1/1/17

Cuaderno de Floreana 3

 ¿Cuántas jornadas han pasado en mi campamento base floreanense?, prefiero decir que estoy transitando la décima luna a partir que de la caminata etiquetada como Introducción a la Cerdita Comunista. Si apenas ingresé a Fortaleza Negra hubo familiaridad flotando en su atmósfera maternal, al cabo de soles y lunas que ya suman una eternidad, me siento veterano residente de  la sala multiuso y la sala de baño, con el beneficio añadido de no acostumbrarme al monocromático vacío que me envuelve adentro frente al contraste con el bosque seco ahíto de maleza que espina ni bien poner los pies fuera del senderito mudable del diario. A la intemperie de montaña, bosque, lava fósil, océano, la animan los colores y formas que toman dependiendo de la luz equinoccial. Lo de adentro es alegre sombra bajo el paraguas artificial, es temperatura ambiente controlada, y como hace minutos fue música sinfónica a pedido a la discoteca invisible de Fortaleza Negra. Me había olvidado de escuchar música humana puesto que lo único que tenía a mano en el panel de mando era el menú “música del recuerdo”. Qué desquiciante fue la aparición del holograma de una bella pinchadiscos ofreciendo literalmente todo lo que he escuchado en mi existencia, así sean las piezas más ridículas y anti-melódicas que alguna vez fueron atracción de cantina para los oídos basurero del entonces apócrifo romántico infectado con el virus del sentimentalismo.
Regresando de Galeones Fantasmas (el punto panorámico que dio el nombre a la excursión de la jornada) escuché repetidamente en mi mente cierto movimiento de la sexta sinfonía de Beethoven que no podía ubicar con certeza su orden dentro de la sinfonía pastoral que es la única de las nueve sinfonías que tiene nombres para sus movimientos. No es casualidad que escuché en mi cabeza la sinfonía de Beethoven que por antonomasia celebra a la naturaleza salvaje desde el oído del caminante, el mayor de los sentidos del músico innato. Al caer la noche, un momento dado antes de merendar, aullé con determinación “Clara, pon la sexta de Beethoven” y, de repente, la sexta de Beethoven, estaba rodando y con nitidez brotó el movimiento majestuoso que acompañó a la excursión Galeones Fantasmas. El ente, Clara, me sirvió en bandeja argenta la sinfonía pastoral de Beethoven, transformando a Fortaleza Negra en concha acústica. A la delicia que escuchaba horizontal se sumó la décima luna con su versión de luz y sombras, pues, cada noche tengo variantes de claroscuro lunático bañando el recinto, haciendo su propia galería de cuadros monocromáticos. Por ensayo y error -como ha venido siendo lo usual por acá- descubrí que no tenía que marearme con la oferta sentimentaloide de la “música del recuerdo”, que espontáneamente y de viva voz puedo solicitar lo que me apetezca del florilegio de sinfonías o el opus número tal de los grandes maestros, y rumiar a discreción su condumio.

Lo de afuera es exposición a la canícula y al rigor de los elementos de Floreana. Lo de adentro, las dulzuras del campamento base floreanense, es moderación de vida; lo de afuera es explosión de vida. Lo de adentro viene con el sello de Clara, que ahora es el mío puesto que soy el explorador que se impregna de la salud volcánica de la isla para que a su vez Fortaleza Negra se llene de gracia. Yo soy la gracia de Fortaleza Negra, soy el que alimenta su creatividad. Los dos medios ambientes de mi día astronómico son complementarios no debido a su similitud material y continuidad psíquica sino por el contrario, su oposición hace que sean una antinomia indivisible, un constante oxímoron. Si no hubiese esta contradicción en cada jornada, esta yuxtaposición de medios ambientes radicalmente diferentes, la energía que nutre al otro yo se cortaría y ambos vividores, el excursionista y el hogareño, sucumbirían. Floreana salvaje es todo lo que rodea a Fortaleza Negra, que es la morada donde transcurren dos tercios de mi día, digamos que en promedio estoy encerrado a voluntad 16 horas. Una vez que ingreso al campamento base digo “buenas noches y hasta mañana” al exterior; cual astronauta que ha cumplido su exploración cotidiana del planeta Edén, no vuelvo a salir porque no me da la menor gana de hacerlo. Esto es correspondido por la caminata diurna silvestre, ahí me entrego entero a las sorpresas meteorológicas, me saturo de flora y fauna, me hundo en el sudor de cuadros exquisitos, y no voy exento de abrigar escalofriante belleza como el ver hacia abajo desde la cima de los acantilados o desde la caldera cortada a pique de un volcán, tales visiones de vértigo en mí son trampolines a la imaginación monstruosa onírica que anima la sobriedad del caminante atento a los peligros de los accidentes geográficos. Parafraseando a Lovochancho, montañero de media montaña a tres cuartos de montaña, no necesitas ir a la vertiente norte del temible Obispo para medio matarte o mismamente matarte en cuestión de segundos, un mal paso en el manso y luminoso Ilaló podría romperte la jeta o mandarte aliviado de peso corporal a explorar la eternidad espiritual o si es del caso a vagar en la nada.

