a divagar cual niño antes que lo arruine la escuela, todo a cuenta de tener la certeza de que no voy a extraviarme. Apenas me topo con la morada de Clara y es concebir la imagen de la estación de tránsito galáctica, de Clifford D. Simak, mezclada con el monolito azabache de Odisea espacial 2001. Cuando tengo la visión de una estación de tránsito astral al arribar a Fortaleza Negra, me alivia constatar que se trata de mi campo base floreanense del que entro y salgo a diario sin aguardar el arribo de extraterrestres de formas inconcebibles para nuestra matrix antropomorfa. Sí, dos veces al día, franqueo la puerta que sé que se abre ya sea cuando veo el interior fantástico del hogar o cuando me deslumbran los exteriores sin atenuantes de la isla con su carga solar y meteorológica que influirá en el comportamiento de mi cuerpo marchando sobre terreno irregular volcánico. 

Otro cantar es casa adentro, la imagen de perfección geométrica y de impenetrable negritud galáctica del exterior se desvanece, tengo la impresión de estar en domo de cambiante techo falso de multimadera, que va intercalando desde el rústico de carrizo de humilde cabaña tropical a refinado palaciego o surrealista, depende de mi estado psicobiológico. La piel del expedicionario se muda al ambiente relajado que molecularmente se adhiere a mi personalidad, y sientes que el de afuera fue ente extraño a la evolución del archipiélago de Galápagos. Cada atardecer en Fortaleza Negra parece decirme: fuiste ente extraño mientras contemplabas al mundo de singular belleza donde no te sería posible sobrevivir por ti mismo, careces de la sangre fría y la piel rugosa de las beldades reptilianas que escupen sal oceánica, no eres perenne comedor de algas, no eres el sin par macho territorial de iguana marina floreanense que se sirve hierático, horas y horas, de las vitaminas solares. El clímax panorámico casa adentro suele arribar con el crepúsculo más que con el amanecer puesto que la tarde muere contigo mientras que con la salida del sol, pasadas la abluciones pertinentes al despertar, habiendo desayunado la paella Cerdita Comunista pasada con café seleccionado para disparar los sentidos, eres puro nervio y ganas de explorar a fondo tu día. La tardecita trae lo justo para no matarte por sobredosis de felicidad o si se quiere también por sobredosis de melancolía. Verbigracia, la puesta del sol que acabo de sufrir, fue espectáculo que me extendía el elixir del punto final a mi renglón existencial, hubiese abandonado encantado la unidad de carbono del Homo sapiens si no fuese por la cordura que trajo la luna de Clara -la noche tomándose Fortaleza Negra o lo que da lo mismo Fortaleza Negra abrazándose con la noche-. Eufónica oscuridad de la diosa Floreana me libró de enceguecer sin retorno con el crepúsculo que se ha ganado, a la fecha, el puesto más alto en el pódium de los ocasos deslumbrantes. Durante estas doce horas de divina oscuridad, la luz eléctrica resulta anacrónica porque es innecesaria, y lo mejor es que desapareció el impulso subliminal de encender bombillas: basta el rayo de luna que enfoca mi merienda peripatética; basta el rayo de luna que enfoca este cuaderno que por inercia ya contiene miles de palabras.


