9/1/17

Cuaderno de Floreana 5

El punto culminante de la salida de hoy fue la poza escondida de aguas estancadas, rica en algas, fuente de microorganismos que hacían las delicias de la pareja de flamencos y el trío de patos ahí medrando. Este servidor no tenía la más remota idea de se iba a encontrar con esas esplendorosas aves  intempestivamente, deleitándose en la poza que se creó ante sus ojos -lo digo más por los flamencos salvajes que nunca antes he observado-. En  Crónicas de Islas Encantadas, CCC, avisa que, en las charcas salinas que están a la mano del turista hospedado en Puerto Villamil (isla Isabela), no faltan a cualquier hora hasta una veintena de flamencos reunidos donde el agua apenas les llega a los tobillos y, por añadidura, se observa fácil de la avifauna endémica de Galápagos. He visionado la fotografía de Lovochancho corroborando lo que narra con buena dosis de ficción filosófica Claudio Cordero Crispin. Debe ser romántico, poético, escuchar las trompetas de los flamencos en la noche conociendo que medran por las mismas cochas salinas que con la luz solar se nos entregaron en bellas formas unidas al reflejo de aguas turbias. Es cosa de andar cinco o diez minutos dentro o apenas en la periferia del pueblito de Puerto Villamil, y toparse con las aves que a mí se me aparecieron inesperadamente tras extenuante caminata que venía con rumbo a la nada pero lo mío fue excepcional, esa pequeña poza estuvo ahí para mi instante y el de nadie más, no era el escenario vendido como recurso turístico  sino  el surgimiento de tiempo-espacio idílico irrepetible.

CCC, en sus CIE, a propósito de las pozas salinas de Puerto Villamil, comienza a usar el término “turista-aturdido”, como en adelante menta al visitante que por la premura del tiempo tiene que hacer recorridos a vuelo de pájaro emigrante por las Islas Encantadas, y nunca se queda con el instante, pasa del instante sin trascender. Como prueba de que estuvo ahí se lleva instantáneas donde la fauna y flora del lugar son actores secundarios siempre detrás del actor principal que apostó a abarcar lo más de los paquetes turísticos del día que promocionan taxistas, agentes de viajes y operadoras. El turista-aturdido recepta cual zombi lo que le brindan y apenas escucha sin chistar la letanía del guía. Se me viene a la mente la anécdota de CCC, aquella de la pareja de turistas que el guía hace sentir culpables por no ver lo que él sí vio junto a otros turistas suertudos:

-Aquí mismo, exactamente donde estamos pisando, se efectuó la danza del amor de más de diez flamencos, qué espectáculo fue verlos moverse como si fuese una parada militar, al final unen sus picos y forman corazones con los cuellos... ¡Qué pena!, tendrán que regresar el próximo año para verlos así durante la temporada apareamiento.

No esperaba toparme con flamencos fuera de itinerarios turísticos, sé que hay muchos en la charca grande que está ubicada tras Punta Cormorant. Ayer nomás, bordeando la base del cerro Allieri, la vislumbré reflejando en lontananza, imaginé que allí se encontraban reunidos treinta o cuarenta flamencos que acá no pretendo ver de una vez ni en postales. Ayer tuve una mañana que vino por excepción nítida, fueron horas que la atmósfera se contuvo en transparencia inusual por su largueza, en especial cuando se me ofreció pedestal panorámico como final de la caminata de acercamiento a la bahía de Post Office.
Corona del Diablo, Punta Cormorant, Mirador de la Baronesa, Post Office… únicamente pueden ser visitados vía marítima, como otros títulos de parajes prístinos rebozando en bondades de archipiélago encantado, son parte de los recursos turísticos de Floreana más promocionados por las operadoras de cruceros autorizados para ofrecer planes especiales, y su valor adquisitivo aumenta por ello. La procesión de pudientes turistas a los sitios consagrados por el mito y la magia de la isla que tiene a su haber historias de crímenes sin resolver, ha hecho que me sienta más privilegiado aún con el paseo de aproximación a esos puntos famosos. Fiel a la modalidad de caminata segura, no se me ocurre abandonar el sendero singular que ha venido siendo el pan del caminante de cada día. En sí, estos senderos que no llegan a ninguna parte fundamental del turismo común en Floreana, son el fin de mis afanes exploratorios y no los medios para llegar paloselfie en ristre, por ejemplo, a la afamada Playa Negra. Ahí radica la diferencia entre el asombró cuántico y el asombro pactado de alguien que va a una laguna donde es público, voz popular, que allí verá lo que ha pagado por ver:flamencos.