Hoy el senderito vino descendente hacia el mar turquesa, con una inclinación amable. Anduve por recovecos que te hacen sentir estás recobrando el mundo perdido de la niñez –si la tuviste a plenitud, si no te fue despojada para temprano ser no una fruta madura sino podrida- conforme avanzas al punto culminante de la exploración. Sí, esta sensación, la tuve en el ayer consecutivo (el lapso de tiempo que he pasado en la isla). Podría decir mañana, cuando abandone mi campo base floreanense, que nunca un día se parecía a otro día pero que al cabo, en reorganización retrospectiva, hacen un solo día. Entretanto, la caminata de hoy fue sobre el terreno distinta a todas las caminatas del ayer consecutivo, se nutrió de un nuevo tiempo, hubo cambio de tercio meteorológico con respecto a la lejanía, a la perspectiva, del ayer inmediato. Ayer no tuve lejanías de la isla, ayer estaba inmerso en la caldera volcánica del cerro Pajas, perdido en burbuja vaporosa de Scalesia affinis. Ayer no había alrededor de mis pies más que sotobosque sudoroso. Fue un paseo sabroso dentro de las húmedas entrañas de la montaña, bebiendo del silencio de los durmientes pájaros nocturnos que presentí medraban con la jungla oscura. El bosque de Scalesia affinis se levantaba con dos paredes infranqueables a los costados del senderito al que me aferraba como un feto al cordón umbilical de la matriz. Lo de ayer fue el aviso de que se viene la caminata nocturna en medio del alarido existencial del petrel, ave pescadora de alta mar, que por miles se acurrucan dentro de sus guaridas hasta que caiga la noche, durmiendo al amparo de piedras deleznables que al derrumbarse pueden tapar la salida de los petreles, condenándolos a morir por inanición. Estoy advertido de ese peligro, me alivia seguir el sendero providencial que impide taponar sus cuevas. Clara me contó que los petreles al despertar, para dirigirse a pescar en el piélago al abrigo de la quietud de la noche floreanense, emiten alaridos que se multiplican en miles de picos produciendo efectos sonoros cautivantes que solo los voy a recolectar en mi memoria auditiva el minuto que esté inmerso en semejante portento. ¿Será el abrir de ojos del petrel el oxímoron que espero: aquelarre celestial?

