19/1/17

Cuaderno de Floreana 1

Bajó pertinaz aguacero, frío y humedad, dejé mi hogar de Villa Juárez al alba,  con rumbo cierto al sol galapagueño. Todavía no salía de la influencia de Los Pichinchas y añoraba arribar a Floreana como si ya hubiese estado ahí antes larga temporada. Es lo que hizo que el amanecer plomizo que escondió las montañas con el manto del páramo luzca alegre, casi radiante.  Aguardé de buen talante que corra la cola en el aeropuerto de Tababela para que me extiendan el visado por dos meses a las Islas Encantadas. Me concedieron de una vez el tiempo límite permitido al año en calidad de turista transeúnte, la dama encargada del interrogatorio de rigor me entregó la tarjeta de control de tránsito con un risueño y perspicaz “cuidado desaparezca señor existente… ¡qué miedo, sesenta días en Floreana!”. Parece que a la buena señora le agradó mis respuestas a las preguntas claves de “¿qué es usted?” y “¿qué va hacer usted allá tanto tiempo?”. A la primera contesté “soy existente vividor”, y a la segunda respondí en coherencia con la primera respuesta: “existir viviendo”. Aquí sentí el espíritu del difunto Berdog tomándose mi instante, acordándome de su manera gloriosa de responder cuando era inquirido sobre su oficio y beneficio en el trocito de planeta que habitaba.


Me atraparon las aguas turquesas someras del cruce del canal de Itabaca y luego fui cautivo de la belleza de los cambiantes pisos geológicos del trayecto atravesando isla Santa Cruz hasta dar con Puerto Ayora, sentí que la pastilla para el mareo me había relajado con la dosis justa que me permitió tener el primer contacto prometedor con el archipiélago que de entrada me encantó. A pesar de la cortedad de mi paso por isla Santa Cruz, el tiempo-espacio ahí fue estrella fugaz, fantástico y trepidante sin proponérmelo porque había pensado permanecer cuatro días en Puerto Ayora, por eso de la debida aclimatación antes de entrar a las intimidades de Floreana salvaje, al menos así lo creí puesto que la misma Clara propuso tal transición y yo como novato en las Islas Encantadas seguía su plan de viaje sin chistar. Me debes más de una, querida Clara, pero qué sería de mí sin tus hechizos. Aterrizando en el planeta de manchas pastel enclavadas en piélago azul, que hicieron del páramo mañanero de Los Pichinchas cosa onírica, me aguardaba el cambio de timón inicial con Salvador, el callado emisario de Clara que me recibió en el aeropuerto de isla Baltra. Salvador, apenas se presentó y fue extenderme la pastilla para el mal de mar diciendo: “Amigo, si sufre de mareo tómesela ya, tiene el tiempo justo para que le haga efecto antes de subir a la lancha que en hora y media a lo sumo zarpará a su destino,  puede que el mar esté picado”. Si me acuerdo bien de Salvador, no es por su acogedor mutismo sino por la gentileza impagable que tuvo al brindarme la potente pastilla para contrarrestar el mal de mar que salvó a este lobo de páramo de sufrir un viaje miserable en lancha a isla Floreana.
     
La bienvenida, en el diminuto y acogedor muelle Puerto Velasco Ibarra, nos la dieron multitud de cangrejos matizados con lobos marinos e iguanas variopintas, muy vistosas, que hizo que el grupo de jóvenes estadounidenses que llegó a Floreana para hacer turismo comunitario se estrenen con sus cámaras fotográficas, mientras un vivaz guía galapagueño explicaba en inglés coloquial, no afectado, que podría traducir así: “Son de la misma especie de iguanas marinas cenizas de las otras islas pero aquí se dan enormes y con esos colores que alucinas…”. Con semanas por delante para alucinar con las iguanas no moví un músculo en pos de la cámara fotográfica porque no tengo ninguna que me haga estremecer de placer cada vez que consiga una imagen de ficción por las tantas que arroje al basurero electrónico, para descargarme de esa fatigante depuración está la fotografía de Lovochancho que comparte las instantáneas de su afán explorador con el mundo.
 
De repente estuve inmerso en disperso caserío de ciento cincuenta habitantes rodando con la canícula de las dos de la tarde por la calle principal de grava. La avenida 12 de Febrero es extensa y rectilínea, se sale de la aldea convirtiéndose luego en la única vía carrozable a la zona agrícola de tierras altas. Floreana se da el lujo de tener fincas que buscan la autonomía alimentaria de la isla. Al subir la cuesta del bosque seco al pie del cerro Pajas que con sus 640 metros de altitud es el más alto y dominante de la isla, retrepado en el asiento de copiloto del clásico todoterreno Lada-Niva que conducía Sara (inolvidable flor local que Clara tuvo la amabilidad de enviar a recogerme en el muelle, perla canela de tercera generación en Floreana), lo alcé a ver y supe que era inminente un acercamiento cercano con su seseante cumbre verde. Apenas Sara me informó de los detalles de la caldera de sudorosos bosques de Scalesia affinis, del volcán Pajas, me vi inmerso en su tupida vegetación de piso nublado. Con antelación obtuve datos de la isla, nunca salgo lejos de mi lar a la sombra del volcán Ilaló, el luminoso (que hoy amaneció oscuro, mojado y vaporoso), sin hacer  minuciosa revisión en el ciberespacio del lugar al que pienso instalarme cual extraterrestre ávido de experiencias terrenales. No voy a ningún lado en plan vacacional, pues, hago mías las palabras del filósofo Lovochancho, “vivo en vacaciones”. Mi estilo maduro de viajar es radicarme al menos tres semanas en un punto que me sirva de campo base para salir a caminar por los cuatro costados silvestres del parque natural que escogí para conocer y no pasar de largo por ahí a la manera del turista paloselfie. Si uno se queda lo suficiente en cualquier punto urbano o rural del planeta puede proclamar con justicia “conocí algo Roma o conocí bastante Puerto Villamil”, pero si va de paso haciendo y deshaciendo maletas cada dos días, sometido a paquetes turísticos que visitan sinfín de atracciones en treinta días, la cosa se parece más a un paseo extenuante de hipermercado repleto de curiosidades que a regeneradora aventura en lo ignoto. Por instinto de distancia no he sido carne de paquete turístico, si por castigo divino sufriera un enlatado de 27 días, de esos que se denominan algo así como Europa Total, a mi regreso tendría que exclamar: “Sudé a lo macho la vieja Europa de agosto: pasé por Praga, Sevilla, Florencia, etcétera…”.