Enfoqué Oasis para dos flamencos y tres patos -así quedó nombrada con pompa la salida de hoy, en el mapa virtual- desde el filo rocoso que tras larga caminata había prometido sería el último que atraviese, me dije: así no sea el final ideal de la excursión ahí me quedo tomando aliento para dar media vuelta y, con la proa puesta hacia la Cerdita Comunista, retornaré al lugar de reposo del intrépido expedicionario. Lo de hoy también se podría llamar La rebelión de las cintas. Se han sucedido jornadas que no les he contado, pero hay particularidades que se han mantenido para mi regocijo de explorador sin el menor ánimo de extraviarse, el principio y el final del sendero bajo la modalidad caminata segura, viene señalado por dos cintas. La de la partida está a mano en cualquier dirección desde Fortaleza Negra, es la que te dice: imposible perderse. La referencia que pone fin al trayecto de ida viene con la palabra que retumba en la mente: ¡llegaste! Las cintas, no varían de color por cada salida a exteriores, ayer tuve la cinta azul marino al inicio y la roja al tope de la media vuelta. He tenido senderos, a la sombra del bosque pavoroso de tierras altas, aparentemente trajinados por su claridad y limpieza en su angostura hasta dar con la cinta que avisa del fin del paseo, estos caminitos no se detienen de inmediato sino que continúan a lo mejor cien metros hundiéndose en la espesura. Estando rodeado de una pared verde infranqueable, he imaginado que si no tuviese la senda de regreso más visible en la espesura que a campo abierto, sin que tenga opciones para desviarse, podría conducirme a bosque carnívoro presto a devorarme. Adoro este toque de humor oscuro, intermitentemente suelto carcajadas de loco divino haciendo del retorno una oda a la modalidad caminata segura.
Ayer me sucedió con mucha más fuerza e intensidad, en exteriores extraños a la cotidianidad  del montañés, algo que ya he sufrido casa adentro en Villa Juárez, fenómeno que de vez en cuando surge de tardes plomizas matizadas por chubascos, tormentas eléctricas y pizca de granizo. El trance viene espontáneo, de súbito soy sujeto de arrobamiento delicioso mientras de automático preparo los ingredientes (pico cebolla paiteña, ajos manchegos, pimientos morrones, tomate riñón, champiñones portobello, ají jalapeño…) para la paella vegetariana que se me antoja lograr ante la ventana de la selvita de los arupos, de cara a mojado horizonte otoñal que sustituyó a límpido azul mañanero. Se trata de la visión aérea que he tenido de mí mismo haciendo la paella de la dicha, mi lar se ha convertido en islote verde sometido a caprichos meteorológicos inocuos, y viene rodeado de somero mar turquesa… Sí, cabría decir que es cuadro derivado de la última toma del Solaris tarkovskiano, la joya cinematográfica de A. Tarkovsky sustentada por la novela homónima de S. Lem, a quien no le entalló que la señera literatura de Solaris sea interpretada por cineasta que le imprimió su personalidad, su filosofía, su sello artístico propio, es que si no cómo la película iba a llevar la firma del ruso, y eso le da aún más cuerpo al reclamo de Stanislaw Lem ya que no le agradó que su novela de ciencia ficción filosófica lemniana tome el rostro del arte visual pensante tarkovskiano. Es una pena que Andrei y Stanislaw no hayan congeniado, hubieran tenido material filosófico existencial para conversar -de entrada- trece horas, a semejanza de la primera charla que sostuvieron el rey del psicoanálisis y su príncipe heredero (aunque al cabo de los años terminaron mutuamente desobligados). En todo caso, Lem y Tarkovsky, han hecho que yo sea bicho-monstruo devorador de sus obras incomparables entre sí, no hay para qué compararlas, emiten luz inherente a distintas galaxias.
Vamos a lo de ayer.
