“Un árbol que ha recibido lentamente la virtud misteriosa de los siglos, junto con la recóndita substancia de la tierra, es objeto que infunde respeto y amor casi religioso. Hay quienes destruyen en un instante la obra de doscientos años por aprovecharse de la mezquina circunferencia que un árbol inutiliza con su sombra: para la codicia nada es sagrado: si el ave Fénix cayera en sus manos, se la comiera o vendiera. Cosa que no produzca, no quiere el especulador: para el alma ruin, la belleza es una quimera”.  Juan Montalvo

 

Juan Montalvo, autor de Capítulos que se le olvidaron a Cervantes – Ensayo de imitación de una obra inimitable, nos lega en el capítulo XVI pequeña joya escondida de la literatura universal, que vino a ser la casi aventura de D. Quijote. Montalvo, con su única y póstuma novela, no pretendió rivalizar ni competir con el Quijote cervantino –jamás habrá otro como él-, dejando en claro desde el título el respeto y reverencia que profesaba al irrepetible caballero manchego. El afán de sus letras es rendir sentido homenaje al buque insignia de la lengua española, a la par que aprovechó para que D. Quijote no sea vencido por ningún bachiller prosaico y, por inercia, se negó a que haga testamento con cordura inapetente, se negó a que muera sobrio como una tumba. Montalvo lo quiso haciendo su cuarta e interminable salida por los magníficos paisajes del Ecuador. Acá lo tenemos a D. Quijote cabalgando al infinito, y más allá aún, menos andariego que reflexivo, menos pasible que dinamita, incansable emitiendo los dicterios que encantaron a don Miguel de Unamuno.

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¡Y habláis del cielo, vosotros que deshonráis la tierra!”, Thoreau

Walden, se llama la soberbia laguna septentrional de Concord, Massachusetts, que propició el amanecer de Henry David Thoreau. Walden, en estos días de oscurantismo tecnolátrico (de medioevo digno de la ciencia ficción lemniana, donde el progreso del antropófago consiste en rendir pleitesía a sus cadenas), aún se presenta encantadora. Su ecosistema lacustre y entorno boscoso, ha resistido a la época del ser humano caído en la cosificación de su alma, luce tan fresca y dominante como el legado filosófico del yanqui anarquista, el padre de la Desobediencia civil (Gandhi la exportó al mundo un siglo después). Thoreau, se negó a pagar impuestos para la injusta guerra de su país contra México, y, sobre todo, desobedeció la orden mundial de plegar a la esclavitud positivista, afirmándose con su propia experiencia de vida proclamó que el mejor gobierno es el que no se lo siente. Lo paradojal de esta bifurcación de senderos entre la sociedad que escogió orar dentro de las catedrales del consumismo y el hombre que siguió la estrella de su emancipación, es que esa misma sociedad del desarrollo para la entropía supo conservar intacto el santuario natural, sin amortiguadores, del vividor.

El testimonio de Thoreau habitando la cabaña con vista a las profundidad policromática de árboles centenarios, y a la cambiante luz que emerge de los estremecimientos de la laguna transitando por las cuatro estaciones, viene con el título: Walden; o, La vida en los bosques. Este libro fue escrito por Thoreau gracias a la presión y urgencia de sus amigos  y, al cabo del tiempo, somos los beneficiados de que nos llegue su formidable pensamiento y pragmatismo. Walden, es canto épico a la naturaleza indomable, es un poema de los sentidos alertas y la contemplación innata. Thoreau, mimetizándose con la vida en los bosques, llega a ser el explorador de las altitudes del instante, sufre  las crudas transformaciones de la intemperie, es parte del gélido letargo blanco del invierno, es la renovación que trae la primavera con el despertar de los ruiseñores y el creciente movimiento vivace de las entrañas de la Tierra.