He dicho que “memorable” será la instantánea pasada de Floreana que me visitará, sin aviso ni permiso alguno, el rato menos pensado del presente-futuro en mi cueva de Villa Juárez, allá mostrará su capacidad de retorno así haya sido echada aquí al tacho del olvido. Gracias a que me guardo antes de las cinco de la tarde, posponiendo aún la obligada salida nocturna que tengo que realizar a la selva de árboles lechosos  que contiene el alarido del despertar de los pájaros pescadores de alta mar, no soy sujeto de ataque de los vampiros minúsculos de estos pagos tropicales, pues, literalmente en Fortaleza Negra no vuela ni el más ínfimo de los insectos, no he encontrado huella de ningún animalito sea medio venenoso o no, sea alado o rastrero. No así en los interiores de mi hogar de ventanas abiertas de Villa Juárez, donde es cotidiano ver especies antiquísimas, confieso que tengo especial debilidad por las arañitas saltarinas que son capaces de cazar de un brinco mítico a moscas que las triplican en tamaño, he sido testigo de excepción de batallas diminutas dignas de poesía épica. En la sempiterna primavera-otoño al pie del volcán andino Ilaló, no hay día que no ponga de patitas en el jardín a algún individuo perteneciente a especies que por lo general no son ponzoñosas. Las arañas grandes del Ilaló que de repente se hallan extraviadas en la baldosa de mi morada, que no son arañas jamacas pero sí muestran un par de colmillos respetables, las detecto con el rabo del ojo cuando buscan la sombra del filo de las barrederas para no estar tan expuestas a la luz solar o a la luz eléctrica. El momento que una araña me detecta se queda quieta donde está, entonces voy a por el vaso de plástico y la cartulina con la que la dirijo hacia la trampa libertadora, la cartulina además es la tapa del recipiente hasta que la suelto a unos treinta metros de la casa. Particular mención hago de la captura de cochinillas, por el hecho de tener contacto pleno y placentero con ellas, pues, las atrapo con los dedos que forman la pinza de precisión milimétrica de las manos. Fungo de ente omnipotente cuando tengo a una cochinilla en la palma de la mano y le doy un empujoncito para que se mueva –algunas se ovillan cual armadillos minúsculos- y, tras el cosquilleo que me infieren sus múltiples extremidades, la pongo a volar en el cerco de bambú que da a la ventana de la sala de baño principal, ella sabrá descender por ese laberinto vegetal hasta reintegrarse a la tierra. Tampoco faltan cadáveres de unidades de carbono que sucumbieron puertas adentro, incluidos los que perecen bajo mis pies cuando camino distraído o a oscuras, a los únicos que mato sin piedad cuanto puedo y avanzo es a los zancudos que zumban en mis orejas. Los bichos caseros mueren por haber quedado atrapados en hábitat artificial que no les correspondía, son víctimas de doña Profilaxis que viene una vez a la semana con sus dispositivos para llevar a cabo su especialidad: “limpieza profunda”. Doña Profilaxis (cándida representante de la especie terrestre denominada por la inteligencia del universo lemniano Bichomonstruo Cadaverófilo Furioso), no sabe de mis andanzas con los animalitos que sobreviven a su hecatombe, mientras haya tierra viva alrededor tengo asegurado la provisión de lepidópteras, gusanos, abejorros y demás monstruitos que alimentan el imaginario de seres de ciencia ficción.

Ayer, la puesta del sol, estuvo lejos de cuajar mediano incendio del piélago pero sí desembocó en acuarela monocromática derivada de la garúa que no pasó a ser aguacero. La tenue lluvia que proveyó el cerro Pajas, su generoso sudor, vino a ser baño de agua bendita para el bosque seco. La vastedad del océano argento, bruñido espejo de aguas en las apacibles bahías, lamía la costa volcánica gris que dispersó el reclamo existencial de los lobos marinos. La acuarela oceánica se hizo sinfónica cuando el rugido de la lobería confluyó con el canto gregoriano de los jilgueros del bosque seco que plegó al escenario vistiéndose de plata. Ayer hubo ricos matices monocromáticos en el conjunto melódico, el ocaso fue acuarela plúmbea y música panteísta. Ayer no hubo nubes arreboladas formando figuras de titanes sanguinolentos, y eso hizo más impresionante el óleo del crepúsculo que he nombrado: Duelo de dragones azabaches cruzando  entre sí lenguas de fuego. El ocaso es parte de los distintos escenarios del teatro hogareño, ya vendrán otros formidables ocasos que se fusionarán con el de hoy y, al cabo de mi estancia en Fortaleza Negra, tendrán en la memoria la unificadora denominación en singular, Sol poniente de Floreana. He dicho que no me toca hacer álbumes fotográficos para diferenciar a las fotos por sus  individualidades, origen, fecha y hora de su exposición, no he adquirido esa afición que si lo es de verdad conlleva obsesión por los detalles y por el conjunto de las composiciones. Insisto, lo tengo a Lovochancho para que me quite cualquier pena por pasar de inmortalizar el instante con instantáneas de Nikon modelo tal. Lovochancho tiene una colección fotográfica de las puestas de sol de las Islas Encantadas, así en plural, no sé cuántas corresponden a isla Floreana, en todo caso cuando regrese a mi lar montañés haciendo una mota verde en la jungla de asfalto, será placentero ingresar en los incendios crepusculares indescriptibles del otro, el  arte de retratar lo salvaje consiste en obviar explicaciones. Las explicaciones las dan los hombres de letras muertas, los oradores de libre mercado, utilizando imágenes como productos.

Tendría que hablar de ventanales en Fortaleza Negra, pero, sin rastros de cristales panorámicos, ¿cómo usar la palabra ventana tal cual lo hago en la normalidad urbana de Los Pichinchas? Fortaleza Negra hace honor a su nombre con creces en lo que respecta a la exclusividad que brinda a su huésped, es una anfitriona que provocaría la envidia del conde Drácula, hospitalario como nadie de su casta. De los floreanenses no tendría ningún recuerdo, de no ser por la presencia onírica de Sara, allí es la manifestación de Floreana, ella  viene a mí cuando en sueños invoco la feminidad de Floreana. Si invoco en pre-sueños, ya saliendo de la vigilia, a la feminidad de Fortaleza Negra se presenta Clara, su holograma o lo que sea. Si no despertara a hacer las intrépidas expediciones de ente extraño en las intimidades de Floreana salvaje, sería eterno cautivo de esas dos musas noctívagas; parafraseando a Lezama Lima, estaría como lobo marino de dos pelos en brisa lunar perenne. 

