26/12/16

Cuaderno de Floreana 2


Desperté con el lejano reclamo existencial de lobos marinos provenientes de la invisibilidad de sus moradas en la orilla rocosa, ya los distingo como si fuesen ladridos de familiar jauría. Al eco del rugido salvaje de los lobos marinos plegó el canto cercano, íntimo, de jilgueros provenientes del bosque seco que envuelve a la Cerdita Comunista, la loma que preside al volcán Pajas (todos los nombres y referencias geográficas los tomo del mapa virtual de Fortaleza Negra). Cuando abrí los ojos a la mañana tibia sentí el descanso integral, cuántico, de mi cuerpo-mente, ¿es que aquí no hay visos de insomnio?. Aspiré el aire limpio y temperado gracias al dispositivo eólico invisible que aprovecha las corrientes del exterior para crear este medioambiente fresco y cálido a la vez. Por techo falso se me dio el holograma de entramado de hojas de palma de cera con tiras de bambú que combina con la profundidad claroscura del amanecer. La generosa perspectiva del despertar me invitaba a dejar las sábanas, por decirlo así pues el lecho que estaba empotrado al piso no venía con ropa de cama alguna, no hay necesidad de cobijarse puesto que la temperatura ambiente se regula en función de mantener equilibrado el calor corporal. Sigo estrenando la cama ergonómica anti-ácaros, antia-alergias, que se amolda a la contextura anatómica del durmiente con cierta resistencia versátil para el reposo completo bajo el influjo de la luna (sí, luz escarlata de luna tierna por cortesía de Fortaleza Negra, intercalando sombras cual pozos oscuros en medio de la noche que ha desterrando el uso de iluminación eléctrica en lo que la vista alcanza). La penumbra lunar sirve de cortina entre el hogar y la noche salvaje de Floreana, también divide con pulcritud la noche del día ecuatorial, e invita a caer redondo en el lecho que se levanta del piso ¿treinta centímetros? 

A eso de las veinte y tres horas -por marcar el tiempo de mi alucinación- nos fundimos en un abrazo con Clara, fui agasajado con instantes de sumo placer trepado en el trampolín de la vigilia, cuando la mente desarrolla a tope y el cuerpo es bólido surrealista antes de precipitarse a las profundidades oníricas. Al desprenderme de ella, en el breve vacío de la caída, me pregunté si no estoy ante la sucursal chiquita del planeta lemniano Solaris, donde se hacen realidad ambiciones latentes o recónditas, para el caso sería isla Floreana el ente creador. Pasado el gusto se me ocurre que fui afortunado, el abrazo pudo haber sido con una criatura constrictora monstruosa, de esas que medran en el inconsciente y surgen de vez en cuando recordándote que también son parte de uno. 

Distintas intensidades de luz solar bañaban el hogar mañanero despojado del cortinaje  nocturnal, pozos de fresca claridad se alternaban con figuras sombreadas sin que haya espacio para el deslumbramiento o la penumbra generalizada, dando la impresión de una variedad de ambientes en la única sala que conforma el dormitorio. No hay obstáculos visibles, no hay muebles ni cocina, ni cosa parecida que se compare con la normalidad de la cueva humana moderna o futurista. A vuelo de pájaro se observa vacío minimalista acogedor que va incorporando útiles cuando estos te son necesarios, mientras tanto están embodegados en el limbo. La cama, que es el útil más grande y visible, cumplido su propósito se hunde en el piso, mimetizándose con él, sólo sé que cuando pido siesta asoma de nuevo en mitad de la sala, inconfundible por su tamaño triple plaza y sus colores camaleónicos que contrastan con el suelo rocoso. ¿Una casa inteligente? ¿Una casa mágica? No, es la realidad cuántica que te engancha, es la realidad cuántica que te envuelve como si hubieses estado aquí siglos, el entorno te es familiar y sin embargo no hay nada que me recuerde a  mi casa arcaica de Villa Juárez (la que tiene los membretes de ancestral y ecológica, dados por el municipio quiteño y que, por añadidura, hace poco fue incorporada al catálogo de mansiones patrimoniales protegidas por la UNESCO). Tampoco me trae imágenes de cualesquier mansión perteneciente a otros ciudadanos siglo XXI; por más pudientes que sean apenas están repletos de la futura chatarra que provee la tecnología de punta globalizada, al cabo todo lo que poseen irá a parar a los colosales basureros Homo sapiens.