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Acabando la segunda lectura de Crónicas de Islas Encantadas y, conforme llegaba al final de Prólogo, fueron creciendo las dudas que se han convertido en fijaciones por despejarlas. ¿Cuál de las dos versiones de CIE es la original que dio vida a la otra?, fue la gran pregunta que obligó a la siguiente: ¿por qué el autor se entregó al trabajo ciclópeo de hacer una obra bifronte?

Cuando me di cuenta de la singularidad que encerraba Crónicas de Islas Encantadas, en principio daba por hecho de que el libro impreso era el original, pero de repente surgió la posibilidad de que sea al revés, y en el cálculo de probabilidades ambas ediciones terminaron igualándose. Al final, cualesquiera de las dos, tenía la misma opción de ser la que dio a luz a esa suerte de clon distinto e idéntico a la vez. Comprendí que la única manera de resolver las jodidas cuestiones que plantea CIE, era conectándome personalmente con Claudio Cordero Crispin, y que lo ideal era que se dé un encuentro franco no convenido, fortuito. Descarté la vía telefónica o el correo electrónico; ni pensé siquiera solicitar su amistad a través de las redes sociales, no soy objeto de esas galerías de voces yuxtapuestas para el balbuceo y la onomatopeya humana.

Las probabilidades de toparme con CCC eran mínimas, puesto que él reside en la isla Puna. He visitado algunas veces la ciudad de Guayaquil, pero nunca he pisado isla alguna de la intrincada cuenca del río Guayas. Aún así no sé porqué presentí que el rato menos pensado iba a toparme con el autor de CIE. Había decidido correr el riesgo de irme en banda, de abordarlo donde me sea propicio hacerlo así me vea como un tipo impertinente y se niegue de plano a atender mi curiosidad, o que no responda directamente a las cuestiones y me mande al limbo con un sabatiano “ya lo vas a descubrir, ya te vas a dar cuenta”. Esto último proviene de la anécdota que cuenta el señor Tetraktys, que apenas acabando de leer El Túnel, muy impresionado por las fuerzas oscuras que ahí se desataron llenando su mente de visiones paranoicas, tomó su auto para dirigirse a no se sabe dónde en la inmensidad de Buenos Aires y, sobre el trayecto que desconozco, deteniéndose ante una luz roja de semáforo, se encuentra cara a cara con el mismísimo doctor Sabato, el cual iba en el asiento de acompañante del conductor del carro contiguo. Tetraktys, rápido de reflejos e impelido por una oportunidad que no se le volvería a presentar, bajó el vidrio y disparó: “¿Por qué Allende le grita insensato a Castel?”. Don Ernesto muy comedido le contestó de ventana a ventana: “ya lo vas a descubrir, ya te vas a dar cuenta”. No sé si el señor Tetraktys habrá despejado su duda al respecto de las potencias oscuras que motivaron el meollo esquizoide de El Túnel. Modestia aparte, yo creo haberlo hecho a través de Fernando Vidal Olmos (tenebroso personaje de Sobre Héroes y Tumbas), quien manifiesta que el asesinato de María Iribarne corresponde al castigo que la secta de los ciegos le infringió al también ciego Allende (esposo de María Iribarne), para llevarlo a su autoeliminación, siendo Juan Pablo Castel el instrumento idóneo para consumar la venganza. En todo caso lo que cuenta el señor Tetraktys es digno de incluirlo en los fragmentos de Abbadón el exterminador, tal hecho callejero no pudo ser más sabatiano.