Ya arribando sin mayor novedad al punto culminante de la caminata, me sobrevino el trance vital zaratustriano que es la antípoda de la náusea gelatinosa de Roquentin. Presentía que estaba cerca del fin de trayecto, la alegría de poder caminar largos trechos sobre terreno irregular me invadió, sumando la visión panorámica casi nítida (todo un acontecimiento) que tenía de Punta Cormorant a Post Office. Conforme avanzaba vi que en la bahía de Post Office había ancladas tres embarcaciones, dos  yates de lujo y un pintoresco velero. Me convencí que uno de los yates alojaba a la celebridad del celuloide que a su tiempo fue protagonista de las ralas películas de ciencia ficción que, por inercia de su contundente contenido y realización, han calado en mi psiquis. Coincidió que la celebridad aterrizó por la misma hora que yo aterricé en Baltra, y hubo un contacto visual cuando me detuve a calcular el peso de su gran equipaje para la felicidad marina y submarina que lo aguardaba partiendo del canal de Itabaca, obviando el cosmopolitismo de Puerto Ayora. Siendo como soy contumaz lobo de páramo interandino, los yates no son de mi interés -tal vez lo fueran si cargara potente larga vistas para espiar en sus intimidades desde la hamaca de Fortaleza Negra-, de esto que vinieron a ser bonitas manchas blancas que se incluyeron en el gran angular que tuve de Post Office, Mirador de la Baronesa, Punta Cormorant y, de yapa, la Corona del Diablo. La fragata Hildita, fue a la única que reconocí por su porte majestuoso decimonónico, darwiniano; esto no es novedad desde que me grabé su nombre y estampa apenas desembarcando en Puerto Velasco Ibarra.
El  clímax de la salida de aproximación a Post Office y compañía, llegó con el instante que creí estar dando vueltas en Fortaleza Negra. La edificación de Clara cuenta con el suficiente espacio libre de obstáculos para sumar el tiempo y los kilómetros que tomaría cualquier excursión en la isla. Creí que la excepcional claridad del paisaje a media mañana era fruto de un holograma. Pero no, no fue así, apenas aterricé en la cinta roja que dijo “hasta aquí llegaste”, me convencí que no estaba dentro de holograma alguno porque no hay necesidad de un Todopoderoso que, desde afuera, cree lo que Floreana ya contiene en su seno para el individuo despierto. Floreana es mito y magia sin que un aprendiz de creador la recree para darme el gusto de husmear en ella estando encerrado en Fortaleza Negra. No me hallaba pisando holograma alguno sino la isla que tengo aquí para interpretarla con mis acciones y la mente que no dudo está conectada con la Mente del Universo, no hacen falta más intermediarios a esta trilogía: Floreana, este servidor y el Universo (o si se quiere más poética la cosa aún: este servidor y el Multiverso). En la cotidianidad del Quito Metropolitano, ni bien salgo de mi hogar de Villa Juárez, soy el que se expone a la matrix de la esclavitud moderna, percibo de corrido que soy disidente de la edad del robot biológico desechable, soy extraño al oscurantismo del neurótico terminal orando por su salvación en los templos de la tecnolatría. Mientras más despejado de mente voy por las calles de la alienación Homo sapiens, más liviano circulo cual disidente imperceptible entre las masas volcadas al nihilismo consumista. Acá también soy un extraño, pero un extraño que descubre el planeta Edén.
Ni por asomo busco respuestas lógicas para el no contacto con todo lo que implique la mano humana en Floreana, ningún sendero me lleva a fincas locales, sé que están en la isla de los floreanenses porque las diviso desde lo alto tal cual lo hago con la aldea y los barcos turísticos anclados en las bahías. Es obvio que circulo por una dimensión distinta, pre-antropoceno en lo que se refiere al medio ambiente prístino y post-antropoceno en lo que respecta a Fortaleza Negra. Esto quise, no toparme con nada que pueda provenir de granjas agrícolas, no entrar en sembrados ni avistar animales de corral extraviados, tampoco gatos salvajes, ratas noruegas, o chivos convertidos en plaga traída de ultramar. Mismamente ayer tenía que haber cruzado la única carretera lastrada de la isla para aproximarme al Mirador de la Baronesa; sin embargo, el senderito no se apartó del bosque seco, nunca atravesé la vía que conduce a las fincas de tierras altas y que tras ocho kilómetros concluye en Asilo de la Paz. Los turistas tienen una visita obligada a Asilo de la Paz, que está asentado en loma vital  para los isleños, pues, de ahí brota el hilo de agua dulce de manantial, esa agua deliciosa es la vida para la gente de Puerto Velasco Ibarra. Allá también se exhiben las cuevas históricas donde se refugiaron bucaneros exterminadores de tortugas, dentistas desdentados por sí mismos para no sufrir dolor de muelas, nobles descoronados, envenenadores fugitivos… Sin embargo, qué sé yo de esos misterios menores, qué sé yo de las historias de purgatorios humanos desatados en Floreana, si no he puesto los  sentidos en Asilo de la Paz.