Algún rato me propuse bajar al pueblito con la secreta intención de montar  encuentro fortuito con Sara, so pretexto de imponerme sociabilizar con los parroquianos para que ellos no sospechen de mí y yo no sospechar de ellos. Por lo demás, ese principio de paranoia se esfumó en silencio, la razón principal de bajar se diluyó porque Sara –su holograma o lo que sea- subió a Fortaleza Negra. Los floreanenses han desaparecido para mí y yo para ellos, y sin que de por medio haya en el aire mutua animosidad, por el contrario, se respira armonía entre prójimos que no se conectan entre sí debido a que perciben y sufren distintas realidades compartiendo una misma isla. Visiono el pueblito de Puerto Velasco Ibarra, al menos un minuto antes de partir a la caminata del día, y me imagino su movimiento ralentizado que de pronto se rompe por el ruido de visitantes que hablan a gritos. Claudio Cordero Crispin, en Crónicas de Islas Encantadas, describe momentos arrancados a turistas transeúntes que se cruzaron con él, de esto se me viene a la memoria una estampa inspiradora de lo que voy a experimentar cual omnímodo narrador. A ver cómo me sale, y al final cuánto se alejará de lo que cuenta CCC, de eso se trata, de que esta intempestiva versión -de lo que me acuerdo este momento de la anécdota original de Crónicas de Islas Encantadas- se convierta en catarsis surrealista de este servidor.


Yo de incógnito en escena indeleble de Silvita de la Cuadra Ponzi

Silvita de la Cuadra Ponzi, mujer de sobrios encantos otoñales -acorde con las fotos que ha liberado en el ciberespacio de FB y, lo mejor, de acuerdo con mi visión en carne y hueso de ella-, ha dicho de sí misma que es urbanícola de nacimiento y luego de tal acontecimiento mundano asegura que es urbanícola por convicción y arte de sus vivencias. Ella es fundadora de la página cienmilera-mielera titulada, Si no te gusta la naturaleza virgen, ¿qué demonios haces en Galápagos? (portal que hasta que lo perdí de vista seguía creciendo ya con más de cien mil seguidores que han votado más de cien mil me gusta en su urna megustera). Silvita de la Cuadra Ponzi, manifiesta en el meollo de Si no te gusta la naturaleza virgen, ¿qué demonios haces en Galápagos?, que “…en tanto en cuanto no me ofendan yo no ofendo, de adrede no me encabrito, soy propositiva en las redes sociales que resido, respeto al cibernauta que no admite el no-me-gusta en su página, mismamente yo únicamente acepto el me-gusta en mi sitio, no me engaño, soy de vocación megustera y por mí me adelantara en el futuro para que me den no el millón de pinches me-gusta sino un año luz de lo suyo es magistral, ¿se imaginan ser receptores de un año luz de gentiles lo suyo es magistral?”. Hasta ahí, el discurso exacerbado de doña Silvita de la Cuadra Ponzi, es casi adorable, lo he guardado con cariño del tiempo en que anduve afiliado a FB donde, por inercia de incesante runrún bloomeano, pude montar particular mini-central de inteligencia e inmiscuirme en la intimidad del otro desde la invisibilidad que otorga el ciberespacio de la opinión fusionada con el chisme de halago o de insulto. Ya no me acuerdo si yo le solicité a ella la amistad platónica o si ella a mí dentro del teatro obsceno de FB, lo cierto es que con Silvita de la Cuadra Ponzi nos hicimos amigos platónicos por las circunstancias del azar propio de las redes sociales.

Cuánto agradecí la terquedad de no poner fotos mías en el muro de FB (mostrando lo mejor del cosmopolita: mi linda naricita aguileña bronceada), ahí apenas colgué enlaces a los artículos de la página literaria que vengo nutriendo a conciencia, el que es mi propio MedioVenenoso, blog de Claudio Cordero Crispin. El bajo perfil en FB me salvó de que Silvita ni de relancina pudiera reconocerme, de carne y hueso, en un encuentro fortuito, que se acaba de concretar hace pocos días, y fue cuando yo sí tuve el placer de reconocerla a tope en el lugar llamado Donde anidan las iguanas. Y es allí donde tuve ganas de romper el encanto y preguntarla a boca de urna megustera, “oyes, Silvita, ¿qué demonios haces en Galápagos?”. Ella que dice predicar resignación con su ejemplo, resignación a los seres humanos que envejecen en oficinas escultoras de neuróticos impasibles; ella que asegura ha sido eficiente en el arte de esculpir su neurosis incurable, ella que es alguien en una sociedad volcada a la insectización; ella que exalta el trabajo de hormiga, y grita a los cuatro vientos que es una bendición ser causa y efecto de la esclavitud moderna. Yo creyéndola sumisa total a la matrix siglo XXI, diciéndome que no podría ser de otra manera siendo como es hija del sistema, bien educada para serle fiel a la estupidización globalizada con posgrados obtenidos en las universidades decadentes que reparten doctorados honoris causa a diestra y siniestra del puro gusto de hacerlo o por la necesidad de unos cuantos denarios. Y a todo esto la pregunta de rigor brotó de nuevo: “Si no te gusta la naturaleza virgen, ¿qué demonios haces en Galápagos?”.