Con Sara íbamos rodando en total soledad por la carretera lastrada a tierras altas cuando en la primera curva abierta nos topamos con la chiva llena de turistas asiáticos que venían de hacer el obligado recorrido al Asilo de la Paz. Supuse que ellos estaban alojados en la pintoresca fragata Hildita, que vi anclada en la bahía de Playa Negra, no sé si fue un enfoque nítido de mis ojos o fue una imagen transferida de la miniatura de velero que tengo en casa, pues ambos tienen el mismo nombre y pinta. “Hoy hay tráfico pesado”, bromeó Sara  aminorando la velocidad e intercambiando saludos con el conductor de la chiva, lo hicieron como si halaran dos veces del cable de las bocinas de sus respectivos camiones. Creí escuchar musical “adiós” proveniente los ocupantes de la chiva cuando el Niva que giró a la derecha siguiendo angosto sendero de grava que se hundía en los trinos y perfumes del bosque de palosanto. Sara ya estaba enterada de mi pretensión de hospedarme “una eternidad” en Floreana, sacudió perpleja su melena azabache y habló suave, cantarina, con humor insular: “Oiga ingeniero… aquí a lo mucho se queda una semana el turista, ahora no sé si donde vive la ingeniera las cosas brillan más, no sé de las maravillas que hay adentro, es una especie de bastión de otro mundo, no le miento si le digo que ha pasado a ser el mayor misterio actual de la isla. ¡Sí señor!, la vigencia de  Fortaleza Negra (así la nombramos nosotros) hizo que pierdan interés la leyenda de la baronesa y las otras historias trágico-heroicas de los primeros colonos europeos”. Bastaron esas palabras de Sara para que tenga la certeza de que si no promediaba algo de fuerza mayor, mi voluntad de “aguantar una eternidad y más allá aún” en Floreana se iba a cumplir.

Antes había desestimado las invitaciones de Clara a visitar Fortaleza Negra poniendo excusas irrelevantes, lo hacía porque tengo la necesidad  de madurar en el subconsciente mis viajes, que no sean acto compulsivo de vamos a tal lado apenas porque la coyuntura me es favorable. Algo tiene que explotar para que se haga consciente e ineludible la gana de mandarme a mudar a una isla remota, pues, no es suficiente que porte la etiqueta de poseer paisajes del edén y fauna antediluviana, no es que la teoría de la evolución darwiniana me precipite a coger el macuto y volar al archipiélago de Galápagos. Tenía que reventar la cosa por sí misma, y que me mueva por mí mismo a los perfumes millonarios de Floreana. El detonante fueron las respuestas de CCC a mis grandes inquietudes al respecto de las dos versiones de su obra monstruo, Crónicas de Islas Encantadas. Esto disparó en mí la urgencia por conocer al menos una de las islas que Claudio Cordero Crispin desarrolla a caballo entre la ficción y la  anormalidad del aventurero. Tras el intempestivo encuentro con el escritor morlaco en los regios cuartos de Café Vía Tarot, y la resolución en un santiamén del problema que me había tenido ocupado durante meses con las famosas cuestiones que provocó Crónicas de Islas Encantadas, sobrevino el desenlace de lo que se estaba fraguando en el subconsciente, entregarme a la singularidad de  Fortaleza Negra. Cuarenta horas después de la segunda develación del cuadro La Noche surgió la última invitación de Clara para que haga lo que tenía que hacer,  no fue una invitación a que la visite a ella sino a que “te quedes cuidando mi casita volcánica el tiempo que voy a ausentarme de la isla, no vaya a ser que en la aldea donde no hay ladrones surja un mago que rapte mis secretos”. No hubo los evasivos voy a ver si puedo, ya te aviso si me animo o algo similar, sin vacilar de mis labios brotó rotundo sí.
   
Heme aquí de ocupante no de la casita volcánica sino de la Fortaleza Negra levantada con roca eónica en el espeso bosque de palosanto que la circunda, mimetizada con la naturaleza estancada en el tiempo mágico de Gaia, al filo del barranco que la esconde de cara al océano ya azul, ya escarlata, ya turquesa lamiendo la costa brava. Es una mansión mucho más que futurista, diseñada para contemplar el entorno, hecha para el reposo del caminante y con provisiones tipo astronauta vegetariano al infinito, no exagero si digo que esto supera mi capacidad de asombro sobre la genialidad minimalista de Clara, especular con tecnología extraterrestre, o pensar que la Fortaleza Negra es un invento de otro mundo como sugirió Sara no es un chiste. Por ahora no se me ocurre nada más al respecto, sólo sé que me siento predispuesto a que la morada de Clara e isla Floreana entren en mí. Sara me dejó al Niva y se devolvió al pueblo andando, sin aceptar que la lleve de regreso ni escuchar mi pedido de no llamarme ingeniero: “Para eso lo subí ingeniero, para bajar andando…  mi lugar está a la vuelta nomás, no se preocupe, es un honor ayudar al amigo muy recomendado por la ingeniera”.