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—El maestro no hablaba de su familia… “Todos me dieron puerta, 9-11”, me comentó lapidariamente alguna vez viniendo a ser la única referencia que tengo de sus parientes. Nos hicimos panas del alma desde que me cupo la suerte de auxiliarlo con la ambulancia Pegaso, como llamo a mi instrumento de trabajo del 9-11. El hombre, tras una marcha alcohólica que lo puso a bailar con la parca, terminó en los lomos de Pegaso y por las atenciones oportunas del paramédico volvió al mundo de los vivísimos… por eso incluso en la dedicatoria de un par de cuadros me llama así, 9-11. A la verdad, las anécdotas que tengo del maestro son divertidas y algunas alucinantes como esa que ya le conté del secuestro que fue objeto por parte de un incógnito padrino colombiano para que le pinte en exclusividad cuadros taurinos en una mansión ultra lujosa refundida en paradisíaca cala privada del Caribe. “No vea los servicios por lo alto que me brindaron, puedo afirmar que fueron las mejores vacaciones cinco estrellas pagadas de mi vida. Hazme el favor, 9-11, con un encierro de ese calibre no se necesita para nada del Síndrome de Estocolmo”, resumió el maestro de los seis meses que duró el secuestro. ¿Qué no le pasaba al maestro en su agitado devenir de artista? Me consta que era un epulón, o como él mismo decía presintiendo que el corazón no aguantaría mucho su trajín, “me trato a cuerpo de rey gotoso, hasta el infarto masivo”. No le faltaban clientes de Mercedes-Benz, y con el billete que recibía se daba al banquete de los filósofos, en esas instancias tenía raptos de generosidad con ciertos amiguetes que lo frecuentaban para aprovecharse de su arte, conseguir una minucia gratis de él era relativamente fácil, y los giles que salieron con sus pinturas apenas falleció las pusieron en venta, son gente despreciable que tienen cerradas las puertas de la percepción, penetrar en el otro lado les está negado. En todo caso, merced a los dioses anarquistas de la creación -palabras suyas-, la gran obra de Niaupari está en manos de la secta de los contempladores. Tuve la fortuna de que el maestro conectó con mi sueño de montar Café Vía Tarot, le participé de mi intención de crear un lugar para activar los ojos atléticos de la poesía de Hölderlin y fascinó con la idea… —Decía Xavier con cierta nostalgia que cedió a la risa, no había espacio para la tristeza frente al cuadro de Los danzantes, de Pedro Niaupari, que fue develado sin aspavientos, pero sí con la alegría que trajo inesperado giro meteorológico, creando un ambiente despejado y calentito. Se agradece providencial primavera vespertina después de una mañana cerrada, otoñal.

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Si hubiese tenido que conocer a genios de la ficción literaria como Onetti y Rulfo, motivado por una entrevista radial o televisiva, probablemente no habría entrado en sus obras. La gana de verlos actuar ante Joaquín Soler, me vino mucho después de haberlos leído a cabalidad en lo que me ha sido dado de ellos por los dioses de la creación, y cursando ya la segunda década de este siglo, aprovechando que dichas joyas históricas pueden ser visionadas en la pantalla de mi esclavo de silicio. El blanco y negro de A fondo, con esa inolvidable música instrumental de introducción, brinda un escenario idóneo por su higiénica austeridad, teniendo la impresión de que se ha suscitado una reunión de dos amigos para conversar y filosofar en la cabaña minimalista de Henry David Thoreau. La cálida sencillez de la instalación de A fondo concuerda con la personalidad de sus invitados, ahí hay dos sillas, una para el entrevistado y otra para Joaquín, una mesa lateral para contener la obra impresa del autor y copas con agua o whisky; paredes vacías e imaginaria ventana, de persianas cerradas, al bosque de Walden. Al otro lado estoy ocupando la tercera silla, la del espectador. Nada más, todo lo demás viene de esos raros y entrañables escritores que apenas se expresan de viva voz, acostumbrados a la riqueza de sus monólogos. Soler intuye cómo tratar con semejantes personajes ensimismados, no se entrega a la pantomima propia del periodista tipo impertinente, sino que su tino es fruto del seguimiento que hizo de la psicobiología de éstos a través de la lectura de sus obras. En todo caso, no hay entrevista que sea comparable a la creación del escritor, solo lo conoces a fondo zambulléndose en la verdad de sus mentiras; ahí reside la integridad de Rulfo y Onetti.