Las sensaciones de la caminata de ayer influyeron directamente en la de hoy al magnificar el contraste entre tres pisos biológicos que administran sus microclimas por separado estando de vecinos terrenales. Ayer, el bosque húmedo tropical montano de la caldera volcánica del cerro Pajas, honró a su denominación encerrándome en su burbuja selvática vaporosa, fue como deambular horas por baño turco natural sin los rigores del sudor artificial de cabina que asfixia y quema. Hoy descendí por la senda que me fue dada en el bosque seco calcinándose al pie la Cerdita Comunista, pasé de los aromas de palo santo a zambullirme en la brisa brotando del azul y el turquesa que predominó de cara a la orilla marina. Pasé de una ola de calor de bosque seco a una ola de frescura marina. Me estacioné en los jardines del planeta Edén, anduve por parajes de roca ámbar formando vallecitos liliputienses, la huella de lava hirviente congelada en sus postreros borboteos es patente. Tras cruzar la hueca de hierbas rastreras rojas asociadas con ralos cactus, el ámbar se tornó en grises mojados por la marea creciente golpeando la orilla rocosa, ya me encontraba sobre la calzada festonada de enormes machos de iguanas marinas, cual lagartos de fondo negro con manchas rojizas y espinazo verdoso. Machos alfas territoriales, individualistas, que mantenían distancia mínima de seguridad entre sí, sin que falten duelos a la hora de patrullar su ínfima heredad, el sonido y la furia de los combates se asemejan al de ungulados bufando y chocando violentamente sus cabezas, la mayoría de veces son encuentros rápidos, aunque fui testigo de un combate que se alargó hasta que los rivales quedaron exhaustos de tanto macharse con sus cuernos. Me llamó la atención la iguana tomando el sol en piedra lisa que parecía la azotea de su habitáculo en el centro de la calzada, su reptiliana cola colgando no sé un metro rozaba el piso, me acerqué con cautela -respetando los espacios interespecies- pero haciendo caso omiso a sus  espasmódicos movimientos de cabeza que son la señal de “aléjate”, junto con la amenaza gutural que emiten contra sus iguales por la competencia reproductiva y por el derecho inalienable a la soledad. En la azotea de piedra había agua empozada que reflejaba a la iguana que posaba alzándose sobre sus cuartos delanteros, mostrando sus poderosos pectorales. ¡Qué afiladas garras de lagarto terrible!, exclamé para mi capote. Agradecí que la iguana marina pertenece a especie mansa, vegetariana, siendo voraz carnívora no hubiese estado ahí parado tan campante, circundado por semejantes bellezas hipnóticas combinando en sus pieles rugosas el rojo cinabrio, el verde safari, el negro magmático.

Estaba contemplando el soberbio porte prehistórico de la iguana de marras, cuando por debajo de la cama de piedra, desde la oscuridad del agujero brotaron  gemidos que me hicieron retroceder instintivamente, asomó la pequeña foca aterciopelada con sus ojazos negros, llorosos, dirigiéndome una mirada de susto e interrogativa a la vez, “¿qué demonios haces aquí?”. Le hablé bajo y calmado: “perdona mi intromisión en tu cueva, no fue mi intención despertarte, hazte cuenta que soy observador extraterrestre embebido con la…”. El lobito marino peletero, de dos pelos, morosamente se alejó de mí no sin regresar a ver por si acaso el intruso lo seguía, se paró al filo de las rocas que empezaban a confundirse con el agua y comenzó a acicalarse relajado ante la mutua indiferencia con la iguana que (¿ilusión óptica mía?) pasó por encima de sus aletas caudales. A la verdad, esta acción de la iguana y el lobo peletero fue el detonante de que se haga realidad el cuadro estampado en el jarro que uso para ingerir el café levántate Lázaro de cada mañana. Había dicho que apenas me serví el primer café en Fortaleza Negra me llamó la atención la estampa del jarro por su familiaridad con mis recuerdos visuales, esto porque relacioné la imagen con la fotografía de Lovochancho, entonces me convencí que se trataba de una instantánea sacada de su colección de Galápagos y auguré que iba a encontrar cuadros mucho mejores por ser yo el que estaría inmerso en ellos. Me decía, ya vendrán a mí los jardines del planeta Edén, ya vendrán escenarios que hagan de la fotografía ajena una ilusión. El momento que la iguana se fue a posar con vista al mar dándonos la espalda a mí y a la foca que hurgaba en su grupa contorsionando el cuello como lo hacen los lobos terrestres, sobrevino vívida la escena del jarro café, ya no era un derivado de la fotografía de Lovochancho sino mi creación mental. Mientras escribo aquí tengo a la mano el jarro de cerámica que viene con la pinturita que no congeló el instante de Lovochancho en el punto geográfico llamado por el vulgo Las Botellas, sino que congeló el instante de este servidor en el punto geográfico denominado Galeones Fantasmas.