Levantarme con música alada y luz mañanera encendiendo las formas de la contemplación diurna, no es una novedad en mi cotidianidad de Villa Juárez. Al pie del volcán Ilaló estoy rodeado de jardines y selvitas predeterminadas, pero es cual pálido reflejo del singular minimalismo de Fortaleza Negra, acá todo es renacimiento, es lo que va materializando el instante de la isla prístina que tengo ante mí, me refiero a lo que puedo hallar allá afuera olvidándome de las bondades de la "civilización". En Villa Juárez, si bien es el refugio que me aísla del furor desarrollista del urbanícola, en cuanto me desprendo de él soy engranaje del Antropoceno. Acá, antes de los albores del amanecer, mi mente-cuerpo pide acción, exige caminar en el inmediato exterior, anhela explorar la Floreana salvaje. Solo tengo que abrir la puerta a la isla y sumergirme de lleno en ella, sin preámbulos ni acercamientos motorizados. Es como dar un portazo al descreimiento y acogerse al porvenir. 

Salté brioso del lecho a ser buzo de sala de baño, que es la otra cara de Fortaleza Negra -tan espaciosa como la zona del dormitorio y que da a los perfumes del bosque de palo-santo y opuntias de la Cerdita Comunista-, pisé descalzo el suelo tibio de piedra liza aunque formando pliegues cual mosaico entre gris y ámbar. ¡Qué placer andar descalzo por la roca calentita!  
    
Desayuné tortillas de yuca combinadas con sorbos del café filtrado que trajo los aromas de escondidos valles cafeteros de la arrugada geografía lojana, el jarro humeante de cerámica tiene mis iniciales y viene con una estampa que me resultó familiar al instante porque es parecida a la foto que más degusté de la colección “Isla Floreana” de Lovochancho; no voy a describir tal imagen, estoy seguro que hallaré una así por las calzadas de iguanas y lobos marinos en la roca gris adornada con musgos pardos salpicados de agua marina. El desayuno fue  banquete  funámbulo con vista al bosque seco descendiendo a la costa brava. Ayer merendé menestra de garbanzos acompañada de arroz, patacones, ensalada de lechuga… y pastel de manzana de postre. Sí, lujos a la  mano, ricuras al momento, a través del dispensador de alimentos que brinda lo indispensable sin provocarte empacho. Las cosas de comer no están a disposición en una nevera o despensa de puertas abiertas, debes sujetarte a lo que te ofrecen y lo haces con franca disposición porque has depositado total confianza en el gobierno de Fortaleza Negra. No tienes de por medio un programa de menús para escoger lo que te apetezca, no puedes repetir las raciones dadas ni picar entre comidas, es menester atenerse a las dos sorpresas gastronómicas de Fortaleza Negra desayunando y merendando. Aquí se pasa de almuerzos, de raciones de marcha o fiambres para el camino. Del dispensador de líquido brota hidratante multisabor que supera con creces a los productos de libre mercado; del hidratante FN puedes beber cuando tu organismo lo requiera y llenar el "morral de agua” con uno, dos o tres litros que a la postre es lo único que cargas contigo afuera.
   