Lo contrario a la trocha con yapa de la selva sudorosa de Scalesia, o a la que atraviesa por la espinada y urticante maleza del sotobosque de artríticos árboles de palo santo, es el sendero lo justo visible que desciende a la orilla marina. Ayer descendí hasta dar con el detente psíquico puesto que a partir de la cinta roja que señalaba la conclusión del sendero seguro, al menos cuatro sub-senderos conducían a claros antes de alcanzar la rocosa pre-orilla del océano. Ayer, no hubo ante mí una barrera natural carente de lejanías, que me obligue a dar media vuelta. No hay manera de equivocarse con el detente psíquico, pues, más allá de la cinta roja proclamando el “hasta aquí llegaste”, el caminante, siente que llegó al final del trayecto de ida y se relaja ipso facto, no se propone seguir adelante porque se dedica a contemplar entre la regia bebida hidratante que proporciona la brisa y las golosinas de la ración de marcha. Ayer hubiese podido continuar andando, sin riesgo de extraviarme, hasta ir a parar en la playita de Post Office, pero no tuve gana alguna de bajar a esa caleta paradisiaca, confirmando así que no estoy para fungir de avezado turista.
Volvamos a lo de hoy.
Adelanté que esto podría llamarse también La rebelión de las cintas. Por vez primera sufrí de impaciencia, no hallaba el momento de concluir el trayecto de ida. Sucedió en el lapso abierto y sin huella de sendero por los campos rocosos ondulados del pre-filo oceánico. Se me hizo insoportable el panorama pastel de las piedras ya que por primera vez superé varias cintas moradas que ondeaban al viento, envueltas en cactus gigantes, parados cual gendarmes señalándome que no pare, su vista era inconfundible a cincuenta o más metros de distancia. Dije que hasta ahora había seguido senderitos que contaban con dos señalizaciones de distinto color, la cinta de partida y la cinta de retorno, mientras que hoy tuve, cada tantos metros, avisos de “dale, dale, vas bien”, factor exasperante. No sé cuándo empecé a desear intensamente que el siguiente cactus con bufanda morada al viento, sea el punto culminante. La marca de “llegaste” revotaba y no venía a mí la sensación de alivio y alegría íntima de haber concluido la mitad del kilometraje del día, anhelaba terminar con la fase que ha venido siendo la más sustanciosa ya que es la que abre ruta, la que maravilla sobre la marcha, la que se sumerge en lo ignoto. El regreso nunca va a igualar la originalidad de la ida aunque ni de lejos es abono para el olvido. Hoy mi ser clamaba por las bondades de Fortaleza Negra, sin siquiera haber hecho la mitad del camino. La canícula me era insoportable y el viento no aliviaba mi desencanto con las caprichosas formas de la antiquísima lava petrificada; quería sentarme, apaciguar el mal genio sirviéndome la ración de marcha, y que la brisa se haga el líquido hidratante que me entregue a rapto de frescura, que el piélago vuelva a ser el insondable hábitat de leviatanes voraces, que agradezca con carcajadas de loco no ser comida fácil de lata mar sino lobo de orilla.
No sabía qué pasaba conmigo, cierto instante imaginé ser el número 1184, estando bajo el mando de la animadora 991, durante una mañana normal de distopía orwelliana. Tal ente superior me ordenaba con inapelables palabras de ánimo a continuar caminando sobre la máquina que conduce al cuerpo sano del mal vivir autómata. “1184, no te resistas a la matrix, es irresistible; sufre la matrix a tope y verás cuán grande es el premio del fantoche cumplidor”. Y yo avanzando en el holograma de cansino paisaje volcánico, mientras la pantalla injerta en la palma de la mano derecha me ofrecía las estadísticas completas del obligado esfuerzo. En ese trance infeliz aguardaba que surja la voz sensual, de la animadora 991, con la buena nueva: “Basta, felicitaciones 1184, hiciste el 50% de tu tarea matinal, tómate media hora de reposo, hidrátate con brisa regeneradora, cálmate con el paisaje marino, y regresa renovado para que hagas el 100%. Ánimo 1184, el premio al sujeto que da todo de sí en el purgatorio será tuyo”.