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Con Berdog, oriundo de las tierras altas de Escocia, bastó que me describiera los bosques de coníferas de su cuna y los verdes acantilados de su adolescencia, que me cuente de los lagos cobijando fábulas de fieras antediluvianas, para trabar amistad a muerte. No hubo alguien conocido por ambos que nos introdujera, fue en el cóctel de presentación de maquetas de viviendas fotovoltaicas, Residir en la Tierra.

“La casa de uno debe ser templo del ocio sustentado por la energía solar, donde hacerle el quite a la rutina desarrollista sea placentero, en el que el tiempo sirva para disfrutar del espacio minimalista de los dormitorios, salones… Señores, amplias zonas de circulación en vez del horror vacui que oprime. Ya libres del fragor de la bestia humana tirando para delante su podrido desarrollo, tengamos al menos cuatro árboles que den imaginación al descanso, que sean ramosos para ser dignos de llamarse palos de sombra. No exageramos en las maquetas poniendo allí cedros del Líbano, bellezas mediterráneas orientales que no son endémicas de nuestra parcela de planeta, sí hemos plantado la saponácea gallardía del chereco, pues, un bosque de coposos cherecos ocupaba este lar.”, decía en lo principal el tríptico del proyecto Residir en la Tierra.

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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, es el título interrogativo de la novela de P. K. Dick que inspiró la película dirigida por R. Scott, Blade Runner (traduzcamos su significado como algo parecido a esto: matador de androides subversivos). Primero había visionado el rodaje que es un gigantesco engranaje de humanos y material fantástico, para conseguir una de las ralas producciones señeras del cine de ciencia ficción. Esto me motivó tiempo después a leer el libro que inspiró tan memorable película, y que tiene un título ajeno al rodaje puesto que si bien allí se visionan androides no aparece ninguna oveja eléctrica. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, es obra de un solo creador (escritor), a diferencia del producto de un equipo bajo la batuta de un director que carga con la fama de haber realizado Blade Runner. No así, el libro de Dick, que está entre el montón de obras de ciencia ficción que dejó su alucinada prodigalidad, basta decir que en su diario inédito acumuló más de un millón de palabras. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en sí es una interrogación existencial, y que a la sazón carece de sintonía con el título de la cinta Blade Runner, y es debido a que la película toma un rumbo diferente del que tiene la obra psicodélica de Dick. Continue reading

Coloquio que pasó entre la tortuga de patas amarillas y la rata parda

Portento dado en el callejón de la Tortuga, dentro del perímetro silvestre hogareño del ciudadano que se lo conoce como el Anarquista de Villa Juárez.

Tortuga.- Adelante Rata Parda, hazme el favor de servirte de lo que me trajeron tras mi larga siesta o hibernación como diría el señor A. Échale diente a estas frutas coronadas con la dulce papaya de mis sueños gastronómicos. Espero no huyas con el botín en tus garras y te quedes conmigo, es el momento de hagas a un lado a la rata vulgar porque no lo eres más desde que comprendes lo que te estoy diciendo. Mira que estamos siendo sujetos de un portento, hemos sido dotados con la palabra del señor A, te estoy hablando y tú me estás escuchando atenta y con faz llena de asombro, tal cual mi rostro te debe reflejar perplejidad porque mi voz me maravilla y no se diga la tuya cuando me hagas el honor de contestar. En este punto terrenal llamado Villa Juárez, estamos siendo beneficiarias del lenguaje y conocimiento del humano que conectó su mente con las nuestras, el cual además de oírme nos observa discretamente tras la barrera del aloe feroz, así podremos desarrollar nuestra individualidad sin que nos perturbe la avasallante personalidad que brota por los ojos del ser que está aquí para cargar de energía su imaginación puesto que su propósito apenas nos pilló el uno frente al otro gracias a la intermediación de las frutas que provee, es dejar asentando nuestro coloquio para la posteridad de lo fabuloso tortuguil y ratonil. ¿Qué me dices, doña Rata Parda? Aprovechemos de esta conexión mental entre tres entes representantes de tres especies diferentes. En mi calidad de reptil yo soy la más extraña de los tres empatados aquí, ya que tu peluda familiaridad con el mamífero Homo sapiens es evidente, tienes un genoma próximo al del señor A, no en vano conviven a nivel mundial. Te imploro domines tu instinto de huir por lo sano, que el humano no está aquí en función de acechar y atacar sino para cuidar que nuestro diálogo se lleve a cabo a salvo y en paz. Entonces habla, habla, que soy toda oídos.