Desprendiéndome del lecho especulaba con que Fortaleza Negra, emulando a la leyenda de Hotel California, dejaba que uno disfrute de sus delicias materiales y metafísicas a condición de no salir de la burbuja jamás. Para que no tenga sustento esa idea peregrina cualquier momento voy a bajar al pueblito de Puerto Velasco Ibarra a sociabilizar con los floreanenses, mejor dicho iría a por un encuentro fortuito con Sara, no nos engañemos. Si no hubiese sido por la vívida alucinación pre-onírica de yacer con Clara, no me habría pasado por la cabeza bajar a tomar café cerca del muelle -concretamente donde Devil's Crown, casa de comidas celebrada en las crónicas de CCC y por añadidura mentada con fotos de por medio en el ciberespacio de Lovochancho, con una Sara fotogénica que además resultó ser de verdad atractiva por su potente espiritualidad-. A la sugestión de sociabilizar con los floreanenses para constatar de que no estoy secuestrado en Fortaleza Negra, se sumó la idea de que ellos, por inercia, podrían especular de que soy parte de una estación de tránsito galáctica. Me he reído de semejantes aprensiones apenas poniendo los pies afuera de FN, sería fenomenal que los locales me vean como un extraterrestre de huésped en la estación de tránsito galáctica de Clara. Al señor Claudio Cordero Crispin y a don Lovochancho les tocó venir de turistas comunes y silvestres, alojándose en los establecimientos hosteleros de oferta de la parroquia Santa María, no fueron invitados de Fortaleza Negra, no podían serlo, para entonces no existía esta edificación, si ahora fuesen huéspedes de Clara exclamarían aliviados como yo: no has venido a esta isla a hacer relaciones públicas con tus congéneres, viniste a extraviarte en los laberintos de Floreana salvaje. "Nada de lo que yo haga o deje de hacer le va a quitar a Fortaleza Negra, a la ingeniera Clara, el membrete de misteriosa y de estar bajo el influjo alienígena, pues, yo soy el primero en sentirme así: un extraterrestre", me dije a mí mismo. Estas palabras vinieron a ser el conjuro que me liberó del ciudadano preocupado por las formas sociales, si toca por el camino saludar al prójimo así lo haré y con la dentadura por delante, ¿qué otra actitud podría tener el que viene de hacer su caminata por los jardines del edén? No voy a negar que prefiero no encontrarme con el prójimo en mis inmersiones en las intimidades de Floreana, y decir cual Lovochancho: “no me topé con persona alguna en el sendero, fue un paseo redondo en las creaciones de Gea”.

En la consola de mando de Fortaleza Negra pulsé el ícono “senderos para ti”, y brotó el holograma aéreo tridimensional de la isla de 173 kilómetros cuadrados, de solo 18 kilómetros de largo por 16 de ancho, ¡qué preciosa y manualita saltó a la vista! Desde que arribé a FN, sin ser senderista competitivo presentí que podía lanzarme progresivamente a visitar los puntos más distantes y recónditos de Floreana. No sé porqué imaginé que iba a asomar un mapa plano y desabrido con la oferta senderista comercial de la isla, cual catálogo de maravillas, con líneas de distintos colores señalando las opciones y los costos, algo como decir  mientras más veas en exclusividad de los paisajes, de su fauna y flora más caro será tu paquete turístico. A la verdad, ver lo que no has visto en tu cotidianidad es impagable. En el holograma se puede observar que es mínima la accesibilidad  al  97% de la isla que es parte del Parque Nacional Galápagos, exageraría si digo que un diez por ciento de esa reserva biológica está disponible para el turista regular; los millonarios tendrán un mayor horizonte de observación desde sus yates privados, mas  la probabilidad de internarse a caminar donde les plazca continúa siendo reducida por la práctica inexistencia de senderos para realizar circuitos auto-guiados fuera de los ralos recorridos que únicamente es posible hacerlos bajo la tutela de guías autorizados por el PNG. ¿Cómo atravesar la espesura del bosque seco y la tupida selva nublada, llenas de trampas o grietas camufladas en la maleza? ¿Cómo seguir el filo costanero rocoso plagado de acantilados? ¿Cómo sobrevivir sin agua potable y comida? Por eso la penitenciaria de isla Isabela dejó a la posteridad el testimonio vivo del Muro de las Lágrimas, cuando el paraíso era infierno humano.