Los verdes de manglares de raíces acuáticas rojas, las yerbas rastreras cubriendo la arena crema con manto bermellón, los grises de las rocas aglomeradas en montículos o formando calzadas y plataformas, los pardos de las algas y musgos, hacen los matices más notorios de flora y materia muerta asociadas en el filo costanero. La fauna oceánica es la guinda de los óleos que pinté… me he vuelto un pintor de paisajes antediluvianos, el jarro de café es la prueba física de ello. Hoy llegué al punto geográfico que llamé Galeones Fantasmas, en contrapunto con el mapa virtual de isla Floreana donde tiene el nombre común de Las Botellas, que corresponde a otra manera de darle forma a las tres rocas dentadas que sobresalen algo metidas en el mar, sin difuminarse en lontananza pero dando la impresión de la suficiente lejanía para convertirse en cuadro del siglo diecisiete: ahí la escuadra de guerra ajada, tirando entre sus buques una línea perpendicular, en heroica retirada buscando puerto para lamer sus heridas. (Otra época humana traían los galeones españoles de la imaginación, mas estaba parado en la huella geológica del tiempo colosal comparado con el minúsculo lapso que tiene el Homo sapiens en la Tierra; no obstante, los minutos que viene ocupando la humanidad, en su breve travesía por la edad de Gaia, se ha ganado nefasto título planetario, ¿cuál es la era vergonzante, devastadora por antonomasia, que ninguna otra especie terrícola ha ostentado ni ostentará?: Antropoceno). Instalado en las comodidades de Fortaleza Negra, podría decir que las rocas dentadas asomaban cual botellas de champán derramando su espuma blanca, flotando verticales con leve inclinación a occidente, pero yo me di el gusto de verlas como galeones fantasmagóricos condenados a existir en perenne retirada tras haber sido derrotados en batalla naval. Cualquier caminante estaría en lo correcto si pinta de otra manera a las rocas dentadas, no les vendría mal si las bautizaran de Muelas de Nosferatu, o Colmillos de Perro Rabioso.

No voy especulando por el camino en qué me deparará esta o la otra distracción turística de catálogo, o si el punto culminante estará a la altura de la expectativa generada por la propaganda hecha para visitantes de corto alcance convencional, los cuales tienen las horas contadas  para obligarse, y exigir al operador si es del caso, a cumplir con los asombros pactados. Sé que uno de estos días vendrá a mí el sendero escondido que me conduzca a ver desde altillo discreto la Corona del Diablo, el  conjunto de rocas dentadas que hacen la figura aguas adentro que le da su mentado nombre internacional “Devil’s Crown”, tendrá que ser así puesto que no vine en plan crucero ni de hombre rana, no me incluí en los paquetes autorizados a visitar zonas restringidas al turismo por libre y/o masivo, cosa que tiene plena justificación desde el ángulo de la conservación de las Islas Encantadas, donde aislamiento es igual a preservación de las especies. Cuánto agradezco ser aficionado de la fotografía ajena y no un fotógrafo de la Corona del Diablo, Post Office, Punta Cormorán, etcétera. Por mí que sigan pululando las instantáneas, que las visitas a esos “recursos turísticos” sean imprescindibles para el turista corriente y para el más prosaico de todos, el turista paloselfie. Si las Galápagos no han sido expoliadas hasta la médula es debido a la suerte de no guardar bajo suelo la peste del petróleo o del maldito sucedáneo que haga que su destrucción sea un imperativo para el desarrollismo del bípedo depredador. En el papel,  las Islas Encantadas, deben mantenerse exentas de remoción, y eso implica tener una población humana residente, y flotante, azas controladas. Si de hecho los misterios de Galápagos están reservados a los privilegiados que tienen la oportunidad de husmear a fondo en ellos, es impagable lo que cosecho -sin haber sembrado nada- en Floreana. Apenas con ser  huésped de Fortaleza Negra, llevo ventaja insuperable a los magnates que anclan sus yates ultra lujo en lo más recóndito de la isla más recóndita del archipiélago. Lo dicho, no hay manera de medir con dólares este hospedaje en la realidad cuántica de Clara.

Merendé sencillo potaje que incluyó aromas y recuerdos de la cocina campesina, frugal, del pueblito sureño de Yangana, alverjas con guineo verde acompañadas de aguacate guatemalteco. El postre que proveyó el dispensador de comida por integración molecular (así lo asumo ante la inexistencia de la cocina común al Homo sapiens), se añadió al agasajo del paladar, pastel de mortiño, exquisitez dulce que jamás antes había devorado con tal gusto. Bueno, lo mismo dije del menú de ayer y de anteayer, y diré de los bocados de mañana, no estoy programado para estar descontento con las creaciones gastronómicas de la casa.