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Pasadas las ocho de la mañana del último sábado de febrero -que nació deslumbrante, tibio, primaveral, luego de cuatro días seguidos de páramo cerrado, de lluvia moderada pero constante, no exenta de la brumosa poesía musical de tierras altas-, saboreaba ya el concho del jarro de café filtrado Chaguarpamba, que alternó con la fuente de arroz al estilo lovochancheano. Me hallaba ensimismado con el cuadro de verdor perlado del ventanal de madera posterior, escrutaba en los retazos asoleados del callejón oriental que forman una hilera de plantas de aloe feroz por un lado y por el otro la pared de bambú que no permite se muestre el feo alambrado de división vecinal, entonces fue cuando divisé a Pepa que salía airosa por la esquina del paraguas de los arupos con el bosquecillo de eucaliptos decorativos. Ella se paró estirándose cuan larga es con esa pose de filósofa peripatética que me fascina, oteando parsimoniosa con la cabeza decorada con escamas amarillas que presiden a su fuerte, cortante, pico que fugazmente se abrió en un gran bostezo. Su cuello se extendía al máximo, a todos los costados como un periscopio, tenía la impresión de que su visión era caleidoscópica, me felicité por no estar en su rango visual e influenciar en el sondeo que efectuaba de la realidad circundante; esto hizo que se tome un minuto o más para fijar su rumbo, “¿me dirijo a la cueva del Homo sapiens y más allá aún o mejor sigo al fondo del callejón oriental que me ha sido concedido para pasear a mi albedrío?”. Fue como verla renacer de los verdes vaporosos de las plantas de aloe feroz, avistarla de improviso distendida fuera de su refugio es un espectáculo al que no me acostumbro, me cautiva cada vez que rueda ante mis ojos escondidos tras los cristales. Pepa, haciendo caso a su instinto de mantener la distancia conmigo, no cedió a la opción de venir a las puertas de mi morada, y avanzó por la vereda de pasto salpicado con brotes de la flor de diente de león, parecía que se alejaba a velocidad de crucero tortuguil de mis aposentos, y el cuadro de una selvita animada se unió al placer de haber ingerido la comida fundamental del día, el sagrado arroz seco de la mañana temprana. Desde que me obligué a desayunar no cual reyezuelo o príncipe ejecutivo asediado por sus ocupaciones modernas, sino como un hombre dueño de su tiempo de despertar, no me falta humilde fuente de arroz ensalzada con los productos de la huerta orgánica de Atilio Contento. Todos los acompañantes del género principal vienen rehogados en aceite de oliva extra virgen, que es el vínculo con el Mediterráneo de mis sueños presocráticos.