La respuesta no se hizo esperar merced a que pillé a Silvita de la Cuadra Ponzi, nietzscheanamente hablando, en un pico alto de asimilación de verdad pura, capaz de enfrentar verdades insoportables para el ente de una existencia inauténtica. Presentí su viaje a la angustia heideggeriana, que no es una desgracia sino tocar fondo en la nada donde anida el ser que no hay manera de sujetarlo, el que te dice “no escapes despavorido de la nada y aprovecha para ser un artista de la nada”. En ese trance la observe sin ser observado ni pizca, percibo como las arañas cuando otro se percata de mi presencia o si me enfoca así lleve puestas negras gafas de sol. Ayudó mi disfraz y más aún el estar encaramado en altillo panorámico, algo así como reclinado sobre cierta formación de piedra lavada que casi era confortable perezosa. Los pardos submarinos de mi traje de explorador, las gafas impenetrables y la gorra kaki tipo desierto del Kalahari supieron camuflarme con las rocas grises, puedo jurar que ella no me vio ni con el rabo del ojo. Yo era coprotagonista silencioso de la obra teatral “Las rocas volcánicas  escuchan”, o mejor todavía,  era el  califa de la media luna convertido en garza ceniza. Fue una sensación de dominio de la escena, aunque cuando la divisé e identifiqué estaba petrificado, menos mal que respiramos sin tener consciencia de ello. Ella, la urbanícola, rodeada de mansos reptiles producto de la temporada de eclosión primaveral. Ella, la cibernauta FB empedernida, contemplando ramilletes de iguanas bebes en las rocas de lava, ramilletes de iguanas maltonas y adultas entre el verdor de hierbas rastreras.

Silvita de la Cuadra Ponzi se dirigió a su impávido consorte -cual de intrépido expedicionario sólo tenía los trapos de marca que viste y las zapatillas deportivas con tecnología para proteger tobillos, de suelas antideslizantes, que calza- voceando y con una dosis de humor negro estremecedora:

Oyes, Futaki (disculpa la risa nerviosa que me entra apenas imaginar que si te llamaría por las dos primeras sílabas o sea Futa, oyes Futa… sería una grosería en nuestro medio, debido a eso no me acostumbro a ello, ¡qué nombre tan raro te pusieron mi amorcito! ¿No lo habrán sacado de algún fin de mundo de la llanura húngara de Béla Tarr?). A lo que voy es que vine acá porque quise re-comprobar por mí misma que lo que predico en FB es gatoserpentoso. A la verdad, Si no te gusta la naturaleza virgen, ¿qué demonios haces en Galápagos?, esconde mi amor secreto por las iguanas y por segunda vez en la vida me angustia el encanto y el bálsamo para el alma que provoca esta bestia marina que de gris solo tiene el fondo de su piel presta a volverse pinturita, que felizmente aquí la protegen más que a ti y a mí. No exagero si te digo que aquel machote, tal cual el que está estirado en la roca solitaria que te señalo, me abruma con su  atractivo, lo comparo con la enhiesta majestuosidad de solitario pico nevado en radiante mañana andina, la que colabora con el  imparable desnudamiento del coloso, el despojo de su ropaje millonario, sus glaciares […]. Y aquí viene la gran contradicción que nace de mi angustia pura, mi amorcito, ¿qué es lo que yo propondría a los diputadillos?, habiendo como hay tanto muerto de hambre entre nuestros animales políticos en la palestra, propondría que ellos y sus secuaces hagan algo provechoso con su voraz apetito: tragarse los unos a los otros. De igual forma yo debería hacer algo provechoso contigo, mi amorcito, molerte a palos en vez de que la santa humanidad haga esa barbaridad con los pulpos. Yo haría de ti -y de los que son como tú- platillo exquisito, un devórame íntegro. Qué rico, quiero más Futaki a la gallega. Qué rico, quiero repetir el Futaki a la piedra galapagueña”.