Floreana no está para paseos tipo playas del Caribe o por los trochas de verano que cruzan los páramos andinos, es una isla paradisíaca protegida por la humanidad para que la misma humanidad no la destruya, y es privilegio mío conocerla como el extraño que de repente pasa de ser efímero e intrascendente a ser eónico y trascendente. Permiso oficial para entrar en las zonas prohibidas a la humanidad saqueadora lo tienen científicos, personal del parque nacional, controladores de plagas… pero el permiso innato para entrar en osmosis con las intimidades de Floreana lo tiene el poeta, tal como anota CCC en CIE: “…las puertas de la percepción de las Islas Encantadas las tiene abiertas de par en par el poeta, la poesía de sus ojos”.

La propuesta de caminata fue única para el ocupante de Fortaleza Negra, no salió de un montón de circuitos del mercado turístico. Del icono “senderos para ti surgió el icono “salida recomendada”, que más debería llamarse salida obligada, pues, es el paseo que te conviene hacer sí o sí. No es una sospecha, la salida obligada es y será lo corriente en los próximos estrenos de “senderos para mí”, y por la gracia de Gaia que así sea hasta que retorne a mi lugar a la sombra del Ilaló, o mejor todavía hasta que desaparezca de Floreana salvaje. No habrá manera de resistirse porque llanamente no opongo ni  opondré ninguna resistencia a la salida obligada, llegó y llegará muy de acuerdo con mi estado psicobiológico o psicofisiológico del instante. Cuando salté al exterior me percaté de que no había rastros del Lada todoterreno, con la adoración que Clara le tiene a su clásico Niva descapotable, supongo que debe estar a buen recaudo en la cochera subterránea, de donde emergerá flamante, tal como lo vi, cuando sea el rato oportuno de sacarlo afuera. Presiento que no voy a necesitar más a la joyita rodante de Clara, es decir apenas el momento que toque tomar la lancha en Puerto Velasco Ibarra con el macuto inflado por una bolsa de dormir invernal, de plumón noruego, que la porto a donde fuere cual amuleto. No dudé de Clara cuando me dijo, muy seria, que no traiga nada: “ropa lavada de excursionista veraniego, útiles de aseo, etcétera, vas a encontrar a tu gusto en el dispensador del baño…”.  ¿Dispensador?... Me sonaba rara esa palabra hasta ayer, ahora sé que Fortaleza Negra en sí es un dispensador de normalidad cuántica.  
     
Afuera no había señas de senderos, ¡vaya novedad!, no obstante tenía la certeza de que estaba uno aguardándome, así fue. Caminé relajado a pesar del calor endemoniado, estimo que serían doce kilómetros de ida y vuelta. La trocha venía entonada con las canciones de los pinzones de Darwin picoteando por doquier, se abrió lo justo para descubrirla a partir de la cinta rosada colgada del cactus de raíces nervudas naciendo de roca ámbar. Senderito discreto, casi colorado, casi de dibujos animados, quemante, juguetón, serpenteante. Encontraba recodos que parecían indicar el final pero giraban en ángulos suaves hacia derecha o izquierda en el bosque seco repleto de maleza que de no haber esa mínima obertura sería insufrible atravesar. El tiempo en cubrir el circuito lo puso el senderista, me entretuve justo lo que apetecía, fue una salida de reconocimiento lateral libre de accidentes geográficos, de no ir a ningún lado con etiqueta de extraordinario porque esa etiqueta la tengo que poner yo si me place hacerlo. Me cupo el gusto de crear esta etiqueta para la inmersión de turno en Floreana salvaje: Perdido en la Cerdita Comunista.