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Cuaderno de Floreana 5

El punto culminante de la salida de hoy fue una poza escondida de aguas estancadas, rica en algas, fuente de microorganismos que hacían las delicias de la pareja de flamencos y el trío de patos ahí medrando. Por supuesto que yo no tenía la más remota idea de que me iba a encontrar con esas esplendorosas aves de esa manera intempestiva, deleitándose en una poza divina que se creó ante mis ojos -lo digo más por los flamencos que nunca antes he visto en su estado natural-. No esperaba encontrarlos, tan a la mano, fuera de itinerarios turísticos, sé que hay una charca grande, donde el agua apenas les llega a los tobillos, que está ubicada tras Punta Cormorant. Ayer nomás, bordeando la base del cerrito Allieri, la vislumbré reflejando en lontananza, imaginé que allí se encontraban reunidos docenas de flamencos que jamás veré de una vez, si no es en una postal de Floreana. Ayer tuve una mañana que vino por excepción nítida, fueron horas que la atmósfera se contuvo en transparencia inusual por su largueza, en especial cuando se me ofreció pedestal panorámico como final de la caminata de acercamiento a la bahía de Post Office.

Corona del Diablo, Punta Cormorant, Mirador de la Baronesa, Post Office… entre otros títulos de parajes prístinos rebozando en especies de archipiélago encantado, son parte de los recursos turísticos de la isla más promocionados por las agencias de viajes, su valor adquisitivo aumenta porque únicamente pueden ser visitados vía marítima a través de embarcaciones autorizadas para ofrecer circuitos especiales en Floreana. La procesión de pudientes turistas a los sitios consagrados por el mito y la magia de la isla que tiene a su haber historias de crímenes sin resolver, ha hecho que me sienta más privilegiado aún con el  paseo de aproximación a esos puntos sublimes. Fiel a la modalidad de caminata segura, no se me ocurre abandonar el sendero irrepetible que ha venido siendo el pan del caminante de cada día. En sí, estos senderos que no llegan a ninguna parte fundamental del turismo común en Floreana, son el fin de mis afanes exploratorios y no los medios para llegar paloselfie en ristre, por ejemplo, a la afamada Corona del Diablo. Ahí radica la diferencia entre el asombró cuántico y el asombro pactado de alguien que va a una laguna donde es público, voz popular, que allí verá lo que ha pagado por ver: flamencos.

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Cuaderno de Floreana 4

Desde afuera, Fortaleza Negra, se presenta hermética, infranqueable, es una suerte de rectángulo tridimensional que no refleja luz, que no es un espejo de nada en su negritud mate, está negada cualquier visión de sus interiores, al tacto es una superficie lisa antiadherente que no admite huella dactilar alguna, no hay bicho capaz de posarse o reptar por ella, no hay huella de polvo, lluvia o cualquier indicativo del paso del tiempo a la intemperie de Floreana. No es un decir que uno se topa con Fortaleza Negra porque no se deja divisar de lejos, se mimetiza con el bosque de palo santo, estaría fregado si tuviese que tenerla como un punto de referencia en el mapa mental de señas exteriores permanentes, menos mal que todos los senderitos que he seguido para salir y sobre todo para llegar a casa constituyen una muleta psicológica infalible, ni bien me hundo en ellos y empiezo a divagar que da un contento a cuenta de tener la certeza de que no voy a extraviarme. Apenas me topo con la morada de Clara y es concebir una imagen de la estación de tránsito galáctica de Clifford D. Simak mezclada con una porción del monolito azabache de Odisea espacial 2001. Y siempre que tengo esa visión de una estación de tránsito astral me alivia constatar que se trata de mi campo base floreanense del que entro y salgo a diario sin aguardar el arribo de extraterrestres de formas inconcebibles para nuestra matrix antropomorfa. Sí, dos veces al día, franqueo la puerta que sé que se abre ya sea cuando veo el interior fantástico del hogar o cuando me deslumbran los exteriores sin atenuantes de la isla con su carga solar y meteorológica que influirá en el comportamiento de mi cuerpo marchando sobre terreno irregular volcánico.