Maldecía por mi derrumbe psicobiológico, me sentía como si la experiencia de las jornadas anteriores me hubiesen jugado broma macabra acostumbrándome a seguir senderitos mágicos con puntos culminantes más mágicos aún, a los que he arribado con suficientes arrestos físicos mentales. Hasta ayer me había convencido de que podía caminar el doble de ida, pero no se trata de una travesía sin retorno al punto de partida, el regreso es lo que da la medida del paseo, al concluir el sendero de vuelta hago cuentas por interno cuán largo y fructífero fue con respecto a otras excursiones, cuán semejante o distinto fue al sendero tal o cual, qué emociones se dispararon más a costa del sacrificio de las que fueron a menos… Es motivo de festejo sorprenderme con los elementos subjetivos de la excursión frente a los datos objetivos que proporciona el mapa tridimensional de Fortaleza Negra. En el holograma a relieve de la isla, se suma el esfuerzo del día con una línea fosforescente para que destaque entre las líneas de las anteriores salidas. Las salidas no están numeradas por fechas, llevan los títulos que en mi fuero interno les puse y que asoman sin más en el relieve terrestre del recorrido. Es un placer comparar las estadísticas de las excursiones entre sí, la relatividad del tiempo-espacio juega conmigo, hoy sentí haber caminado mucho más que en la aproximación a Post Office, y nada me quita de que el esfuerzo psicofisiológico de ayer fue menor -apenas  considerando la ida, ya que el regreso fue papaya-, no obstante, los fríos datos del mapa virtual  del recorrido anotan que hoy  hice casi cuatro kilómetros menos que ayer.
Las sucesivas marchas pasadas no me habían preparado para rendir como el ascensionista que lucha contra la falta de gana de hollar la cumbre porque la ha perdido de vista, éste sabe que las banderolas lo salvan de extraviarse en la desolada inhospitalidad de rampas de nieve, hielo y rocas, pero esa muleta psicológica no lo libra de sentir de que cada banderola que supera es una mini cumbre del hastío. Para un andinista su cuerpo es la máquina animal entrenada para resistir al deseo de abandonar la conquista de lo inútil. La mente lo eleva por encima de la nada, son los pasos que da hasta la siguiente banderola, le repite lo que él ya ha experimentado: “…mañana, este sufrimiento voluntario te vivificará, vendrán a ti las imágenes preciosas que captó el subconsciente en aras de asaltarte cualquier momento del futuro con el mundo vertical divino-endemoniado. Entretanto, bebe de los desniveles de locura y el aire enrarecido de los altos Andes ecuatorianos, este rato los soberbios paisajes de altitud no son un consuelo, mañana sí lo serán…”. Y esto lo asienta el sujeto que tiene a su haber, cual máxima experiencia ascensionista, el subir de vez en cuando al manso cerro Ilaló, vía la medio-venenosa caldera de Lovochancho, cuya cumbre alberga sembrados de las fincas que antaño fueron parte de la legendaria hacienda del marqués Polibio, el dilapidador, por ponerle título a su rancia nobleza, nombre y alias.
No fue cosa de invocar al poder divino para que no me haga seguir a otro cactus marcado, funcionó el ultimátum que me di a mí mismo o coincidió con el hallazgo que hizo que esta sea la jornada de Oasis para dos flamencos y tres patos -sin palmeras ni piscina de agua dulce transparente-. Los ojos volvieron a ser los emperadores de la modalidad visual, el medio para subyugar desde lo alto donde flameaba, por fin, la última cinta que del pálido morado que azogaba pasó a rojo fosforescente. De ser caminante de poca fe salté a ser develador del tesoro escondido, enfoqué la poza que contenía a dos perlas rosadas. ¡Flamencos!, aullé como si fuese la tierra prometida a un náufrago. Y no es que  me haya faltado oportunidad de maravillarme con la galanura de otras aves como la pequeña e infatigable pescadora Garza de Lava, la escultural Garza Morena o  el  Piquero Patas Azules, posando en rocas al filo del mar allí  y acullá, siendo aves que toleran mi silenciosa proximidad. 

Estaba enterado de que los flamencos son tímidos y propensos a huir del ruido Homo sapiens, así que levanté dibujo mental del furtivo acercamiento a la poza, sin necesidad ya de más cintas en los cactus, por nada del mundo quería cometer una torpeza que los ahuyente antes de hartarme de su  salvaje presencia, aposté a ser sigiloso cual leopardo de las nieves. 
El encuentro íntimo con flamencos y patos exacerbó el paisaje, fue como si me hubiesen inyectado adrenalina pura, todo se animó alrededor. La naturaleza muerta se tornó en danzante ensenada de montículos de roca gris camuflando entre pastos de ciénaga a la poza de aguas fangosas, depósito de nutrientes para la acuarela que expulsó de sí al hastío. Por añadidura, hubo otras pinturitas aspirantes a memorables: pastel de zayapas asociadas con iguanas marinas, emergiendo del capricho ambarino de lava petrificada; pastel de manglares de raíces rojas al filo de caleta desnivelada; pastel de océano antediluviano.