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 Cuaderno de Floreana 3

Nueve jornadas han pasado en mi campamento base floreanense, y estoy transitando la décima luna a partir que me lancé a exteriores mediante la caminata Introducción a la Cerdita Comunista. Si apenas ingresé a Fortaleza Negra hubo familiaridad flotando en su atmósfera maternal, al cabo de estos soles y lunas me siento veterano residente de  la sala multiuso y la sala de baño, con el beneficio añadido de no acostumbrarme al monocromático vacío que me envuelve adentro frente al contraste con el bosque seco ahíto de maleza que espina ni bien se ponga un pie fuera del sendero mudable. A la intemperie de montaña, bosque, lava fósil, océano, la animan los colores y formas que toman dependiendo de la luz equinoccial. Lo de adentro es alegre sombra bajo el paraguas artificial, es temperatura ambiente controlada, y como hace minutos fue música sinfónica a pedido a la discoteca invisible de Fortaleza Negra. Me había olvidado de escuchar música humana puesto que lo único que tenía a mano en el panel de mando era el menú “música del recuerdo”. Qué desquiciante fue la aparición del holograma de una bella pinchadiscos ofreciendo literalmente todo lo que he escuchado en mi existencia, así sean las piezas más ridículas y anti-melódicas que alguna vez fueron atracción de cantina para los oídos basurero del entonces apócrifo romántico infectado con el virus del sentimentalismo.

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Cuaderno de Floreana 2

Desperté con el lejano reclamo existencial de las focas, desde la tardecita pasada escuché aullidos provenientes de la invisibilidad de sus moradas en la orilla rocosa. A esa música de lobos marinos plegó el canto de jilgueros provenientes del bosque seco que envuelve a la Cerdita Comunista, la loma que preside al cerro Pajas (estos nombres de referencias geográficas los tomo del mapa virtual de Fortaleza Negra). Cuando abrí los ojos a la mañana tibia sentí el descanso integral, cuántico, de mi cuerpo-mente. Se aspiraba aire limpio y temperado gracias al dispositivo eólico invisible que aprovecha las corrientes del exterior para crear un medioambiente fresco y cálido a la vez. Por techo falso tenía el holograma de un entramado de hojas de palma de cera con tiras de bambú, dando profundidad claroscura, esta generosa perspectiva me invitaba a dejar las sábanas, por decirlo así pues el lecho que estaba empotrado al piso no venía con ropa de cama alguna, no hay necesidad de cobijarse puesto que la temperatura ambiente se regula en función de mantener equilibrado el calor corporal. Ayer estrené la cama ergonómica anti-ácaros, antia-alergias, que se amolda a la contextura anatómica y ofrece una resistencia versátil para el reposo bajo la luna (cortesía de Fortaleza Negra) combinando sombras con tenues pozos de luz escarlata, desterrando el empleo de iluminación eléctrica. Esta penumbra lunar sirvió de cortina entre el hogar y la noche salvaje de Floreana, dividía con pulcritud la noche del día ecuatorial, e invitaba a caer redondo en el lecho que se levanta del piso ¿treinta centímetros? A eso de las veinte y tres horas fui agasajado con instantes de sumo placer, trepado en el trampolín de la vigilia, cuando la mente desarrolla a tope y uno es bólido surrealista antes de precipitarse a las profundidades oníricas, nos fundimos en un abrazo con Clara. Al desprenderme de ella, en el breve vacío de la caída, me pregunté si no estoy en una sucursal chiquita del planeta lemniano Solaris, donde se hacen realidad ambiciones latentes o recónditas, en este caso sería Floreana el ente creador. Pero, pasado el gusto, me dije que también podría ser que el abrazo sea con una criatura constrictora monstruosa, de esas que medran en el inconsciente y surgen de vez en cuando para recordarte que también son parte de uno. Lo último que se me ocurrió es que Fortaleza Negra, emulando a la leyenda de Hotel California, me dejó entrar para disfrutar de sus delicias materiales y metafísicas con la condición de no salir de la burbuja nunca. Alcancé a resolver que a la mañana siguiente iría a desayunar al caserío y, sociabilizando con los floreanenses, disiparía el resquemor de estar atrapado en la matriz de Clara. Continue reading

Cuaderno de Floreana 1

Dejé mi hogar de Villa Juárez al alba y en pleno aguacero, con rumbo cierto al sol galapagueño. Todavía no salía de la influencia de Los Pichinchas y añoraba Floreana como si ya hubiese estado ahí antes una larga temporada. Es lo que hizo que el amanecer plomizo fruto de pertinaz lluvia nocturnal luzca alegre, casi radiante. Aguardé de buen talante que corra la cola en el aeropuerto de Tababela para que me extiendan el visado por tres meses a las Islas Encantadas. Me concedieron de una vez el tiempo límite permitido al año en calidad de turista transeúnte, la dama encargada del interrogatorio de rigor me entregó la tarjeta de control de tránsito con un risueño y perspicaz “cuidado desaparezca señor existente… ¡qué miedo, noventa días en Floreana!”. Parece que a la buena señora le agradó mis respuestas a las preguntas claves de “¿qué es usted?” y “¿qué va hacer usted allá tanto tiempo?”. A la primera contesté “soy existente”, y a la segunda respondí en coherencia con la primera respuesta: “existir”. Aquí sentí el espíritu de Berdog tomándose mi instante. Continue reading

El cerebro es el instrumento material de la mente”, S. Lem

El Neoterrestre marcó su destino revolucionario mucho antes de la desintegración que dará paso a la nueva generación que por sí misma tendrá que hacer su propio salto cuántico, o llanamente quedarse impávida como ha sido la costumbre eónica del Homo aerius. “Allá ellos si no quieren superar el vacío perfecto de las torres zoomorfas”, es la conclusión lacónica, no exenta de humor, que el campesino tiene sobre lo que concierne en exclusividad a la próxima generación. A él, Palamedes, lo que le incumbe este instante es que carga consigo un contraste de mundos que alegra y dinamiza su proyección social. Mente VS le transfiere lo suyo, hace que se observe a sí mismo en un primer plano aéreo nítido de su acompasado movimiento dentro de la multitud monocromática que regala música de fondo originada en las vibraciones de las parejas conectadas. Cae en cuenta que su holograma ha emitido la señal que dice al prójimo “ya estoy listo para la interconexión, aproxímate nomás, el círculo de seguridad fue desactivado por Mente VS”. Los reflejos del conversador del Ágora afloraron, aviso de que su soledad en breve entrará en conexión móvil. Y sobrevino el abordaje de una figura familiar aunque sin forma ni contenido en su memoria, ella vino directamente hacia él caminando en sentido contrario, y, antes de encontrarse, dio media vuelta para que ambos se igualen en un andar armonioso. Lo cierto es que ella está a su costado derecho, caminando en sintonía mutua sin promediar palabra. No desentonó en las maneras sociales del viejo Ágora, fue automática la sincronización de pareja, se acopló mansamente a las melodiosas vibraciones de la multitud. Tras los minutos de callado intercambio de información personal que dicta la cortesía social, Diotima, entró en diálogo con la naturalidad flemática del Homo aerius. Continue reading

Arupo en levitación

Renaces entre el aloe feroz y la vigilia del eucalipto,
festonando la selvita monocromática.
Eres la floración de la tierra parda,
el surgimiento del color en el reino verde.

Donaste tus drupas al mirlo tragón,
en tu ramaje nacieron pichones de paloma,
de tu hojarasca brotaron estambres rosados,
y el lobo amaneció uncido a tu larga sombra.

De repente asoma el arupo en levitación,
el festín está servido en la mesa vegetal,
el diorama hierve con el fuego del poniente,
son instantes que extasían,
que fabrican inmolaciones,
un segundo demás de perfección
y asesinaría el encanto.

Antes que te trague el vórtice de la belleza,
que al abismo te eche tu ambición de volar,
ha de liberarte la tarde decapitada,
la brisa de las montañas te depositará
en la fresca noche otoñal.

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